El fruto de tres nacionalismos hispanos

No acabó bien el siglo XIX. El siglo que tanto prometía, del que tanto esperaban los defensores del progreso, de la industrialización, del multiplicarse de los lazos que unían al mundo por tierra y mar, terminó con los europeos repartiéndose el mundo y con dos recién llegados, EEUU y Japón, abriéndose paso en la tarea a codazos de la manera más expedita y brutal.
Fernando Wulff AlonsoFernando Wulff Alonso

      ¿Desde cuándo la hermandad puede contar con multitudes?
      ¿Alguna vez la compasión llegó primera a la meta?
      ¿Cuántos seguidores arrastra detrás de sí la incertidumbre?
      Arrastra solo el odio, que sabe lo suyo.

                  Wistawa Szymborska (Premio Nobel de Literatura, 1996)

Es cierto que tampoco había empezado bien, con el artillero Napoleón hiriendo por doquier sensibilidades colectivas a base de cañonazos. Se afilaban, además, las bayonetas con la reciente herida patriótica de la Francia derrotada por una Alemania cuyo sueño alcanzado de unidad iba a culminar no mucho después en el estrépito de dos guerras mundiales.

Hobsbawm señaló hace ya tiempo el asalto por entonces al nacionalismo por parte de los grupos conservadores europeos, heridos, a su vez, entre otras muchas cosas, por la pérdida papal de sus reinos de este mundo con la unidad de Italia y por la laicización de una república francesa que decidió prepararse para el futuro con una escuela única y pública que acababa con los colegios religiosos y que, a la vez, laminaba lenguas y unificaba culturalmente.

En realidad no tenían que ahondar mucho para encontrar donde asentar sus reales, desde donde reivindicar sus identidades y sus pertenencias. Dos cosas aportaba el siglo que relucían con luz propia: las nuevas dimensiones de los Estados y sus aparatos y doctrinas y el hecho, más atávico, de que para arracimar a sus habitantes alrededor de ejércitos y proyectos imperiales y conquistadores solo hubiera que hacer uso de un instrumental, literalmente, de lo más primitivo.

El yo frente al otro, la exaltación del grupo propio frente a los demás, la hostilidad como principio, se proyectaba en historias nacionales, modelos simples de identidades esenciales, prístinas, antiguas, concebidas como seres orgánicos substancialmente idénticos a sí mismos, sobreviviendo a invasores de todo tipo y renaciendo finalmente en el presente. Poco espacio para el encuentro, mucho para el odio.

La invención adquiría los necesarios tintes de antigüedad y primacía. Vercingétorix, Viriato, Arminio, la reina Boudica miraban desde el pasado a sus hijos y le exigían todo lo exigible. La Francia derrotada en 1870 se sabe más gala que nunca.

La arqueología se apresta a probarlo todo, origen, esencia, cultura, lengua, raza e identidad serían una sola cosa. Más que nunca, ahora la historia se despoja del contacto, del encuentro, del nacimiento de lo nuevo, exorciza el cambio, inventa la tradición, y el antepasado deviene el eje de un anti-pasado.

Hace tiempo señalé que en esos momentos terribles, bajo la falsa gloria de las cañoneras que ponen al mundo en su sitio -en el sitio del que las tiene- se construyen tres nacionalismos esencialistas en España, del todo prototípicos, cada uno hijo de sus propias condiciones pero esencialmente idénticos. Todos han acabado dando sus frutos en un turno siniestro.

El primero es el más obvio. Como casi siempre copiando a los ultra-católicos franceses, más instruidos, los nacional católicos españoles acabaron de culminar la propia construcción de un pasado nacional que apoyaba, como es preceptivo, el monolitismo: los españoles, que ya eran dibujados en su pasado más lejano como valientes y esforzados pero divididos, adquirirían finalmente su verdadera naturaleza con la conversión masiva al cristianismo y los visigodos, para, en adelante, estar llamados a la gloria de la Reconquista, Santiago y cierra España, la necesaria unidad, América y su cristianización, las guerras por la verdadera religión frente a los enemigos del dogma y de Trento, para luego medio sobrevivir a las desgracias de un XVIII perverso y un XIX solo presentable gracias a la reacción de Fernando VII y a los carlistas.

