Nicolás II, el último zar de Rusia, a cien años del magnicidio

El 17 de julio de 1918, hace ahora cien años, el zar Nicolás II, su esposa, la zarina Alejandra y sus cinco hijos -Olga, Tatiana, María, Anastasia y el pequeño zarèvich, Alexèi, de 13 años-, fueron brutalmente ejecutados en la ciudad siberiana de Ekaterimburgo. El asesinato del que fuera "zar de todas las Rusias, rey de Polonia y gran duque de Finlandia", y de toda su familia, no sólo supuso la desaparición de la dinastía Romanov y el final de la tiranía zarista, sino la imposición de otra, la dictadura bolchevique.
RUSIA-ZAR NICOLÁSII: SAN PETERSBURGO (RUSIA), (hacia 1910).- Retrato del zar Nicolás II de Rusia.RUSIA-ZAR NICOLÁSII: SAN PETERSBURGO (RUSIA), (hacia 1910).- Retrato del zar Nicolás II de Rusia.

+++ La revolución rusa estalla en febrero de 1917 y poco después, Nicolás II abdica y se convierte simplemente en Nicolás Romanov. En octubre, los bolcheviques se hacen con el poder y toda la familia real queda bajo su custodia hasta decidirse su eliminación por temor a que fueran liberados.

+++ “La acción –escribe el historiador estadounidense de origen polaco Richard Pipes-, se pareció más a una matanza realizada por un grupo de gánsteres que a una ejecución oficial”.

+++ Si bien la historiografía comunista atribuyó al sóviet de los Urales la matanza, el propio Trotski dejó escrito en su diario que la orden la dió Lenin. 

 

 Amalia González Manjavacas/EFE.- 

Heredero un descomunal imperio, que abarcaba desde el mar Báltico hasta el Pacífico, con más de 130 millones de súbditos, el último de los Romanov, Nicolás II resultó ser un absoluto inepto para su gobierno.

Hombre débil e indeciso, pero insensible al sufrimiento del pueblo ruso, no poseía ni las aptitudes necesarias ni el temperamento de su padre, el zar Alejandro III, y pese a que no heredó de él, su fortaleza de carácter, si adquirió de él, una fe ciega en el poder absoluto de los zares, esta convencido de que poseía “derecho divino para reinar”.

Nicolás II era un autócrata convencido, pero nefasto para los asuntos de Estado. Las tareas de gobierno le agobiaban, prefería las del Ejército, por lo que intentaba evadirse todo lo que podía. Posiblemente por estas limitaciones y por una desconfianza extrema, llegó a prescindir de todo tipo de secretarios y consejeros, imprescindibles para tan alta responsabilidad, y sólo se dejó influir por su esposa, la zarina Alejandra (la princesa alemana Alix de Hesse), nieta por vía materna de la reina Victoria de Inglaterra.

Fue a ella a quién llegó a dejar al frente del gobierno cuando él, en persona, se puso al frente las tropas durante más de un año. La zarina, madre de cinco hijos, vivía totalmente volcada en cuidar a su único hijo, el pequeño Alexèi, gravemente enfermo de hemofilia, motivo por el que consiguió colarse en la corte un oscuro personaje, Rasputín, un supuesto monje con poderes sanadores, que acabó asumiendo hasta poderes de Estado ante la lógica indignación de la corte, la clase política, en un ambiente de corrupción y decadencia que ya hacía presagiar un irremediable final.

DE LA GRAN GUERRA DEL 14 A LA REVOLUCIÓN DEL 17

Cuando estalla la Primera Guerra Mundial en 1914, el zar condujo a un país exhausto a un conflicto que puso al límite los recursos y costaría 1,8 millones de vidas, superando a las demás potencias, y eso que Rusia se retiró quince meses antes.

En agosto de 1915 y tras las desastrosas derrotas sufridas por su Ejército, Nicolás II asume el mando directo de las tropas y poco después cierra la Duma, “dos nefastos errores que muchos contemporáneos, –como narra Richard Pipes, gran experto en la Revolución Rusarecientemente fallecido-, vieron ya como una sentencia de muerte de la dinastía“.

Los fracasos militares serían desde entonces responsabilidad personal del zar y, sin parlamento, no habría manera para emprender un cambio democrático. Con la imagen por los suelos, Nicolás II desaprovechó una oportunidad de democratizar su imperio.

En febrero de 1917 el pueblo ruso estalla. Más allá del mito de la revolución obrera dice Pipes– la revolución rusa comenzó como un motín de soldados exhaustos, campesinos hambrientos y trabajadores de fábricas explotados hasta la miseria, a quienes, “para ahorrar dinero, las autoridades habían alojado en instalaciones superpobladas de la capital”.

El zar, en otra de sus torpezas, moviliza al Ejército para sofocar la rebelión  pero la sorpresa fue mayúscula al comprobar como parte de los soldados se unen a los manifestantes. Los disturbios se extienden hasta cobrarse los primeros muertos. La vieja Rusia se derrumba en cuestión de días.

