El camino de la reforma educativa en Chile se hace más empinado

El camino de la reforma educativa en Chile, pieza esencial del segundo mandato de Michelle Bachelet, se está haciendo cada vez más empinado a causa de la oposición de la derecha, los empresarios y la Iglesia, pero también por críticas procedentes de sus propias filas.
Manifestación del pasado 10 de julio convocada por la Confederación de Estudiantes de Chile (CONFECH) contra las reformas educativas anunciadas por Manifestación del pasado 10 de julio convocada por la Confederación de Estudiantes de Chile (CONFECH) contra las reformas educativas anunciadas por el gobierno de Bachelet. EFE/Mario Ruiz

Por Manuel Fuentes 

Durante la campaña electoral que la condujo de nuevo al poder, Bachelet se destacó como una firme defensora de la gratuidad en todos los niveles de la enseñanza y prometió acabar con el negocio de la educación.

Bachelet se aseguraba así el apoyo de un sector clave para la gobernabilidad del país, a diferencia de lo que sucedió en el comienzo de su primer mandato (2006-2010), cuando una prolongada huelga de los estudiantes de secundaria puso en jaque al Ejecutivo.

La llamada “revolución pingüina” se saldó entonces con el envío al Parlamento de un proyecto de reforma a la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza, una solución que el tiempo demostró que fue insuficiente.

Tampoco lo tuvo fácil su sucesor, el conservador Sebastián Piñera (2010-2014), cuyo Gobierno minimizó el movimiento estudiantil que irrumpió en las calles a comienzos de 2011 y cuyas demandas más radicales nunca estuvo dispuesto a aceptar.

Por eso Bachelet ha hecho de la reforma educativa la piedra de toque de su agenda política, hasta tal punto que la reforma tributaria -el otro gran eje del programa, junto con la nueva Constitución- tiene como objetivo recaudar 8.200 millones de dólares precisamente para financiar los cambios en la educación.

Para sacar adelante los cambios legislativos, la presidenta puso al frente de la cartera de Educación a un peso pesado, el exministro de Hacienda y exdirector para el Hemisferio Occidental del Fondo Monetario Internacional (FMI) Nicolás Eyzaguirre.

Y por si fuera poco, la mandataria cuenta además con un apoyo parlamentario más que suficiente, incluyendo destacados exdirigentes estudiantiles, como las diputadas comunistas Camila Vallejo y Karol Cariola y el independiente Giorgio Jackson.

Pero pesar de todos estos elementos a favor, la reforma educativa se está encontrando con grandes escollos, alguno de ellos imprevistos.

Las agrupaciones de estudiantes de secundaria y universitarios y más recientemente también los profesores, han expresado su desconfianza hacia el Gobierno y han criticado la poca claridad con que a su juicio se está llevando a cabo una reforma que debe garantizar una educación pública, gratuita y de calidad.

Además, el envío al Congreso del proyecto de ley que pone fin al lucro, el copago y la selección en los colegios particulares y subvencionados ha encendido las alarmas en la Iglesia católica, que ve como algunas disposiciones de la reforma afectan directamente a los centros religiosos.

Y la oposición de derechas, que intenta recuperar la musculatura política, ha encontrado en este proyecto una buena oportunidad para ejercitarse, con críticas procedentes incluso del expresidente Sebastián Piñera.

En medio de este debate, Bachelet recibió esta semana un regalo durante su gira por Estados Unidos: el espaldarazo de la directora del FMI, Christine Lagarde, y del mandatario estadounidense, Barack Obama, al proyecto transformador con el que aspira a reducir los desequilibrios en el país más desigual de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

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