Si ésa es la esencia, quien no la tiene es más enemigo que el enemigo externo. Vino a decirlo Blasco Ibáñez en 1897, comparando a anarquistas y carlistas, los unos matando individualmente por un porvenir utópico, mientras que los otros, culpables de miles de horrendos crímenes, “asesinan en nombre de la tradición, deseando que el mundo retroceda hacia un pasado que no conocen, pues ignoran la historia, pero que se imaginan como Arcadia feliz, influidos por las predicaciones de fanáticos sacerdotes y de aventureros sin conciencia”.

Es este nacionalismo el que tuvo su oportunidad y la aprovechó, a sangre y fuego, haciendo pequeños los horrores de sus predecesores. Y después, cuarenta años de dictadura. Conviene no olvidar la variedad, y la calidad, de quienes fueron considerados sus enemigos, y más que nada, de quienes desde muchas décadas antes pensaron y propugnaron otra manera de pensar España, los peores de todos, los más exterminables.

No estaba lejos de ellos, ni en el tiempo ni en el corazón, el inventor del nacionalismo vasco, de inequívoca estirpe carlista, Sabino Arana.

Su historia llevaba la esencia vasca hasta una raza original, intocable, casi previa a todo pecado original, conservadora fiel de una lengua no menos prístina. Ahora el mito de la esencia incólume se tiñe de la perfección racial y de la no contaminación en el tiempo.

Arana se apodera de las construcciones sobre la limpieza de sangre de la edad moderna hispana y en un juego radical al noli me tangere con efectos retroactivos, niega todo el pasado en el que aquellos a quienes considera sus antepasados pudieron sentirse parte de una patria cuyos habitantes define como la hez del mundo, degenerada mezcla de moros, judíos, latinos y otras muchas razas inferiores.

Había otro pueblo, otra Arcadia feliz, que recuperar, al que ni los romanos habían sometido, que solo por error nunca había sabido que era ese pueblo elegido al que él despierta como profeta, tras ser mantenido en la ignorancia por la maldad intrínseca de ese enemigo constante, acerbo, inferior.
Es ese pueblo el que se tiene que oponer a la nueva invasión, la de los emigrantes españoles, no dotados racialmente de auténticas defensas frente al virus del liberalismo y la corrupción de costumbres.

Un gran hallazgo: el emigrante no solo era extranjero e inferior, sino que estaba encadenado por una deuda de siglos de maldades contra la identidad de quienes sí son capaces de generar la economía que les concede generosamente el privilegio de comer todos los días.

No le faltaron sacerdotes católicos tampoco a él, ultracatólico, para salvar al pueblo vasco de tanta podredumbre, como no les faltaron tampoco a los requetés vascos y navarros que se enfrentaron a los suyos en la Guerra Civil.

A Sabino le salió por el lado que no era el alzamiento nacional e integrista que proclamaba, si bien tampoco era el de la limpieza étnica que soñaba, aunque algo, bastante, quedara de todo ello.
De la pregnancia de toda esta construcción, y de los modelos de fondo que la sustentan, hemos sabido y seguimos sabiendo mucho. Su plasticidad se mostró en su capacidad de ser jugada también con supuestas claves de izquierda: el pueblo elegido deviene el pueblo colonizado, pero el enemigo es el mismo.

Y durante decenios, con los inevitables sacerdotes detrás, ETA y su feliz comunidad de auténticos nacionalistas, depuran a los falsos patriotas, y matan, de paso, niños en supermercados, mientras los suyos, la feliz comunidad de auténticos abertzales, apuntan y pasan la información que lleva al tiro en la nuca, con la misma gracia con la que derraman lágrimas ante los símbolos patrióticos, inventados, por supuesto, por el Fundador Sabina Arana, y en las fiestas que él mismo inventó.

Ahora que la cruel farsa está, al menos en lo más aparente, de capa caída, quienes brillan en el pasado con luz propia son los muertos, el miedo, las complicidades, pero, siguen brillando, de otra manera, en el presente las viejas cargas de profundidad de la construcción de enemigos y de la propia exaltación, y con ella los aparatos estatales que las difunden, y quienes viven de ellos.
Nos queda el tercer nacionalismo. Prat de la Riba se inventa por aquellos mismos tiempos finiseculares el nacionalismo catalán sobre mimbres no tan distintos.

El mundo ideológico es inicialmente el mismo: también él es ruralista, tradicional, católico, y también la industrialización y los emigrantes que la acompañan en Cataluña, el otro espacio que el capitalismo español potencia, son una de las claves del juego.
También él entiende que la identidad es una, y que todos los miembros de una colectividad son como los tentáculos del coral -la metáfora es suya-, con todas las asociaciones obligadas que definen el juego: origen, cultura, lengua, raza, nación e identidad, son una sola cosa, una esencia, una personalidad, que solo puede interpretarse de una manera, y por quien la conoce, la representa, la posee, curiosamente él mismo.

