Erdogan mantiene el poder en Turquía pero con una oposición reactivada

El domingo 24 de junio se celebraron en Turquía, por primera vez en la historia de la República, elecciones presidenciales y parlamentarias con carácter simultáneo. El ritual daba lugar a una nueva era, marcada por la implementación de las reformas constitucionales aprobadas en el controvertido referéndum de abril de 2017 y encaminadas a instaurar un sistema presidencialista. La Comisión de Venecia ya advirtió “de los peligros de degeneración del sistema propuesto hacia un régimen personalista y autoritario”.
Carmen Rodríguez López,  profesora del Departamento de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad Autónoma de Madrid.Carmen Rodríguez López, profesora del Departamento de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad Autónoma de Madrid.

Carmen Rodríguez López, profesora del Departamento de Estudios Árabes e Islámicos. Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid

En un movimiento inesperado, las elecciones, previstas para 2019, fueron adelantadas. Y ello se justificó en la complicada situación económica, afectada por la caída de la lira frente al dólar y el euro, una fuerte inflación y el aumento del desempleo y del déficit público. Además, el presidente y máximo responsable de la política exterior, Recep Tayyip Erdoğan, buscaba beneficiarse del impacto que sus incursiones militares en Siria e Irak habrían tenido entre los sectores más nacionalistas.

A su vez, Meral Akşener, cuyo perfil comenzaba a destacar como rival político, no había terminado de consolidar su formación, tras haber sido expulsada del partido Acción Nacionalista (MHP) y oponerse al nuevo sistema presidencialista.

El sistema electoral fue sometido a modificaciones tan polémicas como el cambio de lugares de votación por motivos de seguridad, especialmente en el este del país donde vive una mayoría de población kurda, o la validación de papeletas que no contaran con el sello oficial. Las reformas también permitieron, por primera vez, alianzas, lo que beneficiaba, sobre todo, a aquellos partidos que al no alcanzar el 10% de votos a nivel nacional no podían participar del reparto de escaños.

Asimismo, las reformas permitían al presidente abandonar su papel neutral respecto a los diferentes partidos. Erdoğan, de nuevo al frente del Partido de Justicia y Desarrollo (AKP), selló una alianza con el ultranacionalista MHP, liderado por Devlet Bahçeli, bajo el nombre de la Alianza del Pueblo.

Inesperadamente, la oposición comenzó no sólo a organizarse, también a crear un flanco unido, a tejer alianzas entre fuerzas ideológicamente diversas, que compartían la necesidad de revertir las tendencias autoritarias del nuevo régimen. Así surgió la Alianza Nacional que englobaría al partido kemalista de centro-izquierda, Partido Republicano del Pueblo (CHP), fuerza política que ayudaría a Meral Aksener en la conformación del Buen Partido (IP), prestándole 15 diputados, y el Partido de la Felicidad (SP), de corte islamista. Éste último desmarcado del AKP en los últimos años, a pesar de sus orígenes comunes. El Partido Democrático del Pueblo (HDP) quedaba excluido de esta alianza, por lo que tuvo que enfrentarse al 10% del umbral electoral en solitario.

En este contexto de apoyos recíprocos forjados en la oposición, sectores del CHP optaron por votar al HDP para asegurar su llegada al Parlamento. Miles de militantes de este partido de izquierdas pro-kurdo habían sido encarcelados, incluidos sus co-líderes Figen Yüksekdağ y Selahattin Demirtaş, castigados por las purgas que se desataron tras el intento de golpe de Estado de julio de 2016.

En las presidenciales compitieron, además de Recep Tayyip Erdoğan (AKP), Muharrem Ince (CHP), Selahattin Demirtaş (HDP), Meral Akşener (IP), Temel Karamollaoğlu (SP) y Doğu Perinçek (VP). En la campaña, los candidatos pertenecientes a la Alianza Nacional solicitaron la excarcelación de Demirtaş, en un gesto de solidaridad a remarcar ante el candidato opositor.

Durante la campaña, el AKP, bajo el lema “El momento de Turquía”, enfatizó la idea de estabilidad frente al caos, de una Turquía fuerte y dinámica, marcadamente nacionalista. Los nuevos poderes presidenciales le darían a Erdoğan la posibilidad de gestionar la economía de manera férrea y revertir las tendencias negativas.

Mientras tanto, las fuerzas aliadas de la oposición defendieron la separación de poderes, el imperio de la ley, y en su mayoría, la vuelta al sistema parlamentario. Este fue el mayor consenso de la oposición, el deseo de llevar a cabo reformas democráticas y acabar con la creciente polarización social.

Muharrem Ince destacó notablemente durante la campaña. Con un discurso ágil y directo, no exento de sentido del humor, fue capaz de galvanizar un entusiasmo creciente, ganado a pulso en mítines multitudinarios que contrastaron con el escaso espacio que los grandes medios de comunicación, incluida la televisión pública, dedicó a los candidatos de la oposición frente a un omnipresente Erdoğan.

El día de las elecciones, miles de voluntarios acudieron a las urnas, no sólo para ejercer su derecho al voto, sino para estar presentes en el escrutinio por el temor de que el partido oficialista pudiera cometer un fraude similar al denunciado en el referéndum de 2017.

Pero la oposición se dio de bruces con la constatación del poder de Erdoğan, que logró el 52,6% de los votos, proclamándose presidente en primera vuelta, y de su partido el AKP, que junto al MHP obtuvo la mayoría absoluta en un nuevo Parlamento, que tras las reformas constitucionales albergará a 600 diputados. Con el 42,6%, el AKP se hizo con 295 escaños; el CHP, con el 22,6%, 146 escaños; el HDP, con el 11,7%, 67 escaños; el MHP, con 11,1%, 49 escaños; y el İP, con el 10,0%, 43 escaños.

El AKP perdió siete puntos respecto a las generales de 2015, pero mantuvo la mayoría absoluta gracias a un fortalecido MHP, que, contra todo pronóstico, sostuvo el porcentaje de votos. El CHP también sufrió una importante pérdida respecto a 2015, damnificado por su trasvase de votos al HDP, o bien al IP, por parte de sus sectores más nacionalistas.

No hubo declaraciones de la oposición la noche electoral. Sí un discurso en el balcón de la sede principal del AKP en Ankara a cargo de Erdoğan, en el que agradeció a todos los votantes la concurrencia a las urnas, pero aludió a sus enemigos y reconoció a quienes estuvieron a su lado desde el principio. Un sentimiento de victoria épica se erigió sobre un discurso de resentimiento, en el que las líneas entre los oponentes, los traidores, los golpistas o los terroristas quedaron desdibujadas.

Al día siguiente, el segundo candidato a la Presidencia más votado, Muharrem Ince, con el 30,6% de los votos, aceptó el resultado, pero advirtió de que no habían sido unas elecciones justas. Pidió al presidente que abrazara a toda la nación y gobernara para los 81 millones de ciudadanos turcos. Ince anunció que quiere seguir aunando a la oposición para lograr en 500 días lo que no pudo hacer en 50.

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.