Fake news, la guerra por otros medios

Este domingo la Iglesia Católica celebra la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. El papa Francisco ha elegido un lema sacado del evangelio de San Juan, "la verdad os hará libres", al que ha añadido "Fake news y periodismo de paz". Un pórtico adecuado para estas líneas sobre la intoxicación informativa y la difusión de noticias falsas, que es un asunto, tan viejo como el periodismo, que hoy alcanza especial relevancia por efecto de las redes sociales y la facilidad de difusión por internet.
 Diarios impresos y digitales en los nuevos soportes como el IPAD. EFE/Archivo/Alberto Martín Diarios impresos y digitales en los nuevos soportes como el IPAD. EFE/Archivo/Alberto Martín

 

Laureano García, periodista

 

Las noticias falsas que más llaman la atención son las que se fabrican y se hacen correr para condicionar el escenario estratégico u obtener ventaja frente a adversarios o enemigos, pero vuelan también otras que pretenden alterar el precio de las acciones en los mercados de valores, hundir bancos, perjudicar la carrera política o profesional de personas concretas, incentivar el consumo de una marca o lo contrario, vendettas, líos amorosos.

Es saludable que grandes empresas e instituciones reaccionen para tratar de cortocircuitar el flujo, pero como no hay un sistema fiable que certifique la denominación de origen, solo el periodismo de calidad, que cita las fuentes y contrasta las noticias, ofrece hoy garantía de autenticidad. Desconfíe si una noticia supuestamente importante no se publica en los medios informativos habitualmente solventes.

Los informadores sufren en carne propia las limitaciones y la falta de garantías para hacer su trabajo, que realizan a veces incluso con riesgo para su vida (en los últimos 15 años fueron asesinados 1035 periodistas, según Reporteros Sin Fronteras), pero la creación y difusión de noticias falsas no es un asunto gremial, una especie de enfermedad profesional o gajes del oficio que afecten y deban preocupar solo a los periodistas, sino algo que lesiona al conjunto de la sociedad y pone en riesgo la democracia porque los titulares del derecho a la información, que es lo que se atropella cuando se difunden noticias falsas, son los ciudadanos.

Encontrar a los responsables de estas prácticas es a veces imposible y otras, sorprendentemente, fácil. El FBI dice que Rusia tiene una organización especializada en la producción y difusión de noticias faltas y los expertos no lo ponen en duda, pero, en mérito a la verdad, hay que reconocer que la industria de la mentira no es un negocio exclusivo de los agentes de Vladimir Putin.

El prestigioso The Washington Post asegura, por ejemplo, que, desde que llegó a la Casa Blanca, Donald Trump emite 6,5 mentiras por día. Una de las últimas y sonada, la madre de todas las fake news, es que él sabe que Irán incumple el acuerdo sobre armas nucleares.

No hace falta acudir al FBI para descubrir la traza que deja la industria rusa del ramo. Es casi transparente y hasta parece que algunos dirigentes alardean de sus capacidades para infundir temor. En 2015 el ministro de Defensa, Serguéi Shoigú, confesaba con conocimiento de causa que “una palabra, una cámara, una foto, internet y la información en general se han convertido en otro tipo de armamento” y un enigmático Putin se refería en 2007 a una respuesta alternativa al despliegue de escudos antimisiles en Europa. Después supimos de hackeos a centros de datos, de intoxicación informativa en procesos electorales, de promoción de populismos de derecha e izquierda?, la guerra por otros medios.

Se fabrican noticias falsas para contaminar a los medios y para que estos piquen y difundan contenidos tóxicos que erosionen la credibilidad y confianza de los ciudadanos en la solidez y justicia de sus instituciones (somos lo que ingerimos, también emocional e intelectualmente) y se movilicen en favor de opciones políticas contrarias al sistema político de los países democráticos occidentales, que son el enemigo que Putin necesita para dar consistencia a la imagen que se ha fabricado, un nuevo zar que cuida y protege a sus ciudadanos, amenazados por los perversos enemigos del pueblo ruso.

Los países de la Unión Europea se enfrentan solos al problema de contención de noticias falsas porque Donald Trump, el presidente de la primera democracia del mundo y bastión de la libertad de prensa, ha dado la espalda a los aliados que comparten valores con los ciudadanos de EEUU y se dedica a crear y difundir sus propias mentiras y a volar todas las alianzas y consensos que la comunidad internacional ha tejido desde el final de la II Guerra Mundial.

A los ataques que el FBI imputa a Rusia hay que agregar las malas prácticas de Trump, que, favorecido electoralmente por estos manejos de Moscú, no solo no denuncia los ataques que sufren los países democráticos (también EEUU), sino que echa leña al fuego con su guerra particular contra los medios de comunicación que no le bailan el agua y dan puntual cuenta de sus constantes desencuentros con la verdad.

 
NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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