Y como corresponde, se rebusca en el tiempo desde los orígenes, en un trayecto en el que hay esencia y no hay mezclas, sino dominaciones, no hay encuentros, sino amenazas y ocultamientos hasta el reflorecer de las esencias, no hay nacimientos de nuevas realidades, sino peligros de destrucción o, también, posibilidades de protagonizar las destrucciones ajenas para generar un imperio como lo requieren los tiempos.

Puede parecer ridículo -lo es- verle remontar a los catalanes hasta hacerlos luchar contra Ramsés III o bailando danzas religiosas como la sardana, el baile del cirio o el contrapás alrededor de los menhires, quizás también lo es un poco seguir la fina proyección de un mensaje parecido en su arqueólogo de servicio, Bosch Gimpera, inventor de razas pirenaicas, pero no hay que engañarse: lo ridículo es lo anecdótico.

Lo importante es explicarle a sus contemporáneos catalanes que ellos eran otra cosa, que su historia era otra, y que era otra respecto a quienes de verdad son del todo distintos, opuestos, enemigos.
Quienes aportaban mercados gracias al proteccionismo que se les exigía, trabajadores y buena parte de los capitales eran lo artificial, lo parasitario, frente a las arcanas virtudes de lo natural, lo sano, lo propio.

Se concretaba mejor el origen de todo en una Edad Media en la que se proyectaba la invención de la identidad catalana por excelencia, y en el que se alcanzaba la necesaria grandeza por el expediente de convertir la corona de Aragón en catalano-aragonesa, y asumir sus glorias comerciales y de todo tipo. Se podía así oponer la perfecta esencia propia a un medievo no menos inventado -naturalmente en claves peyorativas- de una Castilla autoritaria y carente de virtudes prácticas, semítica hasta en los tonos de su lengua, que habría protagonizado una unidad que, de haber correspondido a Aragón, es decir, a Cataluña, hubiera ido en muy otra dirección.

La revisión del pasado no consiste solo en apoderarse de una Corona de Aragón en la que a veces el mismo Aragón parece dificultar la verdadera unión-dominación catalana de los países de su lengua, ni siquiera en una exaltación de la perfección de todas sus producciones artísticas y de su propia lengua.

Se trata por encima de todo de construir un oponente al que recriminar en el pasado, esencialmente inferior, carente de sentido práctico, enemigo constantemente descatalanizador, ese componente necesario para proponer un futuro distinto y ligado al despertar de la esencia dormida, de una asunción colectiva de esa identidad que descubre y que se enfrenta a múltiples enemigos adicionales, entre los que él enumera, por ejemplo, el individualismo y hasta el flamenquismo. Cataluña es la virtud, el progreso, Europa, y enfrente está la Meseta y, si acaso, otras víctimas.

 La alternativa política podría ser la mera independencia, porque un estado es la expresión necesaria de la etnicidad, pero también proponer una confederación ibérica con hegemonía catalana destinada a un imperialismo a escala planetaria, la esencia correcta proyectada en un imperio consecuente. Pero toda unión no podía ser, en el fondo, sino una imposición propia o del otro o una concesión graciosa y revisable desde las alturas de la superioridad.

La recepción antes de la Guerra Civil de estas ideas en Cataluña muestra el éxito de los modelos de construcción de identidades colectivas que lo articulan. Pero nada como el conseguido en la autonomía catalana tras la llegada de la democracia.
Podemos discutir la Transición, no que fuera dirigida por españoles que recuperaban las otras maneras, cargadas de pluralidad, de entender la identidad española que había tratado de exterminar el nacional-católico Franco. El bilingüismo se acepta como un hecho natural y con ello la pluralidad lingüística y cultural del Estado.

Cataluña llega a la Transición con una economía pujante, gran cantidad de emigrantes y la satisfacción de haber hegemonizado -de hecho de manera fugaz y por primera y última vez- la cultura de corte progresista en España. Entretanto, la identidad catalana se ha ido construyendo desde la herencia de Prat y ha ido tiñéndose también aquí de todo tipo de vestiduras, empezando por la retórica anticolonial.
¿Sorprende que el modelo que se hegemoniza desde las instituciones catalanas no haya sido sino el viejo modelo decimonónico apuntado: ese primitivo instrumental de exaltación del yo colectivo frente al otro? ¿Y que se multiplique con el uso de las nuevas posibilidades del Estado más propiamente catalán de todos los tiempos?

