La caída de Lehman no fue el fin del mundo

La caída de Lehman Brothers no fue el fin del mundo, pero podría haberlo sido. O al menos así lo cuenta hoy en día la cultura popular. A base de miniseries, de películas tipo Margin Call y un millón de libros tratando de explicar qué pasó, hemos acabado por contar la historia del desplome del sistema financiero mundial como algo que no fue: una historia de avariciosos y valientes.
Pedrosa (izq) y Garcia Quilez (dcha). Firmas EFEPedrosa (izq) y Garcia Quilez (dcha). Firmas EFE

 

 

Ramón Pedrosa (CEO de Bracken IR) y Jesús García-Quílez (vicepresidente de Marsh Risk&Capital)

 

En los años inmediatamente posteriores al 15 de septiembre del 2008 unos cuantos perdieron mucho y muchos perdieron todo. En España, en el sector del ladrillo se desvanecieron dos millones de puestos de trabajo y una generación entera se quedó infraeducada, desorientada y, decían los políticos populistas que nacieron al calor de la recesión, indignada.

La propia Reina de Inglaterra le preguntaba a Luis Garicano en la London School of Economics: “¿Por qué nadie lo vio venir?”. Y al igual que en 1929, nadie o casi nadie, lo vio venir.

Las imágenes de los empleados de los bancos estadounidenses abandonando sus maravillosas oficinas de Wall Street con sus cajas llenas de cosas – volverían poco después -, las macroconstrucciones abandonadas, y las gráficas bursátiles en caída libre en aquellos días de hace diez años, se quedaron grabadas en nuestra memoria.

Y lo peor de todo es que, ahora diez años después, nadie puede contestar a la pregunta de la pregunta: “¿Es que de verdad nadie lo vio venir?”. ¿Fuimos ciegos, fuimos tontos o nos hicimos los locos?

Ninguna de las tres respuestas es posible en una economía de mercado del siglo XXI altísimamente sofisticada.

La crisis financiera, la Gran Recesión que la han llamado algunos adictos a la semiótica, demostró que había una brecha entre ricos y menos ricos, pero también que había una brecha entre los que sabían y los que no sabían, entre los que comprendían el sistema financiero contemporáneo – digitalizadísimo, lleno de riesgos, lleno de creatividad al servicio de los accionistas, y los que no lo comprendían.

En una de las 458 páginas de On the Brink, la autobiografía de Hank Paulson (aquel secretario del Tesoro de los Estados Unidos que tuvo que arrodillarse ante Nancy Pelosi para convencer a los demócratas de que firmaran el TARP, que salvó la economía americana) hay una frase que explica casi todo: “Había funcionado mucho tiempo porque la gente no había pedido su dinero. Pero cuando falló Lehman, comenzaron a pedirlo”.

Aquella grandísima masa que no sabía lo que estaba pasando, pero sabía que tenía crédito para comprar casas y coches y cosas, descubrió que el emperador no llevaba ropajes.

Pero el capitalismo nunca muere y aquí estamos, diez años después, y seguimos vivos. Aquello no fue el fin del mundo. Y es que una de las principales lecciones que podemos sacar de la quiebra de Lehman y el fin de los días es que el sistema financiero capitalista contemporáneo es un sistema de supervivientes.

Casandra y algunas voces de las voces que dicen que Wall Street está hoy en día a punto de estallar suenan un poco con el mismo tono con el que sonaban las voces que decían entonces que aquí no pasaba nada.

Pero la realidad es que, a pesar de la hecatombe, los procesos regulatorios han funcionado. De igual forma que en el año 1933 el Dow Jones Industrial Average subió más de un 66%, nuestro sistema financiero, a la larga, es muy sólido.

No sólo eso: el sistema capitalista financiero contemporáneo ha demostrado que tiene toda la capacidad de sobrevivir, desarrollando herramientas ajenas al sector bancario, para financiar el crecimiento y la expansión, para generar empleo y para hacer frente al futuro.

Una década más tarde, el sistema funciona de forma más coherente, MiFID II ha puesto encima de la mesa, con un puñetazo, la exigencia de la transparencia y los flujos reales de información, los agentes del mercado financiero cumplen su función de forma más sólida, los sistemas de endeudamiento están soportados por subyacentes más sostenibles, el uso de la práctica financiera está mejor y más correctamente regulado.

Estados Unidos tardó un par de telediarios en salir de la crisis financiera y nos demostró a Europa, y al resto del mundo, que el problema se podía solucionar con más decisión y menos miramientos. Con un simple copia y pega nos hubiéramos parecido un poco más a ellos.

En España implícitamente quizás aún no lo hemos hecho. Véase el gap de valor entre la contabilidad bancaria y su market cap, o el nivel de morosidad de la misma (hubo una época en que los libros enseñaban que por encima del 5% de morosidad algunos sistemas financieros se tambalean).

No solemos profundizar, nos cuesta mucho. La falta de información real sobre los problemas ocurridos, y el conformismo implícito de la mayoría de los mortales a aceptar las cosas tal y como vienen dadas, más aún de los grandes sistemas establecidos, nos atrapa en las cuestiones superficiales.

Hace 10 años el sistema financiero público norteamericano pudo actuar en menos de 24 horas. En España aún estamos preguntándonos si el ladrillo y pocos bancos más grandes son la solución para salir de la crisis. Como en el País de las Maravillas, todos estamos aún un poco locos.

En el resto del mundo nuevas herramientas financieras han demostrado que hay alternativas para hacer las cosas de forma más sostenible.

Los grandes tenedores de dinero (aseguradoras y fondos de pensiones) intervienen de forma directa en la industria e intermedian directamente los sistemas financieros de empresas y familias, pero en España volvemos orgullosos a la segunda parte de la película de la España tradicional.

La caída de Lehman nos enseñó que para un buen desarrollo de la economía cada agente financiero debe enfocar su rol y los reguladores europeos han de ser mucho más dinámicos y determinantes de lo que han sido.

Estamos mejor preparados para la siguiente crisis financiera – que tarde o temprano ocurrirá, ténganlo claro – pero nos quedan cosas importantes por resolver. Nuestra determinación, entendimiento, dinámica y velocidad son los que marcarán cuanto tiempo tardamos en salir de la próxima crisis, y cómo de fuertes o débiles saldremos de ella.

 

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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