España, potencia agroalimentaria

La industria alimentaria española es el principal sector manufacturero por número de empleos, con cerca de 406.200 ocupados, un 17,6 % de todos los trabajadores de la industria y 8.700 nuevos empleos entre enero y marzo de este año, liderando el sector secundario, el cual ha crecido un 2,2%.
Embotelladora de aceite de oliva en localidad cordobesa de Priego de Córdoba. EFE/Archivo/Rafa AlcaideEmbotelladora de aceite de oliva en localidad cordobesa de Priego de Córdoba. EFE/Archivo/Rafa Alcaide

Antonio Nogueira 

¿Se trata de unos datos meramente coyunturales? Parece que no es así: la alimentación acumula 12.400 puestos de trabajo en doce meses, un crecimiento del 3,1% en la tasa interanual.

Los datos son, pues, de la evidencia empírica de una actividad que ha hecho que España ya sea la octava potencia mundial en exportación agroalimentaria, con muy amplios superávits comerciales desde hace más de un lustro. Aparte de los mercados de Europa y Estados Unidos, también el chino, por ejemplo, hace tiempo que dejó de ser un secreto mercantil para una amplia gama de firmas de nuestro país.

En el 2012 los 500 millones de euros vendidos en productos agroalimentarios, junto a los 77 millones en productos pesqueros, avalan esta buena posición incluso en una compleja clientela como es la del gran dragón asiático.

Este afianzamiento requiere, sin duda, cierta explicación. No ha sido una casualidad que multinacionales españolas como Ebro Foods, Grupo SOS, Chupa Chups o Viscofán ocupen la primera posición en el mercado global del arroz, el aceite de oliva, los dulces y los revestimientos artificiales para la industria cárnica, respectivamente.

La alimentación es considerada como un sector tradicional, desconocido para muchos, ajeno en ocasiones a la corriente principal de los medios de comunicación, aunque ha sabido desde hace tiempo diversificarse e integrarse verticalmente. 

Se trata de una suerte de “revolución silenciosa” que se produjo en determinadas ramas del agro español a mitad de la década de 1990, tan injustamente denostado en ocasiones.

Quizá la primera de las claves de este éxito resida en que las empresas agroalimentarias siguieron el camino de crear capacidades competitivas mediante la entrada en países más desarrollados, en vez de introducirse en naciones menos florecientes, contrariando una forma de proceder más intuitiva y aparentemente más fácil.

De este modo, acumulando conocimientos frente a consumidores rigurosos, han sabido dar el salto a las economías emergentes de Iberoamérica o Asia. Otro segundo factor puede ser el hecho de que las nuevas multinacionales de la alimentación y bebida sean de propiedad familiar, controladas o bien dirigidas por familias.

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