Cuando la mayoría se equivoca, decide Maduro

Este domingo los venezolanos están convocados a las urnas para elegir presidente de la República. La oposición reconocible y reconocida internacionalmente, la Mesa de Unidad Democrática (MUD) y Frente Amplio, ha decidido no participar y llama a la abstención por entender que los comicios no cumplen las mínimas garantías democráticas exigibles.
El presidente venezolano, Nicolás Maduro (c), besa la bandera venezolana durante un mitin de campaña en Caracas (Venezuela). EFE/Cristian HernándezEl presidente venezolano, Nicolás Maduro (c), besa la bandera venezolana durante un mitin de campaña en Caracas (Venezuela). EFE/Cristian Hernández

Laureano García, periodista

Si no fuese por el dolor que produce la tragedia del pueblo venezolano, este proceso electoral, contra el parecer de la oposición y con el rechazo de la comunidad internacional, merecería un juicio bufo que desenmascarase el montaje urdido para que, sí o sí, gane Maduro, hasta el extremo de que si perdiese, situación harto improbable, empuñaría las armas para evitar, dice, que se entregase el patrimonio nacional a los gringos y a las élites europeas. A lo que se ve, en la “sui géneris” idea de democracia que tiene Maduro, si la mayoría “se equivoca”, ahí está él para arreglarlo.

Es imposible analizar esta consulta con los parámetros al uso de una elección democrática debido a la excepcionalidad de una situación a la que se ha llegado por la acción de unos políticos que, después de la muerte de Hugo Chávez, se han aferrado al poder forzando la legalidad.

En las últimas elecciones parlamentarias celebradas en diciembre de 2015, la MUD, con el 56,22% (7.726.066 votos) y 112 escaños, ganó por un amplio margen a la coalición del gobierno, Gran Polo Patriótico Simón Bolívar, que se quedó en 40,91% de los votos y 55 escaños. Una holgada victoria de la MUD (112 de 167 diputados), con la mayoría cualificada requerida para convocar un referéndum revocatorio del mandato de Maduro, conforme al procedimiento establecido en la Constitución de 1999 impulsada por Hugo Chávez.

Pero el gobierno embarró pronto el camino legal que la oposición quería tomar. El Tribunal Supremo, entonces con mayoría chavista como las demás instituciones, aceptó la impugnación de ocho diputados de la MUD, Tras varias maniobras retardatarias del Consejo Nacional Electoral (CNE), cinco tribunales regionales sirvieron en bandeja la suspensión del proceso porque, según adujeron, detectaron fraude en la recolección de firmas de apoyo al referéndum. Reafirmado en el sillón, Maduro convocó elecciones para una llamada Asamblea Constituyente con el propósito de anular a la legítima Asamblea Nacional, y encargar a su nueva cámara la elaboración de otro texto constitucional. La decisión provocó críticas incluso de personalidades del chavismo, como la Fiscal Luisa Ortega, que terminó perdiendo el cargo y abandonando el país acusada de traición.

Aunque los males de Venezuela vienen de lejos, con Maduro el deterioro se ha acelerado estrepitosamente. En tres años el país ha perdido un tercio de su PIB; según datos de la consultora venezolana Datanálisis, en los últimos doce meses (de abril de 2017 al mismo mes de 2018) los precios han subido un 13.779%; y la inflación cabalga desbocada. Se ha destruido el tejido industrial, faltan productos básicos, se deteriora gravemente la convivencia, se extiende la sensación de inseguridad y cunde la desesperación, como lo evidencian los millones de venezolanos que han abandonado el país.

No hay datos fiables sobre la previsión de participación, pero sí un consenso amplio sobre la necesidad de encontrar, como espera también la comunidad internacional, una salida del laberinto en el que Maduro ha metido a Venezuela.

Si la salida hacia un proceso de transición no se produce pronto y como sería deseable por la presión interna y los embargos desde el exterior, se teme que pueda llegar por implosión social ante lo insostenible de la situación, sin que se pueda descartar, la que sería la peor y más traumática de las salidas, la intervención militar directa de las Fuerzas Armadas para restablecer la Constitución.
En el proceso compiten con Maduro otros tres candidatos, aunque, según los sondeos, solo uno, Henri Falcó, chavista hasta hace diez años y ex gobernador del estado de Lara, alcanza notoriedad en la opinión pública.

Falcó, que después de chavista entró en la MUD, se ha lanzado a la arena electoral reclamando el apoyo de los desengañados del chavismo. La esencia de su mensaje es que Maduro traicionó a su propio movimiento y destruyó al chavismo. Algún analista local le concede el beneficio de la duda sobre sus expectativas, pero tengo para mi que solo con un ilusorio milagro de la Señora de Coromoto, que no se espera, podría Falco ganar a Maduro y mandarlo a casa, supongo que a recoger las armas para salvar a la patria, porque cuando la mayoría “se equivoca”, decide él. Todavía.

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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