Europa obliga a la OTAN a reinventarse

La crisis de Ucrania ha evidenciado la incapacidad de la OTAN de imponer sin fisuras su receta para enfrentarse a Rusia, ante una Europa reacia a aumentar sus gastos militares, sin percepción real de amenaza y contraria a que sus jóvenes puedan morir por un conflicto en el Este europeo.
El secretario general de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, en la sede de la OTAN en Bruselas (Bélgica). EFE/Archivo/Julien WarnandEl secretario general de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, en la sede de la OTAN en Bruselas (Bélgica). EFE/Archivo/Julien Warnand

Enrique Montánchez

La mayor parte del viejo continente acepta bajo cuerda el liderazgo de Alemania para conjurar, por la vía de la cooperación económica y política con la Rusia de Putin, un conflicto armado que sería catastrófico para Europa.

La visita a Madrid del máximo responsable de la OTAN en Europa, el general norteamericano Philip Breedlove, ha puesto de manifiesto la gravedad de la situación que atraviesa la Alianza Atlántica.

Breedlove ha afirmado que “estamos ante los momentos más importantes para el futuro de Europa desde la guerra fría” y que está abierto “un nuevo paradigma para la seguridad europea”.

¿A qué se refería con tan crípticas palabras? Por vez primera en los 66 años de historia de la OTAN, los países miembros se encuentran divididos.

De una parte, como consecuencia de los errores de Estados Unidos, obsesionado con imponer una agenda propia mediante la ampliación de la Alianza hacia el Este.

De otra, por la extraordinaria habilidad de Putin con la táctica del palo y la zanahoria, en una mezcla de victimismo y exhibición de músculo militar.

Entre ambos contendientes se encuentra Europa, con un proyecto político y económico cada vez más contestado, el Estado de bienestar en retroceso, demográficamente estancada y energéticamente dependiente.

Washington plantó cara a la Rusia de Putin, que buscaba denodadamente recobrar el puesto de potencia mundial perdido tras el colapso de la Unión Soviética.

El plan de EEUU era muy sencillo: crear un “cinturón sanitario” alrededor de las fronteras rusas, integrando en la Alianza Atlántica al conjunto de exrepúblicas soviéticas. El último capítulo ha sido el intento de incorporar Ucrania a la UE y a la OTAN, pero ha resultado ser una “línea roja” para Moscú.

El Kremlin despliega, repliega y vuelve a desplegar miles de hombres y lo más granado de su arsenal en la frontera con Ucrania para convencer al mundo de que las regiones prorrusas del país son innegociables.

Respuesta automática de la OTAN: volver la mirada al Este y hacer un llamamiento a los viejos rockeros para que muestren igualmente músculo.

Y en este punto la solidaridad atlántica ha saltado por los aires con el beneplácito de la canciller Merkel, que no está dispuesta a entrar en conflicto con el zar Putin.

Alemania depende del gas ruso, los territorios del Este europeo constituyen el mercado natural de los productos germanos y, además, necesita el paso franco por el territorio ruso para materializar el gran eje geoeconómico Berlín-Pekín, que es “la nueva ruta de la seda” acordada recientemente por Merkel y Xi Jinping.

Reino Unido, Holanda, Bélgica y Polonia, este último enarbolando la bandera del resto de antiguos países que estuvieron bajo el control de la URSS, apoyan la estrategia norteamericana de volcarse en reforzar las fronteras del Este.

España, tradicional aliado de Estados Unidos, mantiene una postura más equidistante, aunque ha ofrecido cuatro cazas Eurofighter para vigilar el espacio aéreo del Báltico a partir de este otoño, un avión Boeing 707 de guerra electrónica, dos fragatas, un batallón mecanizado.

Además, el cuartel general de Bétera (Valencia) ha dado la voz de alarma ante el peligro de que la OTAN se olvide del África Subsahariana.

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