Orbán y el “flemón” de Visegrado

Salvo sorpresa de última hora, que nadie espera, el Fidesz, el partido del primer ministro Viktor Orbán, volverá a ganar el domingo las elecciones parlamentarias en Hungría.
El primer ministro húngaro, Viktor Orban, durante una rueda de prensa en febrero pasado. EFE/Archivo/Borislav TroshevEl primer ministro húngaro, Viktor Orban, durante una rueda de prensa en febrero pasado. EFE/Archivo/Borislav Troshev

Laureano García, periodista

 

Sin duda, llenará de gozo a los deudos políticos en su país y, previsiblemente, a sus socios del llamado grupo de Visegrado (Polonia, República Checa y Eslovaquia), y de justificada preocupación a los responsables de las instituciones y de los países de la Unión Europea (UE) que desde hace tiempo asisten con inquietud a la deriva del discurso disidente y refractario del dirigente húngaro, que ha virado de la democracia liberal europea a lo que llama estado liberal, que él reconoce como modelos en Rusia o Turquía.

Con un discurso marcadamente populista y xenófobo, el Fidesz mejora en alrededor de cinco puntos el resultado de las elecciones anteriores, logra el respaldo de la mitad de los húngaros que acuden a votar y se sitúa a una distancia de 33 puntos sobre el segundo partido, lo que afianza en sus posiciones al primer ministro húngaro y, por extensión, a los dirigentes de los países de Visegrado -como Hungría, centroeuropeos, miembros de la UE y ex satélites de la vieja URSS- que rememorando una alianza del siglo XIV, se han constituido como grupo dentro de la UE con el mismo propósito de entonces, colaborar y mejorar la defensa común.

Los primeros pasos del grupo se encaminaron a constituir una fuerza militar conjunta para cerrar filas con Ucrania frente a Rusia, pero de esa posición inicial se han movido hacia actitudes de claro enfrentamiento con Bruselas en una deriva autoritaria, singularmente Orbán y el actual gobierno de Polonia.

El líder húngaro, que controla los medios de comunicación y tiene sometido al tribunal constitucional, se ha negado a aceptar exiliados políticos y refugiados. El ejecutivo polaco se arroga la potestad de interferir en los tribunales, controla también la información, se salta el principio de división de poderes, y no respeta las reglas del Estado de derecho.

En vano, las autoridades centrales de Bruselas y los dirigentes de otros países de la UE han tratado de hacerles ver la correlación entre derechos y deberes.

Con ocasión de la cumbre europea en 2017 en la que se trató el asunto de los refugiados, Angela Merkel les recordó que “la solidaridad no puede ser selectiva entre socios” y el primer ministro belga, Charles Michell, les reclamó responsabilidad, recordándoles que la UE no es un cajero automático, sino un proyecto político que implica cooperación y solidaridad. El resultado es bien conocido. Orbán se negó a aceptar la política de la UE, reclamando un impúdico derecho a decidir quién pisa su territorio y a escoger a quien le da la espalda.

El atropello de Polonia al Estado de derecho es de tal magnitud que, por primera vez, Bruselas ha activado el más grave procedimiento sancionador, que podría provocar la pérdida del voto polaco en las instituciones comunitarias y hasta los fondos de cohesión. Sin embargo, nada de ello sucederá por ahora porque la reglamentación interna de la UE impone unanimidad en la votación final y Hungría, por boca de Orbán, ya ha anunciado su voto en contra, lo que constituye un formidable problema, un doloroso flemón que se enquista en la UE, sin que nadie hasta la fecha haya acertado con un tratamiento.

Para enmarcar la dimensión real del problema quizá convenga señalar que la población de Hungría es el 1,9 % de la UE y su PIB el 0,80 % y que el PIB agregado de los cuatros países de Visegrado supone alrededor del 6 % del total de la UE y su población el 12,6 %. Con estas cifras sobre la mesa, no es difícil colegir que la UE, aunque tiene un ADN hecho para crecer y no para menguar, podría seguir su camino de éxito sin el grupo de Visegrado. ¿Qué futuro tendrían estos países fuera de la UE?

Altos funcionarios comunitarios y también no pocos analistas europeos consideran que la UE debería adoptar medidas drásticas y ejemplarizantes, empezando precisamente con Orbán, congelando los fondos comunitarios que recibe Hungría hasta tanto no restablezca plenamente los derechos democráticos en el país. Bruselas, agregan, debería estar dispuesta a aplicar la misma receta a cualquier otro país si se sale del marco del Estado de derecho. La solución no es fácil, porque los mecanismos internos de la Unión recogen con detalle el itinerario para la ampliación, pero no el camino inverso -que era impensable- como se está viendo con el brexit.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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