CATALUÑA LITERATURA

El Premio Cervantes Eduardo Mendoza no ve razón para la independencia de Cataluña

El Premio Cervantes de Literatura Eduardo Mendoza no ve razones para la independencia de Cataluña pero contempla un "panorama sombrío" por el enfrentamiento entre sus partidarios y quienes no son independentistas, un conflicto al que "no se le ve salida", según expone en un ensayo que llega a las librerías.
El escritor Eduardo Mendoza, Premio Cervantes 2016, ha asistido hoy a la colocación de su retrato en la Biblioteca Nacional de España. EFE/BallesterEl escritor Eduardo Mendoza, Premio Cervantes 2016, ha asistido hoy a la colocación de su retrato en la Biblioteca Nacional de España. EFE/Ballesteros

por José Oliva

Mendoza vierte en esta breve obra, que lleva por título “Qué está pasando en Cataluña” sus reflexiones “para cuestionarnos nuestras ideas, en lugar de encogernos de hombros ante el prejuicio, la negligencia y la incomprensión”, aunque, como dice en el epílogo, “quizá ya es tarde”.

El escritor describe el actual panorama como “sombrío”, sin salida, entre otras cosas, porque “se ha llegado muy lejos sin saber cómo ni para qué” y se pregunta si lo sucedido responde a “un plan rigurosamente concebido (…) o a una alocada improvisación, o a una combinación de lo uno y lo otro”.

Piensa que “no hay razón práctica” que justifique el deseo de independencia de Cataluña, pues no ve a España, “pese a todo, como un mal país” y, aunque podría ser mejor, añade, duda de que “Cataluña, librada a sus fuerzas, se convirtiera en el paraíso que anuncian los partidarios de la nueva república”.

El Premio Cervantes 2016 admite que “el independentismo es un movimiento real, que ha calado en amplios sectores de la población” después de que durante muchos años fuera cosa de “individuos aislados que pertenecían a la clase media o alta, tenían un grado considerable de educación” y esgrimían “argumentos históricos, casi nunca financieros”.

Aquellos independentistas de primera hornada, continúa Mendoza, adoptaban una postura que tenía “mucho de romántica y algo de mística”, y su rechazo era exclusivo hacia los españoles, aunque convivían amigablemente con los que pensaban de otro modo y, “si discutían, lo hacían sin exaltación”.

Ese prototipo, precisa, fue evolucionando hacia posiciones “posibilistas” tras afianzarse la Transición y “desaparecidos del horizonte los temores a un posible golpe de Estado”.

Difusión soberanista

En paralelo a las colaboraciones con la gobernabilidad con sucesivos ejecutivos españoles, las instituciones catalanas se fueron fortaleciendo, estima Mendoza, como “entes separados” y los medios de difusión dependientes de la Generalitat, especialmente TV3 y Catalunya Ràdio, evolucionaron “desde posiciones neutras hasta convertirse poco menos que en órganos de difusión soberanista”.

El escritor de “Sin noticias de Gurb” identifica el movimiento independentista como el “cauce ideal para el descontento de la población y sobre todo de los jóvenes, especialmente castigados por la crisis y desengañados de cualquier proyecto político español”.

Y agrega que “a veces el descontento dirigido sirve para tapar asuntos sucios” y pone como ejemplo que, “en toda la campaña reciente por la independencia, rara vez ha salido a relucir el tema de la corrupción en altas instancias del Gobierno español, porque eso habría tenido un efecto de rebote”.

Un factor adicional ha permitido la escalada de la tensión entre España y Cataluña: “Ni los unos ni los otros creían que se avanzaría tanto y que el impulso separatista se haría tan extenso y tan dinámico” y “en este terreno la responsabilidad del Gobierno español es considerable”, reprocha.

Comparar la situación presente con el franquismo es una “aberración histórica”, pues “no fue el Gobierno español actual, bueno o malo, pero legítimamente constituido, el que hizo fusilar a Companys; lo hizo fusilar Franco, pero no por ser catalán, sino por ser el enemigo. No habría tenido más piedad con Azaña o con Negrín”.

Tras decir que “Companys tuvo mala suerte, pero la mala suerte no es un mérito”, apunta que “invocar en estos días su nombre con el propósito manifiesto de establecer un paralelismo roza la vileza, en la medida en que manipula a una víctima que merece todo el respeto”.

Reconoce Mendoza que “ha habido varias ocasiones en las que la relación entre Cataluña y España habría podido discurrir por otros cauces”, pero señala que “el desapego ha servido para fomentar una rivalidad en lo individual que, si se analiza un poco, es del todo infundada”.

El “fantasma de la enemistad”

Acusa al independentismo de haberse “nutrido de agitar el fantasma de la enemistad declarada de esa abstracción que se llama Madrid”.

A su juicio, “una cierta desigualdad” entre el centro donde reside el poder y la periferia es “inevitable”, pero invita a no rasgarse las vestiduras, pues “no todo es economía y también la distancia tiene ventajas: sondeos de opinión revelan que, a juicio de la mayoría, se vive mejor en Barcelona que en Madrid”.

El autor de “La ciudad de los prodigios” no cree en la existencia de los países y sí en “unas sociedades cada vez más despersonalizadas y más desprovistas de identidad, si por identidad entendemos lo antiguo”, una mezcla social que aún no ha alcanzado ni en España ni en Cataluña las proporciones de otros países europeos.

Mendoza atribuye esa situación a “un cierto atraso económico” que aplazó la llegada de inmigrantes de otras razas y su presencia en la vida pública, como sí ocurre en Francia con la alcaldesa de París, gaditana de nacimiento, o en el Reino Unido con el alcalde de Londres, de origen pakistaní y musulmán de religión.

El autor sale en defensa de las comunidades de inmigrantes, africanos, hispanoamericanos, magrebíes, pakistaníes o chinos, que “todavía no han calado en el tejido social” y que mayoritariamente viven de espaldas a la política y no votan, pero “es obvio que la independencia de Cataluña no redundaría en beneficio suyo”. EFE