Fernando de Szyszlo en la masmédula

La muerte del pintor peruano Fernando de Szyszlo (1925-2017) no sólo ha supuesto este año la desaparición del último de los grandes artistas plásticos que alumbró el siglo XX, sino la pérdida de un protagonista clave del arte y la cultura peruana, latinoamericana y universal, pues la obra de Szyszlo ocupaba un espacio cósmico e íntimo, único y diverso, ancestral y contemporáneo. En homenaje al título del último poemario de Oliverio Girondo, podríamos decir que Fernando de Szyszlo siempre estuvo «en la masmédula».
El escritor Fernando Iwasaki. / Aitor de KintanaEl escritor Fernando Iwasaki. / Aitor de Kintana

Fernando Iwasaki, escritor e historiador

 

Para los peruanos, Fernando de Szyszlo fue mucho más que el primer pintor abstracto del país, ya que bebió de la pintura indigenista, del arte precolombino y de los motivos iconográficos de los esquivos mantos de la cultura Chancay. Así, en los lienzos y grabados de Szyszlo el mundo andino rompió en figuras poliédricas que cifraron el mar y los desiertos, las viejas culturas y los antiguos mitos, los patrones textiles del arte preincaico y el barro pensativo de los poemas de César Vallejo.

En realidad, la poesía siempre habitó la obra de Fernando Szyszlo, como lo demuestran las viñetas que preparaba para los bellísimos poemarios que el poeta Sologuren estampaba en La Rama Florida, los dibujos que regaló generoso para la revista «Las Moradas» o los arte-factos que preparó con primor para poetas como Emilio Adolfo Westphalen. Pienso -por ejemplo- en obras como «Artificio para sobrevivir» (1992), cuyos cuatro aguafuertes eran unas golosinas de sofisticada delicadeza. Por otro lado, Fernando de Szyszlo compartió su vida con lo mejor de la poesía peruana, porque fue sobrino del poeta Abraham Valdelomar y estuvo casado con la poetisa Blanca Varela, madre de sus dos hijos.

Fernando de Szyszlo fue, también, maestro de varias generaciones de artistas peruanos, pues fue profesor de la Facultad de Artes Plásticas de la Pontificia Universidad Católica del Perú y mentor de diversos pintores en deuda con su magisterio. Con todo, a mí me hace una ilusión enorme evocar su entrañable amistad con José María Arguedas y Mario Vargas Llosa, dos escritores que muchos se afanan por presentar enfrentados cuando el cariño común de Fernando de Szyszlo bastaría para rebatir semejante maledicencia. Ningún artista peruano, de ninguna época, ha rayado a la altura de Szyszlo ni ha dialogado como lo hizo Fernando con el arte, la literatura y el pensamiento del Perú.

A nivel latinoamericano, Fernando de Szyszlo fue compañero en París del cubano Wilfredo Lam, del argentino Emilio Pettoruti, del mexicano Rufino Tamayo, del chileno Roberto Matta y del colombiano Fernando Botero, con cuyas obras siempre convivió, pues sus lienzos forman un conjunto coherente con ellas a través de los mejores museos, galerías y colecciones públicas y privadas de América Latina.

Por otro lado, su amistad con el chileno Pablo Neruda, el cubano Guillermo Cabrera Infante, el argentino Julio Cortázar y especialmente con el mexicano Octavio Paz, sitúa a Szyszlo en un espacio singular que hoy casi ningún artista plástico ocupa, pues en la era de las redes y la globalización los escritores y los artistas plásticos circulan por carriles distintos e incluso se instalan en exclusivas zonas de confort que carecen de espacios comunes, como si a cada expresión artística le correspondiera un frasco hermético e incomunicado. Con la muerte de Fernando de Szyszlo desapareció el último de un linaje de artistas que desde América Latina dialogó con todas las vanguardias plásticas, literarias y filosóficas de Occidente.

En efecto, Szyszlo no se constriñó al ámbito latinoamericano sino que buscó interlocutores en otras lenguas y culturas. De ahí su amistad con pintores de todo el mundo como el alemán Hans Hartung, el letón americano Mark Rothko, el español Antoni Tàpies o los franceses Pierre Soulages y Jean Dewasne. Con ellos -y sobre todo con André Breton y Jean-Paul Sartre- el pintor peruano tejió una red donde encontramos enhebrados a los artistas e intelectuales más talentosos de su tiempo. En realidad, su obra muy bien podría representar el gran tapiz cultural del siglo XX, porque a sus múltiples saberes, talentos y relaciones tuvo la lucidez de añadirles una ambición sistémica que le aportó solidez, coherencia y múltiples terminales hacia la poesía, la filosofía y las ciencias sociales. Mientras sus contemporáneos escribían la «novela total» en la literatura, Fernando de Szyszlo buscaba la «pintura total». No encuentro elogio mayor.

Hace más de cuarenta años Fernando de Szyszlo declaró que lo que más le fascinaba del arte precolombino era que se trataba de una tradición plástica única y autónoma, pero que al mismo tiempo sólo era posible estudiarla reconstruyendo el proceso de aprendizaje de las grandes corrientes artísticas de Occidente. Entonces no era consciente, pero sin duda fue así como los misioneros españoles del siglo XVI dilucidaron las primeras gramáticas del quechua, el aimara, el náhuatl o el japonés: reconstruyéndolas desde el latín, desde la más sólida tradición gramatical de Occidente. Hoy pienso que esa poderosa curiosidad de Szyszlo tenía su origen en su propia condición de cruce, híbrido y mutante cultural que lo instó a explorar las raíces más profundas de sus herencias polacas y peruanas, europeas y latinoamericanas. Fernando de Szyszlo era universal porque no podía ser otra cosa.

En 2004 adquirí en una librería de Londres un ejemplar de «Dix Mille Kilomètres à travers le Mexique (1909-1910)» (París, 1913) de Vitold de Szyszlo. Como no sabía si Fernando tenía su propia edición le escribí para obsequiarle la mía, pero no sólo me dijo que poseía una sino que me habló con entrañable admiración de la curiosidad de su padre -un eminente etólogo polaco-, quien recorrió México en plena revolución y trajinó por toda la Amazonía peruana catalogando especies desconocidas. Sospecho que Vitold de Szyszlo contemplaría los ronsocos y las yacumamas, los pongos y las tipishcas con la misma fascinación con la que Fernando examinaría un huaco chavín o un manto chancay, un Tiziano del Palazzo Pitti o un Paul Klee en el Museo del Louvre. La mirada de ambos -ahora lo sé- siempre estuvo dentro de la masmédula, aquel espacio cósmico e íntimo, único y diverso, ancestral y contemporáneo.
NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.