El Flamenco, ese oscuro objeto del deseo…

Hoy que tantos sectores quieren ser los dueños del arte jondo, conviene delimitar algunas premisas. Comenzando por las voces alarmistas que auguran la degradación y fin del arte flamenco. Éstas se conocen desde muy antiguo; casi desde su consolidación pública allá en los finales del siglo XIX. Una circunstancia que ocurre cada vez que hay un movimiento más allá de sus fronteras estéticas que muchos, por sagradas, creen inalterables.
El flamencólogo José María Castaño. Foto de Paco SánchezEl flamencólogo José María Castaño. Foto de Paco Sánchez

José María Castaño, flamencólogo y director de los Caminos del Cante

 

Sin embargo, el flamenco demostró siempre ser un arte versátil y ávido para la supervivencia en las condiciones más desfavorables y para evolucionar con el signo de los tiempos. Es decir, supo trascender de su raíz folclórica para consolidarse como una manifestación artística internacional. Un aspecto que no es nuevo, ni llegó de la mano de Paco de Lucía o Camarón como algunos creen, ya que a principios del siglo XX los flamencos llenaban los más prestigiosos teatros del mundo.

Desde entonces, el flamenco como movimiento estético, ha ido generando un interés en muchos casos pasional que no sólo llena las portadas de los diarios sino que, además, es objeto de apropiación. Su enorme trascendencia ha generado el interés de muchos estamentos para apoderarse del mismo y firmar su ADN. Como en la postrera película de Buñuel todos tratan de conquistar a la seductora mujer que siempre mantiene sus distancias cuando se acercan demasiado sus pretendidos dueños.

Las últimas investigaciones serias sobre el flamenco no paran de demostrar que es una de las artes más mestizas de cuantas conoce el orbe. Hasta tres continentes subyacen en las influencias de un arte que se nutrió sobre todo en la mezcla y la fusión de elementos. Hasta el paradigma de la pureza, que es el agua, la forman dos elementos.

Pero su importancia y, hoy día, su evidente poder mediático no ha sido ajeno a quienes quieren ejercer como sus legítimos propietarios. Como ocurre en la política que ha visto en el flamenco un instrumento muy capaz, sobre todo en Andalucía. Justo ahora que vemos que hay más cosas que nos unen que las que nos separan, surgen los nacionalismos y localismos frente a un arte en plena globalización.

Se legislan competencias exclusivas sobre lo jondo en Andalucía pero el flamenco estaría muy incompleto sin Ramón Montoya, Sabicas, Vicente Escudero o Carmen Amaya. O cuanto es lo mismo: Madrid, Pamplona, Valladolid o Cataluña, respectivamente. Y qué decir de los aportes de regiones como Extremadura o Murcia.

Más allá aparece el intento de apropiación de unos y otros por cuestiones de raza en un arte en el que la tinta negra ha escrito sobre el blanco y viceversa durante toda la historia. Una simbiosis y hermandad que es ejemplo en el mundo entero de integración y de feliz intercambio para conseguir una riqueza musical sin igual.

Las sociedades más permeables han resultado ser más ricas culturalmente. Siempre será un atraso colocar lazos de un color u otro sobre el arte. Incluso, los hay más osados y están dibujando denominaciones de origen como si el arte fuera un vino o un aceite.

A la política, sobre todo del sur penínsular, repito, el flamenco le supone un filón muy apetecible, una fuente inagotable que desea pero sin que sea demasiado evidente. No ya por su defensa y promoción sino también por los votos que pueden generar sus costosas programaciones a costa del ciudadano.

Hasta el punto de que una opinión sobre el arte pueda ser censurada y traducida directamente como una afrenta ideológica. Dicho de otro modo, se percibe un creciente intervencionismo político sobre lo artístico, siendo ésta la peor posesión que un toque de guitarra o un desplante puedan tener hoy día. Las dos Españas parece que también se tiran a la cara el sombrero de ala ancha, o sea.

Y mientras, como aquella protagonista de la película de Buñuel, el arte flamenco debe hacer su compás por libre, eludiendo los intentos de unos y otros de apropiárselo y dominarlo. Como ha dicho recientemente el admirado cantaor Miguel Poveda, el flamenco no es de nadie y es de todos. De todos aquellos que en el mundo “lo respetan y lo aman” por encima de razas o ideologías. O como sentenció el maestro Paco Toronjo: “estos fandangos van dedicados a los sentimientos de la humanidad”.

José María Castaño @Caminosdelcante

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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