Davos: del diagnóstico a la acción

Hoy arranca en Davos una nueva edición de la cumbre anual del Foro Económico Mundial. Durante una semana, líderes del mundo político, económico, social y cultural discutirán sobre cómo construir un mundo mejor. No es ironía. Mejorar el estado del mundo es precisamente el objetivo con el que se originó lo que algunos consideran ya como la cumbre de todas las cumbres.
Álex Prats, coordinador de Desigualdad de Oxfam Intermón.Álex Prats, coordinador de Desigualdad de Oxfam Intermón.

Álex Prats, coordinador de Desigualdad de Oxfam Intermón

 

El lema escogido para construir el hilo argumental del encuentro es Actuando juntos en un mundo fracturado. El diagnóstico del problema es acertado. Vivimos en un mundo en el que la desigualdad entre las personas más ricas y las que viven en situación de pobreza ha alcanzado niveles insoportables. El 82 % de la riqueza generada durante el último año fue a parar a manos del 1 % más rico, mientras que la riqueza de la mitad más pobre del planeta no aumentó lo más mínimo.

Este dato que Oxfam publica en su nuevo informe ‘Premiar el trabajo, no la riqueza’ es suficiente, por sí solo, para mostrar el calado del desgarro. La cuestión, no obstante, más allá de lemas estéticos, es si los líderes reunidos en Davos serán capaces de ahondar con honestidad en las causas reales de la fractura, y si están dispuestos a impulsar con determinación, actuando juntos -tal y como proclaman- medidas que contribuyan a crear sociedades más justas y cohesionadas.

Lograr una distribución más equitativa de la riqueza es una de las vías ineludibles para que la fractura pueda empezar a sanar. En la actualidad, el 1 % de la población acumula tanta riqueza como el 99 % restante, y siete de cada diez personas vivimos en países en los que la desigualdad ha crecido en los últimos 25 años, en algunos casos de forma alarmante.

A pesar de la reducción de los niveles de pobreza logrados en las dos últimas décadas, más de la mitad de la población mundial vive aún con menos de 10 dólares al día. Esta desigualdad extrema no es inocua; hoy sabemos que elevados niveles de desigualdad frenan el crecimiento, socavan la lucha contra la pobreza y suponen una amenaza para la salud de las democracias. Pero es que, además, la desigualdad extrema no es casual, sino la consecuencia lógica de un sistema que favorece los intereses de las mismas elites que parecen regirlo a su antojo.

Un modelo alternativo que funcione para la mayoría de las personas debe fundamentarse, en primer lugar, en una distribución más justa de las rentas. Mientras que la proporción de las rentas que van a parar a manos de los accionistas y grandes empresarios sigue aumentando año tras año, la que reciben las personas trabajadoras no deja de menguar. Entre 2006 y 2015, por ejemplo, los salarios aumentaron una media de un 2 % anual, mientras que la riqueza de los milmillonarios, generada principalmente gracias a las rentas del capital, se incrementó en un 13 % anual, es decir, seis veces más. Esta tendencia que beneficia a las personas más ricas a costa del resto es perniciosa y debe revertirse urgentemente, poniendo límites a los beneficios de los accionistas y protegiendo los derechos, cada vez más debilitados, de las personas trabajadoras.

Pero una distribución más justa de la riqueza pasa por reducir también las desigualdades salariales. En Sudáfrica, el 10 % más rico captura la mitad de los salarios, mientras que el 50 % más pobre de los trabajadores y trabajadoras apenas recibe el 12 % de toda la masa salarial; con poco más de un día de trabajo, un director general en Estados Unidos gana lo mismo que un trabajador durante todo un año; y en promedio, a un director general de cualquiera de las cinco mayores empresas del sector textil le basta con trabajar cuatro días para ganar lo mismo que una mujer que trabaja en el mismo sector en Bangladesh durante toda su vida.

No hay argumentos aceptables que puedan justificar estas diferencias. Para reducir las desigualdades salariales, los gobiernos deberían establecer salarios mínimos que permitieran a todas las personas trabajadoras vivir una vida digna, deberían poner fin a la bochornosa brecha salarial entre hombres y mujeres, y regular las diferencias obscenas que existen entre los salarios más altos y los más bajos dentro de las empresas.

Lograr el mundo mejor al que aspira el Foro Económico Mundial, cerrar el socavón que está rompiendo nuestras sociedades, exige también políticas sociales y fiscales más justas. Los datos demuestran que la inversión en educación, salud y protección social es una de las medidas más eficaces para reducir las desigualdades y garantizar la igualdad de oportunidades. Los recortes en gasto social que se han llevado a cabo en los últimos años en muchos países, arrojando a millones de personas a la pobreza, hubieran podido evitarse con políticas tributarias más justas.

Los 170,000 millones de dólares que se fugan de las arcas de los países en desarrollo por culpa de la evasión y elusión fiscal de las grandes fortunas y las empresas transnacionales serían suficientes, por ejemplo, para escolarizar a los 264 millones de niñas y niños que no van a la escuela. Poner fin a la vergüenza de los paraísos fiscales, reformar el sistema tributario internacional para hacerlo más justo, eficaz y transparente, y promover que los que más ganan sean los que más impuestos paguen presenta dificultades técnicas, pero es, por encima de todo, una cuestión de voluntad política.

Los líderes reunidos en Davos saben de sobra que el crecimiento económico no puede ser la receta principal para combatir la desigualdad extrema sobre la que nos alertan. De hecho, necesitaríamos que la economía mundial se multiplicara por 175 para que, con los niveles actuales de desigualdad, todas las personas dispusieran de al menos 5 dólares al día. Un crecimiento de este nivel, si fuera viable, sería con toda seguridad catastrófico para el planeta. Para vivir en un mundo menos fracturado es imprescindible lograr una distribución más justa de la riqueza que generamos.

Todo esto requiere menos retórica y más determinación para llevar a cabo los cambios necesarios. Menos codicia y más empatía. Lo que necesitamos – y a lo que los líderes reunidos en Davos pueden orientarse – es crear una sociedad que pueda estar en paz consigo misma. Una sociedad que, a diferencia de lo que ocurre hoy, pueda vivir en paz con su conciencia.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.