Incapaz de someter a su pueblo, ni siquiera de controlar la situación, Nicolás II abdica el 2 de marzo de 1917. Días después, toda la familia real es arrestada y confinada en el Palacio familiar de Tsárskoye Seló, muy cerca de San Petersburgo, mientras el Gobierno Provisional surgido tras la revolución estudia qué hacer con ellos.

Mientras, en las calles, cobran gran fuerza los antimonárquicos, y en agosto, ante la posibilidad de un inminente atentado contra la familia real,  Kerensky ordena el traslado de todos los Romanov a Tobolsk, en Siberia. 

Tras el golpe de estado de octubre con el que los bolcheviques se hicieron con el poder, los Romanov se hacen más incómodos. Ni sus parientes británicos, el rey Jorge V, primo del zar y con el que mantenía un enorme parecido, se deciden a acogerlos; ni los bolcheviques, podían permitirse su existencia ya que durante todo el tiempo que duró la guerra civil el miedo a que Romanov fueran rescatados por el Ejército Blanco, las fuerzas antirrevolucionarias, anticomunistas.

Además, si en un primer momento, la intención de los bolcheviques fue juzgarlos por los crímenes que les atribuían, otros preferían su desaparición, puesto que de permanecer vivos siempre serían símbolo y reclamo para los monárquicos, incluso cualquier país podía considerarlos, en caso de que alguno sobreviviera, legítimo representante de Rusia.

MADRUGADA del 17 de julio de 1918

Los siete miembros de la familia Romanov fueron  trasladados, en dos tandas, entre finales de abril y mayo de 1918, a Ekaterimburgo, la ciudad más antizarista de Rusia y confinados en la casa Ipátiev, llamada por los rusos la ‘Casa del Propósito Especial’.

Allí, saqueados de sus pertenencias, vivieron los últimos días de sus vidas medio encerrados en sus habitaciones.

Junto a los Romanov permanecieron, hasta el final, el médico de la familia  y cuatro sirvientes, que sufrieron el mismo final sangriento. La acción se la encargaron a Yákov Yurovski, último responsable de la vigilancia de la casa, quién se reservó, para sí, el fusilamiento del último zar de Rusia.  Doce hombres, al mando de Yurovski, formaron el grupo de verdugos que perpetraron las ejecuciones.  Cada uno tenía asignada una víctima, solo dos de ellos se negaron a disparar a las mujeres.

En la madrugada del 17 de julio, los Romanov y sus sirvientes fueron conducidos al sótano vacío de la casa y pese a lo extraño de la situación nadie sospechó nada. Nicolás bajó en brazos a su hijo enfermo y lo sentó en una silla.

El antiguo zar Rusia fue el primero en caer y los demás le siguieron en cuestión de minutos. Varias de las hijas del zar no murieron en el acto debido a que vestían doble corsé para esconder las joyas, lo que posiblemente amortiguó las balas y fueron rematadas a bayonetazos. Tenían entre 17 y 22 años.

El pequeño, Alexèi, de 13 años, intentó levantarse pero Yurovski le remató con varios disparos en la cabeza. Pocos días después de la ejecución de los Romanov, la ciudad de Ekaterimburgo caía en manos del Ejército Blanco. 

A la pregunta de cómo no fue posible otra solución, exiliarse por ejemplo a Reino Unido, para el biógrafo real británico, Theo Aronson, la muerte del zar fue quizás el precio que su primo, el rey Jorge V, tuvo que pagar para mantenerse en el trono, ya que como monarca constitucional no podía permitir (en plena Guerra Mundial) que se le relacionase con un zar autócrata, tremendamente impopular, un tirano insensible al sufrimiento de su pueblo, que solo con su presencia pudiera provocar un levantamiento similar en Inglaterra.

PARADERO DESCONOCIDO

Durante 61 años el paradero de los Romanov fue una incógnita pero con el tiempo se supo que los ejecutores portaron los cadáveres en un camión con la intención de llevarlos a una mina de sal, y que debido a la avería de éste, improvisaron una zanja, donde escondieron los cuerpos previamente rociados con ácido sulfúrico para evitar ser reconocidos.

En 1979 dos historiadores aficionados los localizaron en el bosque de Koptiakí -a las afueras de Ekaterimburgo-, un hallazgo que se mantuvo en secreto hasta la caída de la URSS, pero no fue hasta 1991 cuando se procedió a exhumar los restos.

Se encontraron nueve cuerpos -los zares Nicolás y Alejandra; tres de sus hijas, Tatiana, Olga y María, y los cuatro sirvientes- pero faltaban los restos de Alexei y de Anastasia, hecho que avivó todo tipo de historias respecto a una posible vida en el anonimato, fábulas que cayeron en 2007 cuando fueron hallados, en otra fosa cercana, los cuerpos de Alexei y de la otra hija, que finalmente resultó ser María y no Anastasia. EFE/REPORTAJES

 

 

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