Derrotar al yihadismo (II): la lucha antiterrorista debe extenderse a los pueblos

Europa lleva décadas luchando contra el terrorismo: ETA, IRA y tantas otras siglas que no significan sino muerte y dolor.
Ramón Luis Valcárcel, vicepresidente del Parlamento Europeo.  EFE/Archivo/Angel DíazRamón Luis Valcárcel, vicepresidente del Parlamento Europeo. EFE/Archivo/Angel Díaz

Ramón Luis Valcárcel, vicepresidente del Parlamento Europeo 

A lo largo de su existencia, todas las bandas asesinas han abrazado innovaciones en sus estrategias para burlar los controles que las instituciones democráticas iban endureciendo con objeto de proteger a la ciudadanía. Sin embargo, ninguna lo ha hecho tan rápido como la diáspora de acólitos de DAESH, Al Qaeda y demás organizaciones sanguinarias de inspiración salafista.

El yihadismo ha encontrado en los cambios de táctica su mejor arma. Si antes llamaba a construir un califato global desde los terrenos sometidos en Siria e Irak, ahora ha pasado -por el propio fracaso de esta empresa- a alentar la violencia en el seno de las sociedades libres y abiertas. De la misma manera, si los planes mortíferos que diseña en las ciudades han sido frustrados por las redes de vigilancia que operan en las áreas metropolitanas, ahora impulsa una suerte de éxodo rural y envía a sus agentes radicalizadores a maquinar en aquellas zonas en las que la presión policial parece no ser tan fuerte.

Los pequeños municipios importan tanto o más que las grandes urbes

Para las administraciones públicas es todo un reto tener que cambiar de parámetros al frenético ritmo al que lo hace la actividad yihadista. Un reto que se aborda en base a exhaustivos análisis de expertos. Gracias a su trabajo, el factor humano ha vuelto recientemente a la línea prioritaria de actuación, por encima del digital. No hay indicios, por ejemplo, de que los terroristas de Barcelona y Cambrils se radicalizaran a través de internet, pero está probado que lo hicieron alentados por un autoproclamado imán con el que se reunían asiduamente.

Algo parecido ocurre ahora con la dimensión geográfica del enfoque. En los últimos años, los esfuerzos contra la radicalización se habrían centrado en las grandes metrópolis, puesto que la acuciante realidad así lo ha ido demandando. Pero, tristemente, la importancia de actuar en los municipios pequeños se ha convertido en asunto de urgencia tras los atentados de Cataluña, cuyos autores se radicalizaron en una localidad de poco más de 10.000 habitantes.

Urge, por tanto, profundizar en la perspectiva local. Especialmente, tras haberse conocido que el porcentaje de municipios españoles que aplica el Plan Estratégico Nacional de Lucha contra la Radicalización Violenta -imprescindible para detectar y neutralizar focos de potencial yihadismo-, es ínfimo. Esto resulta ciertamente preocupante porque, como argumentaba en mi anterior artículo (“Hacia un islam compatible con los valores europeos”), las familias son las primeras que pueden detectar tendencias radicales y evitar que alguno de sus miembros abrace la ideología yihadista. Seguidamente, entran en juego los vecinos, los agentes sociales que actúan a nivel local y la “policía de proximidad”. La necesidad de mejorar la aplicación de la política antiterrorista en municipios que, por su tamaño, ofrecen a los asesinos la flexibilidad que necesitan para burlar los controles, se antoja pues extraordinaria.

Al mismo tiempo, es preciso entender que el flujo de información no ha de ser unidireccional, sino bidireccional. Una comunidad local y, más aún, sus miembros musulmanes, deben ser los que informen a las fuerzas de seguridad de posibles signos de radicalización. También, los cuerpos de vigilancia tienen que poner a las asociaciones religiosas y vecinales al corriente de la peligrosidad de radicales que intenten integrarse en ellas. Esto fue lo primero que reclamó el colectivo musulmán de Ripoll tras conocer el papel de su imán en los atentados del 17 de agosto. La relación debe forjarse en la confianza mutua.

Aprovechar al máximo todas las posibilidades de cooperación

Debido a la velocidad a la que evoluciona el terrorismo de hoy, una prioridad ha ido sobreponiéndose a otra. El foco de la lucha antiterrorista ha tenido que ir cambiando tan pronto como lo han hecho los patrones de radicalización. En el seno de la Unión Europea hubo que abordar, primero, el control de los combatientes europeos que viajaban a Siria e Irak; y se aprobó -no sin esfuerzo en el Parlamento Europeo- la directiva PNR, que obliga a las aerolíneas a entregar a las autoridades los datos de todos los pasajeros que entran y salen de la UE. Después, se trabajó intensamente para bloquear las vías de financiación yihadista, así como los sistemas digitales por los que fluye la propaganda de DAESH.

Aún queda mucho por hacer, pero no es poco lo que se ha logrado. De hecho, los asesinos de Cataluña no fueron capaces de conseguir armas de fuego precisamente porque las medidas tomadas a nivel europeo han ido demostrándose eficaces. Sin embargo, hoy cabe avanzar en la armonización de los estándares que se han establecido en los distintos países para detectar signos de radicalización. Porque de poco sirve que España actúe en base a unos criterios cuando Francia o Reino Unido elaboran su catálogo de potenciales terroristas de acuerdo a otros distintos.

De igual manera, debemos aprovechar las oportunidades que ofrecen los avances tecnológicos para mejorar la coordinación dentro de la Unión Europea y entre los diferentes niveles de la administración pública, implicando especialmente a las autoridades locales. Para colmar lagunas, ni siquiera sería preciso ceder soberanía en materia de seguridad nacional: bastaría con unificar los criterios dentro del Sistema de Información de Schengen.

Al mismo tiempo, y puesto que el propio éxito de los nuevos controles acelera cambios en las camaleónicas células yihadistas, debemos emplearnos a fondo en la capacidad de anticipación. Si el terrorismo apuesta por células pequeñas, conformadas lejos de las redes de vigilancia de las grandes ciudades, “volveremos” al pueblo. Los terroristas no encontrarán paraíso en la barbarie, pero tampoco refugio en los lugares más recónditos de nuestras regiones. En ninguna de ellas. Porque, trabajando juntos, en todas les venceremos.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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