Diario Vivo: Un camino para recuperar la legitimidad del periodismo a través de la emoción

El periodismo está en crisis. Todos los profesionales de esta maravillosa actividad -que en muchísimos casos no es nada menos que una vocación- lo sabemos. El «mensajero» ha perdido buena parte de su peso, de su credibilidad. Estamos invadidos por un tsunami de «fake news», de «tuits» nauseabundos, de elecciones hackeadas, de informaciones sospechosas, de juegos semánticos en torno al concepto de «pos-verdad» que, como bien lo dice el escritor Julio Llamazares, «no es una forma de verdad, sino la mentira de toda la vida».
François Musseau, fundador y director de Diario Vivo.François Musseau, fundador y director de Diario Vivo.

François Musseau, director-fundador de Diario Vivo y corresponsal en España del diario francés Liberation

 

Los que nos hemos formado en el periodismo y nos dedicamos a ello sentimos una desagradable sensación de indefensión: ¿cómo establecer la verdad de los hechos, si todo el discurso mediático está puesto en tela de juicio? ¿Cómo recobrar cierta legitimidad, los que intentamos con ahínco atender a la fuente de las informaciones, si nos enfrentamos a miradas y oídos dubitativos, descreídos, habitados por el sarcasmo y la sorna?

No hay atajos a la honestidad informativa. Por eso, frente a este panorama desolador, amplificado por un discurso que alaba lo tecnológico antes que lo humano, muchísimas iniciativas se multiplican para dar la batalla y tratar de reconquistar pedazos enteros de credibilidad perdida. Empresas de fact-checking, periódicos digitales estableciendo pactos de confianza con sus socios, radios reforzando los vínculos con sus oyentes sobre la base de unos valores compartidos, etc. Son formas variadas, todas interesantes, de acercarse de nuevo a los lectores, los oyentes, los telespectadores, los ciudadanos, en definitiva a todos nosotros.

Durante el invierno del 2017 viví una experiencia singular que tenía que ver con este tipo de acercamiento. Ocurrió una noche, en un teatro parisino. Una decena de narradores -periodistas en su mayoría- relataban en directo una historia real en la que estaban implicados. El espectáculo no se grababa, la escucha era máxima, había algo de litúrgico en el ambiente. Algunas de las historias que escuché y presencié aquella noche me impactaron de inmediato.

Pero el efecto más potente fue que, algunos meses más tarde, estas mismas historias contadas en directo me seguían persiguiendo. Como esta abuela belga quien, sabiendo que iba a morir de una enfermedad terminal, decidió tomar el primer avión de su vida para ir a visitar a un preso mexicano en Houston, Estados Unidos, con el que mantenía una comunicación epistolar desde hacía años y que esperaba la fecha de su ejecución. O esta mujer rusa que se enamoró de un espía de su ciudad, luego aceptó trasladarse a Argentina y cambiar totalmente de identidad hasta el punto de no revelar nunca a sus dos hijas la verdad de su origen. O este hombre tan amable y amigo de sus amigos, tan obediente y buena persona, quien, una mañana, en un arrebato incontrolable, corta el cuello de su mujer con un hacha, antes de volver a convertirse en la cárcel en un hombre amable y dicharachero, ante el asombro de muchos psiquiatras y psicólogos.

De aquella noche saqué dos enseñanzas que me iban a servir de guía para fundar en España -donde resido y trabajo desde 1999- un novedoso medio periodístico, Diario Vivo. La primera era que una de las maneras potentes de recobrar credibilidad era volver a la esencia de las historias, aceptando su complejidad, y sus múltiples lecturas. Ahora que están de moda los ensayos relatando la historia de la humanidad, por ejemplo el best-seller mundial «Sapiens» de Yuval Noah Harari, se ha aceptado la idea de que la imperiosa necesidad de contar -que caracteriza nuestra especie- es sin duda uno de los factores de su expansión y una de sus señales de identidad más singulares.

La segunda enseñanza de aquella noche parisina fue que la desnudez emocional del contador, en medio de una sesión que no se puede grabar, solo en el escenario con su micro y frente a un público expectante, añadía al relato una fuerza descomunal. La emoción en directo, los balbuceos, los silencios, no mienten. Es la fuerza del teatro. La experiencia del «aquí» y del «ahora» arraiga y, en medio de este océano de noticias fugaces y dispares que nos asaltan sin dejan ninguna huella, nos remite a un tiempo más pausado de historias digeridas y masticadas.

Nueves meses después de su estreno en el Palacio de la Prensa de Madrid, en diciembre 2017, agotando las entradas en todos sus espectáculos, Diario Vivo ha demostrado que la gente siente la necesidad de experimentar en directo la narrativa real. En toda su diversidad : reporteros, fotógrafos, escritores, narradores, cronistas judiciales, guionistas…

Si te acercas a la gente sin otra protección que la fuerza de tu historia en el recinto de un teatro, es altamente probable que los que te escuchen y te vean también se acerquen a ti. Y quizá, si hay suerte, que se queden mucho rato con tu relato en la cabeza.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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