Francia, la derecha llamada a elegir algo más que a su líder

Aunque los pronósticos electorales se hayan convertido en deporte de alto riesgo, existe un raro consenso en Francia en que el candidato que salga elegido de las primarias del centro-derecha tendrá todo a su favor para convertirse en el próximo presidente del país.
(De izquierda a derecha) El exministro de Agricultura Bruno Le Maire, el ex primer ministro y actual alcalde de Burdeos, Alain Juppe, la legisladora N(De izquierda a derecha) El exministro de Agricultura Bruno Le Maire, el ex primer ministro y actual alcalde de Burdeos, Alain Juppe, la legisladora Nathalie Kosciusko-Morizet, el expresidente Nicolas Sarkozy, el legislador Jean-Francois Cope, el líder del partido Demócrata Cristiano Jean-Frederic Poisson y el ex primer ministro Francois Fillon, en el debate televisivo para las primarias, en octubre de 2016. EFE/Archivo/MARTIN BUREAU

 

Enrique Rubio

A cinco meses de los comicios, muchos elementos parecen conspirar para que un conservador alcance el Elíseo: un presidente impopular hasta límites desconocidos, una izquierda hecha trizas por la desunión y una ultraderecha que, aunque amenazante, se ve penalizada por el sistema electoral a dos vueltas.
Tampoco se puede decir que la derecha se presente en perfecta comunión a sus primarias, cuya primera vuelta se celebra el domingo.
Las puñaladas entre los siete candidatos han sido continuas, con el expresidente Nicolas Sarkozy como blanco predilecto.
Puede que ese nerviosismo se deba precisamente a lo suculento del botín. A ningún aspirante se le escapa que, en condiciones normales, tendría grandes posibilidades en las presidenciales de abril y mayo.
Siete viejos rostros de la política francesa (casi todos han sido jefes del Ejecutivo o ministros) se disputan el cetro de los conservadores, con clara ventaja para tres de ellos.
El ex primer ministro y alcalde de Burdeos, Alain Juppé, aparece destacado desde hace meses, pero a la hora de la verdad la base más militante y conservadora puede debilitar esa posición.
Principal pescador en el caladero derechista, Sarkozy nunca ha llegado a estar fuera de la carrera, aunque en muchos momentos parecía imposible que pudiese aguantar la embestida de los escándalos judiciales y la carga de sus rivales contra sus errores como presidente (2007-2012).
Con un duro discurso en el que ha rivalizado con las propuestas del ultraderechista Frente Nacional (FN), “Sarko” sabe que puede contar con un núcleo de fieles a los que llega por su estilo directo y poco ortodoxo.
Sin embargo, pese a que ha recortado la ventaja que le llevaba Juppé en las encuestas, una sombra le acecha: su ex primer ministro François Fillon, quien no ha dejado de atacarle en los últimos años, ha recobrado esperanzas gracias a los tres debates celebrados.
Fillon trata de combinar la dureza ideológica de Sarkozy con el perfil más institucional y menos propenso al sobresalto que ofrece Juppé. Heredero de una derecha liberal en la economía y conservadora en lo moral, acaba de recibir el apoyo del expresidente Valéry Giscard d’Estaing y no deja de crecer en las encuestas.
Pero corren malos tiempos para la demoscopia, así que todos los sondeos son puestos en cuarentena. Principalmente, porque nadie sabe cuál será la participación, lo que abre mucho el escenario.
Un estudio del instituto Kantar Sofres Onepoint recogido por “Le Monde” señala que con una participación superior al 14 % del total del cuerpo electoral, Juppé obtendría una clara victoria en la primera vuelta, mientras que menos del 5 % beneficiaría sobre todo a Sarkozy y Fillon.
La mejor noticia para quien salga victorioso de las primarias (cuya segunda vuelta se disputará una semana después) será otear el panorama que tiene enfrente.
El presidente, François Hollande, todavía no ha anunciado si aspirará a su reelección, pero sus dramáticos niveles de popularidad -que han llegado a alcanzar el 4 %- pueden hacérselo pensar dos veces.
El jefe del Gobierno, Manuel Valls, aparece como la figura socialista mejor colocada para reemplazar a Hollande como cabeza de cartel, pero deberá medirse con el fenómeno de su joven exministro Emmanuelle Macron, quien se ha postulado como candidato antisistema y pretende rebañar votos del centro.
A la izquierda de los socialistas, las cosas no parecen mucho más claras. El veterano Jean-Luc Mélénchon quiere recoger el voto de los desencantados con Hollande, pero ni siquiera se ha asegurado que los comunistas o los verdes vayan a apoyarle.
Y agazapada a la espera de su oportunidad permanece la líder del Frente Nacional, Marine Le Pen, a quien todas las encuestas sitúan en la segunda vuelta de las presidenciales.
Su gran problema sería entonces conseguir que más del 50 % de los franceses le votasen en la segunda ronda. A día de hoy, ese escenario parece poco más que una entelequia.
Con todo lo que la derecha se juega en las primarias, nada preocupa más que el que se pueda repetir el deplorable espectáculo de las elecciones internas por el control de su partido en 2012, cuando Fillon y el ahora también aspirante Jean-François Copé se acusaron mutuamente de fraude. EFE

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