Continuidad y cambio en Cuba

La Asamblea Nacional del Poder Popular cubana ha discutido la propuesta de una nueva Constitución, que deberá ser aprobada en referéndum. A medida que se conocieron detalles de su contenido saltaron ciertas sorpresas, entre ellas algunas tan trascendentales como la eliminación del comunismo, el reconocimiento de la propiedad privada y del matrimonio homosexual o la división de la cúpula del poder entre un presidente de la República y un primer ministro.
Carlos Malamud, catedrático de Historia de América de la UNED.Carlos Malamud, catedrático de Historia de América de la UNED.

Carlos Malamud, catedrático de Historia de América de la UNED

 

La aprobación del nuevo marco constitucional culmina un prolongado proceso dirigido personalmente por Raúl Castro. Se quería actualizar el texto de matriz estalinista de 1976, reformado en 1992 y 2002. Su principal objetivo no es solo “aggiornar” las viejas normas, sino también dotar de un marco legal a la modernización económica impulsada por el menor de los Castro a partir de 2008.

Para valorar mejor lo que ocurre en Cuba es necesario incorporar a la ecuación la elección el pasado abril de Miguel Díaz-Canel como presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros. El debate suscitado entonces acerca de si se abría o no una nueva etapa, del ritmo de las reformas con el nuevo Gobierno y, muy especialmente, de la magnitud del cambio adquiere hoy una nueva dimensión.

Aparentemente son transformaciones de gran calado, pero una lectura más atenta de lo que sucede resalta los elementos de continuidad sobre los de cambio, ya que de momento es imposible hablar de ruptura. Una lectura a medio y largo plazo podría ser más optimista al insistir en que se están sentando las bases de transformaciones posteriores, especialmente para después de 2021, cuando Castro abandone el cargo de Primer Secretario del Partido Comunista Cubano (PCC).

El nuevo presidente tiene 58 años frente a los 87 de su predecesor. Esto permite hablar de cambio generacional en la cima de un régimen donde todavía sobreviven en el poder algunos veteranos de la Revolución, como el vicepresidente Ramiro Valdés, de 86 años, o el número dos del PCC, José Ramón Machado Ventura, de 87. A esto habría que agregar que por primera vez el país está al mando de alguien ajeno a la familia Castro, que ni participó en la Revolución Cubana ni integra las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR).

Por eso, la legitimidad de Díaz-Canel difiere de la que tuvieron Fidel y Raúl Castro. Será en el ejercicio de su cargo donde demostrará su capacidad de liderazgo y su habilidad para conquistar a la masa cubana que todavía, con mayor o menor entusiasmo, sigue respaldando al régimen. De ahí su interés en forjarse una imagen de modernidad y proximidad con la gente corriente.

Ahora bien, no hay que llamarse a engaño, ya que el nuevo estilo mantiene una continuidad total con la ortodoxia revolucionaria. Sin el carisma de los Castro, ni su control sobre todo el sistema, comenzando por el PCC y las FAR, Díaz-Canel necesita sintonizar con los principales sectores de las élites, mientras procura que se mantengan en un armonioso equilibrio.

De ahí que repita los pasos que tanto éxito le dieron en su larga marcha al poder, no mostrar la más mínima pulsión aperturista, buscando contentar a los partidarios más firmes de la Revolución. En su discurso de aceptación de la presidencia reconoció que Raúl Castro seguiría tomando las grandes decisiones, a las cuales se sometería sin discusión. No en vano Castro sigue siendo el primer secretario del PCC y retiene en sus manos decisivos resortes de poder.

La aceptación del status quo también se comprobó al nombrar a su primer gabinete. La medida se había pospuesto a julio y entonces se especuló con la identidad de sus nombramientos, reconociendo que era la ocasión de formar un equipo a su medida. Sin embargo, de los 34 miembros del Consejo de Ministros ratificó a 20 del gabinete anterior, comenzando por el titular de Exteriores, Bruno Rodríguez; el jefe de las FAR, Leopoldo Cintra; y el ministro de Interior, vicealmirante Julio César Gandarilla. Su principal designación fue la de Alejandro Gil como ministro de Economía y Planificación.

En algunos aspectos, como la relación con la prensa y la oposición, el respeto a los derechos humanos y la gestión de las artes y el deporte se puede medir la escasa voluntad reformista del Gobierno. El 10 de julio se publicaron las líneas maestras que regularán el trabajo por cuenta propia y los creadores y artistas son los peor parados. Bajo el paraguas de la “política cultural” se establecen diversas trabas y prohibiciones que buscan un mayor control sobre su labor creativa.

Los artistas necesitarán de una autorización estatal para desarrollar su actividad. Aquellos artistas que quieran comercializar sus obras tendrán que inscribirse en el Registro del Creador de las Artes Plásticas y Aplicadas. Simultáneamente se prohíbe la venta de libros con “contenidos lesivos a los valores éticos y culturales”. Limitaciones similares se imponen a la música, que también deberá subordinarse a la burocracia gubernamental.

El acoso también aumenta sobre los medios de comunicación “libres”, tolerados en un principio y a los que se vuelve a satanizar. Deben abstenerse de utilizar un “lenguaje sexista, vulgar y obsceno”, que prime la pornografía y la violencia, o cualquier otro contenido “que infrinja las disposiciones legales que regulan el normal desarrollo de nuestra sociedad en materia cultural”.

Tradicionalmente el deporte había sido un gran escaparate para exhibir los logros revolucionarios. Se gastaban ingentes recursos en la educación y la preparación de atletas de alto nivel. Las dificultades del “período especial”, tras el derrumbe de la URSS, comenzaron a repercutir negativamente sobre los centros de entrenamiento.

Esto, junto con los problemas económicos y las recientes facilidades favorecieron la salida al exterior de deportistas y atletas. Utilizando un discurso con reminiscencias del pasado, Díaz-Canel fue tajante al atribuir el éxodo de atletas a la “provocación subversiva (del) imperialismo” buscando el “desprestigio” y la “falta de compromiso” de los deportistas cubanos.

Por ahora, ni la reforma constitucional ni el relevo en la cúpula del poder extenderán las libertades públicas ni facilitarán una transición a la democracia. La nueva constitución insiste en el papel dirigente del PCC, en el carácter socialista del sistema político y social y en el peso económico del sector estatal.

Las reformas, en caso de llegar, seguirán centradas en la economía. Y más allá del esfuerzo del presidente Díaz-Canel por ofrecer una imagen juvenil y renovada, de momento todos aquellos que aspiran a vivir en una Cuba diferente deberán seguir esperando.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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