España ante la Unión Europea

Entre los retos que tiene planteado el nuevo Gobierno, uno de los más acuciantes es el de contribuir a redefinir el proyecto europeo.
Banderas de España y de la Unión Europea.EFE/Archivo/Juanjo GuillénBanderas de España y de la Unión Europea.EFE/Archivo/Juanjo Guillén

 

Manuel Mostaza Barrios

 

La UE que hemos conocido hasta ahora está claramente en crisis: el “brexit” es, en este sentido, solo un síntoma más del proceso de debilitamiento de la construcción de ese OPNI (Objeto Político No Identificado) que ha sido hasta ahora la Unión Europea.
La crisis económica que ha sacudido el mundo desde hace varios años ha visto como diversos movimientos populistas de izquierdas o de derechas, todos ellos críticos con el proyecto europeo tal y como está configurado en la actualidad, han ido tomando fuerza en sus respectivos países.
A ello hay que sumarle la incapacidad para tomar decisiones conjuntas y efectivas ante otro tipo de crisis, como la migratoria, lo que ha favorecido el resurgimiento de la extrema derecha tanto en países fundadores, como Francia o los Países Bajos, como en los países del Este, en los que la cultura democrática de ciudadanía estaba menos asentada que en resto de Estados miembros.
Como tercer factor, y quizá uno de los más importantes, está la resistencia de los Estados a perder protagonismo en el proceso de construcción europea. Para los Estados, la Unión es un elemento positivo pero da la sensación de que las élites políticas nacionales nunca se la han tomado demasiado en serio y han visto el club comunitario más como un elemento del que obtener beneficios que al que aportar recursos.
Han sido más de dos siglos de preeminencia del Estado nación y las viejas estructuras se resisten a desaparecer del escenario político.
En este sentido, no hay más que ver el desinterés con el que se celebran las elecciones al Parlamento europeo, los perfiles que se proponen para Comisarios o las reticencias a avanzar en los pilares más sólidos de la Unión, como la unión judicial o de seguridad y defensa.
No todo es negativo, desde luego. El modelo que hemos construido los europeos desde hace más de setenta años es envidiado en todo el mundo en muchos aspectos, además de constituir una de las más altas expresiones de la modernidad ilustrada: respeto a las minorías, progreso económico, derechos humanos, etc.
El papel que ha de jugar España en este proceso puede verse fortalecido por el abandono del Reino Unido, ya que reduce a cuatro el número de países tractores que podrán pilotar el nuevo proyecto europeo, pero se verá sin duda complicado en función de los resultados electorales que se produzcan en Francia y Alemania en 2017.
En Francia, con el temor a un ascenso del Frente Nacional, un partido declaradamente eurófobo y que sueña con un continente plagado de nuevo de fronteras; en Alemania, donde el partido Alternativa para Alemania está virando con claridad desde el populismo de derechas hacia posiciones más extremas y puede ser por tanto un problema para el avance del proyecto europeo en los próximos años.
En España, parece que el apoyo al proyecto europeo que sostienen tres de las cuatro grandes fuerzas parlamentarias (y que suponen, no lo olvidemos, más del 70 % del Congreso) favorece que se pueda consensuar ese papel que el país debe jugar en el nuevo proceso de relanzamiento comunitario.
El trabajo a realizar no es solo político: la consolidación de un relato (imaginario, como todos) que separe a una Europa protestante y trabajadora en el norte, frente a un Europa romanizada y vividora en el sur será letal no solo para España, sino también para el proyecto europeo en su conjunto.
Los grandes proyectos se consiguen articular no solo con la libertad de circulación o con reglamentos conjuntos, sino también con metáforas, con emociones y con relatos bien articulados sobre ese demos (pueblo) común europeo que queremos formar con aquellos con los que compartimos un conjunto esencial de valores.
De esta necesidad de articular relatos sobre Europa sabemos, además, mucho los españoles, ya que para España, Europa y la Unión Europea son algo más que fondos comunitarios y desarrollo económico.
Desde hace al menos cien años, y con la narración elaborada por la Generación de 1914, las élites españolas han compartido la idea de que la plena integración en Europa era un elemento básico para conseguir la modernización del país.
Por ello, Europa ha significado en el imaginario colectivo español durante más de un siglo desarrollo económico y libertades civiles Este relato parece haber entrado en crisis en los últimos años, cuando parece que Europa ha dejado de ser garantía de crecimiento económico y se observa un preocupante rebrote de los populismos y los fanatismos a lo largo del continente.
Es mucho lo que Europa se juega en relación tanto a su definición como a su lugar en el mundo a lo largo de los próximos años, un mundo que parece girar hacia el Pacífico y en el que Europa corre el riesgo de acabar convertida en lo que acabó siendo Grecia para el mundo romano: un lugar de enorme de prestigio cultural pero de muy escasa relevancia política. EFE

 

 

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