Cuadernos hispanoamericanos, lector múltiple

Nacida en febrero de 1948, Cuadernos Hispanoamericanos cumple 70 años. Ha visto surgir a los poetas y novelistas españoles de la generación del cincuenta, muchos de ellos colaboradores de la revista, y la aparición de la renovación de la novela española, desde Hispanoamérica, bajo el marbete del boom.
Juan Malpartida, director de Cuadernos HispanoamericanosJuan Malpartida, director de Cuadernos Hispanoamericanos

Juan Malpartida, escritor y director de Cuadernos Hispanoamericanos

 

Son pocos los escritores importantes de la lengua española que no han colaborado en ella, y sus miles y miles de páginas han dado cuenta de la variedad y riqueza de nuestras culturas. Una revista así es el producto de muchas personas, tanto de los directores y redactores, como del personal administrativo y directivo, desde el Instituto de Cultura Hispánica a la actual AECID.

Pero sobre todo es el producto de los muchos escritores que en setenta años han editado sus poemas, cuentos, ensayos y críticas en sus páginas. Ha sido dirigida por Pedro Laín Entralgo, Luis Rosales, José Antonio Maravall, Félix Grande, Blas Matamoro, Benjamín Prado, y, desde hace seis años, quien esto escribe. Hoy Cuadernos, además de la edición en papel cuenta con una página web y en total tenemos unos veinte mil lectores cada mes.

Es cierto que es difícil que una revista pueda mantenerse durante siete décadas, y más aún cuando cada número tiene casi ciento setenta páginas. Sin las instituciones estatales de las que ha formado parte, esto no hubiera sido posible; pero tengo que añadir que esta permanencia no se habría logrado sin que Cuadernos se haya cumplido para sí misma.

Si hubiera sido una publicación al servicio de las actividades del Instituto de Cultura Hispánica, hace ya muchísimos años que habría desaparecido, y lo mismo si en la actualidad cumpliera una misión semejante, no porque fuera ilegítima, sino porque una revista de pensamiento y literatura, como una novela o un poema, han de existir, en principio, para sí mismos, sólo así pueden ser para el lector.

Sin duda esta independencia es algo que hay que agradecer de manera manifiesta a las distintas instituciones de las que ha formado parte. Con las características que se quieran definir los periodos de dirección de Cuadernos, creo que la revista ha tratado de ser fiel al examen del imaginario literario y el pensamiento en lengua española dentro del contexto de la cultura universal.
Si hay algo que disipa las fronteras, además de la música y la pintura, es la literatura, a pesar de su dificultad inicial, el código. Leídas en sus lenguas o traducidas, las obras literarias apelan siempre a un individuo. Es un mundo reversible: habitamos la lectura al tiempo que nos habita.

Por mi parte les confieso que no trato de hacer mi revista, sino continuar, en la innovación, el legado de una publicación que tiene, como los verdaderos personajes de una novela, vida propia. Quien lea números de épocas distintas de Cuadernos creo que no se encontrará con un cadáver exquisito, juego caro al surrealismo, sino con un cuerpo coherente que ha ido respondiendo durante años no solo a la actualidad de nuestra literatura sino también a su pasado, desde el Poema de Mío Cid, La Araucana y Sor Juana Inés de la Cruz a Rubén Darío y Antonio Machado.

Ha oscilado de la restauración al descubrimiento y apuesta por lo memorable, del análisis filológico a la defensa apasionada de obras y autores. Como corresponde a una revista que tuvo por uno de sus directores a un gran historiador, José Antonio Maravall, Cuadernos ha atendido la dimensión social de la literatura. Al fin y al cabo, toda palabra tiene un contexto no lingüístico, porque, pasada la moda, son pocos los que hoy creen en una literatura autotélica. Por eso Cuadernos ha sido siempre un puente y ese tránsito es su historia.

Un gran lector, en su sentido más profundo, George Steiner, afirmó que la crítica es sobre todo un acto de agradecimiento. El agradecimiento viene, si lo interpreto bien, del placer que suscita toda verdadera lectura. Le debemos a los poemas, obras dramáticas, cuentos y novelas, más allá de acuerdos y diferencias, un sí irreductible que supone la afirmación apasionada del otro y de lo otro.

Incluso para disentir, la crítica debería dar las gracias. Cervantes, que fue el autor de la gran novela sobre el acto de leer que es el Quijote, dejó explícito en uno de sus prólogos su enorme amor por la lectura. Sin esa pasión, poemas y novelas no habrían encarnado en nadie y revistas como Cuadernos Hispanoamericanos no habrían existido.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.