Estrellita o el factor humano

En 2016 el mundo entero miraba hacia Colombia. Se estaba produciendo un hecho sin precedentes. Después de 52 años de guerra, las Farc (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) accedían a entregar las armas en una solemne ceremonia escenificada en Cartagena de Indias. Dos semanas más tarde, el referéndum convocado por el presidente Juan Manuel Santos para refrendar su decisión se perdía por 57.000 votos.
Carmen Posadas. EFE/Archivo/ Victor GonzálezCarmen Posadas. EFE/Archivo/ Victor González

 

Carmen Posadas, escritora y consejera de ACH

 

No importó demasiado, porque, 23 días después, el comité noruego del Nobel otorgaba a Santos el premio Nobel de la Paz, y las Farc, convertidas ahora en partido político con el ex guerrillero Timochenko a la cabeza, anunciaron su intención de presentarse a las próximas elecciones presidenciales.

Desde entonces, Colombia y su proceso de pacificación han salido del foco de la actualidad pero, precisamente por eso, tal vez sea el momento de evaluarlo desde otro punto de vista. Uno que no tiene nada que ver con los grandes discursos, con las proclamas ni con los programas políticos y sí mucho con eso que Graham Greene llamaba “el factor humano”. Como suele ocurrir siempre, a ese factor se debe la letra pequeña de los acuerdos que, una calurosa mañana de hace poco más de un año, con todos los mandatarios enfundados en las rituales guayaberas blancas, se firmó en Cartagena de Indias.

“Hace veinticinco años que no dormía en una cama” —me explica Manuel H. Manuel–, quien era lo que, en terminología guerrillera, se conocía por un artillero, el encargado de poner cargas explosivas al paso de los convoyes del Ejército, en el inacabable pulso que durante años mantuvieron con el Estado. Pero también lo era de sembrar de minas los campos de los que se oponían a abandonar sus tierras para que las Farc instalaran en ellas a otros más dóciles. “Aún así, a ver si se creen que, ahora en la paz, me van a comprar con una camita de plumas y un techito como este”.

Manuel se refiere a las 26 casas prefabricadas que forman el Espacio de Capacitación y Reconciliación, puntos de encuentro pactados con el Estado en los que se aloja a los guerrilleros que entregan las armas. A cambio, se les ofrecen documentos de identidad, una ayuda de 250 euros al mes y la posibilidad de reinsertarse en la sociedad. “Pero la pregunta es cómo” —argumenta  Roberto Norvey.

El comandante Norvey es uno de los nombres míticos de las Farc, y no hay más que verlo para entender por qué. De talla media, brazos musculosos y depilados, viste algo así como la versión dominical del atuendo guerrillero. Camiseta azul marca Adidas, pantalón de camuflaje y foulard al cuello. A pesar de confesar que se unió a la guerrilla con 14 años “por propia voluntad” —aclara—, habla como si se hubiera graduado cum laude en cualquier gran universidad. Pasa con rigor y soltura de un tema a otro, de historia a geografía, de sociología a ciencias sociales. “Todo lo aprendimos en la selva” —afirma mientras explica cuál era su rutina. “Nos despertábamos a las cuatro; primero venía la gimnasia; durante el desayuno oíamos las noticias y las comentábamos argumentando unos a favor y otros en contra.  Más tarde dábamos clase hasta la hora de comer. Por la tarde, aseo del campamento, charla colectiva, limpieza de armas y a las 7 nos dormíamos hasta las 10, cuando empezábamos a caminar. La consigna era no amanecer nunca en el mismo lugar en que habíamos anochecido para que no nos detectaran”.

Miro a mi alrededor. La vivienda actual del comandante Norvey no se puede decir que esté exenta de comodidades. La habitación principal es amplia y tiene cama con dosel. En la contigua, veo un gimnasio con cinta, elíptica y otro aparato caro que no logro identificar. “Tampoco nos van a comprar con esto” —ataja Norvey. “Los acuerdos de paz contemplan devolución de tierras y no nos están cumpliendo; nos han mentido mucho y algunos ya se están volviendo para la selva”.

El responsable de Acción Contra el Hambre me explica las dificultades de este proceso. El Gobierno ha hecho una previsión de dinero de 31.000 millones de euros para los próximos 15 años. Uno de sus proyectos estrella se llama 50 x 50 y consiste en que las localidades que se apunten se comprometan a construir 50 kms de vía para conectar con otros enclaves y facilitar así el comercio. Pero lo cierto es que el dinero que ofrecen solo permite construir caminos de tierra que desaparecerán después de las lluvias. Tampoco parece muy  factible que guerrilleros, acostumbrados a vivir en la épica y a manejar dinero de la coca, acepten convertirse ahora en pacíficos cultivadores de plátano o yuca.

La coca como cultivo es imbatible. Pesa poco, se transporta fácilmente y deja mucho dinero. ¿Entonces no hay esperanza de que el proyecto de paz prospere después de todo lo que ha sufrido este país, con 7,4 millones de desplazados, cientos de miles muertos, o 9.447 secuestrados, algunos de ellos durante más de 12 años? El comandante Norvey mira al responsable de Acción contra el Hambre y a los dos, de pronto, se les van los ojos detrás de una guapísima ex guerrillera que acaba de pasar por delante de donde estamos. De ella y de la niña que acuna en su brazos. Se llama Policarpa y tiene 21 años. Me interesa conocer su punto de vista. Al fin y al cabo, más del 30 por ciento de las guerrilleras de la Farc eran mujeres. “¿Cuál es la diferencia —le pregunto— entre la vida en la selva y ahora en la paz?”. “La vida en la selva era la libertad, aquí es el libertinaje”. Me cuenta entonces que allá les enseñaban a respetar y respetarse. “¿No surgían problemas entre chicos y chicas?”. “Los jefes eran estrictos en eso. Si alguno se propasaba le pegaban un tiro ahí mismito”. “¿Las mujeres participaban en acciones armadas?”. “Éramos las primeras” —contesta orgullosa de su pasado de sangre mientras acuna a Estrellita, su bebé de 5 meses. “Ya ve, en la guerra no podíamos tener hijos” —sonríe con aire de disculpa. “Cuando nos quedábamos embarazadas el médico del campamento nos hacía «un legrado» para que le bebé no sufriera”.

Miro de nuevo alrededor y veo a otras muchas Policarpas con sus bebés nacidos tras el proceso de paz, paseando felices junto a sus parejas, temibles guerrilleros tanto unas como otros. Se me ocurre entonces que tal vez, a pesar de tan roussoniana idealización de la selva, fueron las mujeres las que, tras 52 años de esa vida, dijeron basta. Y de lo que estoy absolutamente segura es de que serán ellas, junto a otros Hijos de la Paz nacidos tras el proceso como Estrellita, nuestros mejores valedores para que esa paz se afiance y perdure. Como diría Graham Greene, puro factor humano.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

 

 

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