Todo el juego empieza por seguir reafirmando la perfección propia, continuando con la acumulación de las basuras en el otro: el franquismo habría sido español, nunca hubo catalanes en sus filas.
Madrid, la ciudad que aguantó el pulso durante tres largos años a los militares rebelados, la ciudad más heroica de Europa en los tiempos de los dictadores y los fascistas, representa el mal, frente al antifranquismo medular de la Barcelona que se rindió sin disparar un solo tiro, y que recibió triunfalmente al Caudillo de España.

Se actualiza en los términos más duros la amenaza sobre la lengua y la identidad propias: las dificultades del catalán en los años cuarenta se proyectan sobre el conjunto del franquismo, a pesar de la enorme cantidad de publicaciones en catalán de los años sesenta y setenta, y se achacan no a la dictadura sino a esa vieja España perseguidora, también a pesar del papel en ello de centenares de intelectuales no catalanes de nacimiento.

Sus lingüistas se apresuran a mentir advirtiendo del peligro que sigue cerniéndose sobre la lengua y la cultura catalanas. Se busca convencer también a los emigrantes de la deuda de siglos acumulada con las amenazas de su lengua e identidad previa, e inferior, sobre la que les acoge.
Lo finisecular del XIX se acumula sobre lo finisecular del XX, tanto que los gobiernos de Cataluña -al contrario que en el resto de la España democrática- aplican el viejo modelo asimilador y destructor del otro que había inventado la República francesa en todas las medidas de lo posible: desde 1983, y a pesar de todas las quejas, se prohíbe impartir la enseñanza en español excepto, menos mal, para impartir español. Las recomendaciones de la UNESCO, los problemas de los niños en las aulas, y no digamos ya si se trasladaran fuera de Cataluña o llegaran a ella, no son nada.

Los expertos de la Generalitat están para eso y cualquier intento de matizar se achaca a la vieja amenaza multisecular. Hay que laminar y en esa tarea patriótica no hay víctimas colaterales que valgan. El bilingüismo no es riqueza, sino amenaza.

Se entiende en este contexto que, más finiseculares del siglo XIX que nunca, historiadores catalanes -quizás los más entusiastas de Europa Occidental en estas tareas deformadoras- se apresten no solo a multiplicar las viejas construcciones pratianas, sino a seguir la depuración del pasado y, en particular, de los propios antepasados, y a ofrecer, cuando es necesario, hasta fechas de acciones heroicas para las correspondientes actualizaciones de la amenaza en fiestas y conmemoraciones, a las que se suma, por supuesto, en esto y en todo lo que hace falta, el aggiornamento de las televisiones públicas del todo depuradas a tal efecto. La enseñanza está para eso: puro siglo XIX.

En este juego, la farsa se tiñe de colores más chillones conforme las pretensiones son más elevadas: los nacionalistas que se dicen de izquierda son los más fervorosos en predicar multiculturalidad mientras aplastan al que tienen más cerca. Los que se dicen más europeos asustan a una Europa que espera seguir rompiendo fronteras y no inventándolas, que acaba preguntándose si Cataluña corporeíza el fracaso de una manera equivocada de romper con los viejos centralismos.

Quienes predican un mundo distinto siguen justificando la pretensión de construir los “Países Catalanes” con el argumento de la lengua común con el que los alemanes anexionaron en 1871 Alsacia y Lorena y Hitler aplicó el Anschluss.

En estos tiempos, dejando a un lado, pero no olvidando, cuánto las coyunturas afectan en lo concreto, el tercer nacionalismo peninsular inventado a finales del XIX llama a la puerta y pide participar de la cuota de desgracias y odio que le es propio, esta vez, tras acumular casi cuarenta años de un paradójico ascenso en democracia.

La deslealtad no empieza ahora. En un contexto español que defiende la pluralidad lingüística y cultural, viene floreciendo la vieja cosecha del odio. En un mundo donde muchos pensamos que las identidades se construyen de otra manera y son múltiples y cambiantes, la vieja pesadilla renacida nos hace, a pesar de todo, redoblar la esperanza de que un día la hermandad pueda contar también con multitudes, de que una sana incertidumbre nos libere de determinadas certezas.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

Etiquetado con: ,
Publicado en: Firmas