Cosa de Mujeres

Ahora que el Parlamento danés acaba de hacer efectiva la medida que aprobó el pasado mayo de prohibir la circulación de ciudadanas con el rostro cubierto en los espacios públicos de Dinamarca, algunas musulmanas insisten en que ocultarse tras un niqab o un burka tiene que ver con el derecho de cualquier mujer a vestir como quiera.
La escritora y periodista, Marta Robles. Firmas EFELa escritora y periodista, Marta Robles. Firmas EFE

 

Marta Robles, periodista y escritora

 

Los legisladores daneses han argumentado con contundencia que los velos son contrarios a los valores de su ciudadanía y han sumado su decisión de prohibirlos a la de Francia, Bélgica, Holanda, Bulgaria y el Estado alemán de Baviera. Una determinación que me provoca sentimientos encontrados. Por una parte entiendo que cada mujer debería poder ponerse o quitarse lo que le parezca oportuno sin intervención de la ley; pero por otra creo que si esta máxima incontestable no se matiza, ofrece un resquicio para la desigualdad que aprovechan quienes están a favor de ella por razones de religión, política, moralidad, o cualquiera otra que guarde poca o ninguna relación con la libertad de las mujeres.

Está claro que a lo largo de la historia, los mandatarios de casi todos los países del mundo han impuesto lo que podíamos ponernos o no en público, atendiendo a diversos criterios siempre establecidos desde la desigualdad. En la antigua Grecia se prohibía a las mujeres llevar vestidos dorados, en Roma se obligaba a las prostitutas y a las divorciadas por causa de adulterio a vestir de rojo, en la Inglaterra de 1770 se condenaba el uso de tacones con penas idénticas a las de la brujería y, desde ahí hasta nuestros días el pantalón, la minifalda, el traje de baño o el bikini han ido ocasionando serios disgustos a las valientes pioneras que se atrevieron a vestirlos antes que nadie.

La prohibición de ponerse o quitarse determinadas prendas sigue vigente en nuestros días en numerosos países y el hecho de que siempre seamos las mujeres a las que se nos imponga tal o cual regla de indumentaria, obliga a una reflexión particular tras la prohibición danesa de llevar velo, más allá de que muchos piensen que entorpece las normas básicas de seguridad.

Tal reflexión es imprescindible sobre todo porque son demasiadas las musulmanas en distintos lugares del planeta que, lejos de poder elegir, son obligadas desde niñas a taparse la cara y que, en el caso de no hacerlo, deben afrontar penas mucho más severas que las multas danesas de 1.000 coronas (134 euros) en una primera infracción y hasta 10.000 en las cuatro siguientes.

Es cierto que otras pueden escoger y que aunque cueste creerlo hasta se decantan por voluntad propia por un burka, que es una auténtica cárcel de tela que distorsiona la capacidad de vivir una vida normal y afecta a la salud de quien lo lleva (provoca hipovitaminosis de vitamina D, que a su vez puede derivar en osteoporosis y otras muchas enfermedades, incluidos diversos cánceres); pero aún así tengo profundas dudas sobre si esa opción no contraviene la obligatoriedad que establecen las leyes de tantos parlamentos europeos de igualdad entre las mujeres y los hombres.

Máxime, cuando el Tribunal de Estrasburgo avala la restricción porque considera que permite la convivencia en sociedad y protege los derechos y libertades y cuando, hasta ahora, al igual que el coñac Soberano fue, en otros tiempos, solo “cosa de hombres” los velos, siguen siendo, exclusivamente, “cosa de mujeres,…”.

 

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

 

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