Colombia: un país enfrentado

Después de las elecciones del domingo, las primeras que se llevaban a cabo sin las interferencias de la guerra, los colombianos nos quedamos con muchas incertidumbres, pero sobre todo con una certeza: el nuestro es un país dividido.
Juan Gabriel Vásquez, escritor colombiano.Juan Gabriel Vásquez, escritor colombiano.

Juan Gabriel Vásquez, escritor colombiano

 

Eran unas elecciones legislativas, pero se celebraron con la mirada puesta por completo en las presidenciales de mayo. Para muchos analistas, estas elecciones fueron en realidad unas primarias; para mí, en cambio, fueron un segundo plebiscito.

Desde el 2 de octubre de 2016, cuando los colombianos rechazaron los acuerdos de paz de La Habana por un margen tan exiguo que no hubiera bastado para llenar un estadio pequeño, el país se ha visto fracturado irrevocablemente, abocado a un enfrentamiento constante que ya ha dejado muertos, e incendiado por las palabras irresponsables de las facciones más recalcitrantes. Es verdad que fueron las elecciones más pacíficas de los últimos cincuenta años, y eso es una razón para el optimismo. Pero el cuadro de fondo es más complejo.

Los dos grandes ganadores del día, cada uno victorioso en su propia consulta, representan los extremos del espectro. Por un lado está Iván Duque, la cara nueva de una vieja derecha que ya conocemos de autos: una derecha sectaria que azuza a sus violentos cada vez que puede, y cuyas armas han sido la injuria, la descalificación, la distorsión deliberada y la calumnia impune.

Por el otro lado está Gustavo Petro, un populista cuyo paso por la alcaldía de Bogotá fue un desastre de incompetencia e ineficacia, y cuyas promesas han puesto nerviosos a los economistas más sensatos.

Las dos campañas tienen en común la circunstancia triste de haber sido blanco de los violentos: Petro fue atacado en la ciudad de Cúcuta con proyectiles que no eran sólo piedras, y los daños que sufrió su vehículo permiten imaginar las peores consecuencias si no hubiera habido un blindaje de por medio; en la ciudad de Popayán, el senador Álvaro Uribe Vélez, padrino de Duque, fue acosado por un grupo tan hostil que la policía tuvo que usar gases lacrimógenos para dispersarlos, y los violentos respondieron más tarde atacando la sede de un candidato de su partido con bolsas de mierda.

Éste es el clima que se respira en Colombia: por debajo de unas elecciones de sociedad madura que la guerra había impedido, una crispación divide al país en dos grandes bandos sordos e irreconciliables. Semejante polarización no se había visto desde mediados de los años 40, cuando el enfrentamiento partidista dividió al país y todo el que tenía un altavoz -un periódico, una emisora de radio, un púlpito de iglesia- lo usó para enfrentar a los colombianos entre sí.

Diez años después, el país contaba unos trescientos mil muertos y se preguntaba si alguna vez serían capaces de terminar con los ciclos consabidos de la venganza, con las inercias macabras de la guerra. En la polarización de hoy, la que ha quedado desde el plebiscito de 2016 y se ha confirmado el domingo y nos acompañará hasta mayo, hay ya una estadística espeluznante: los cientos -son cientos ya- de líderes sociales asesinados.

En medio de este panorama -literalmente en medio: en el centro político, o tratando de apropiarse de él- están dos hombres decentes, demócratas genuinos y humanistas liberales (o liberales humanistas) en el mejor sentido de ambas palabras.

Son Humberto de la Calle, un hombre que no tenía nada que ganar abandonando la comodidad de su práctica privada para meterse en el avispero del proceso de paz, y sin embargo lideró las negociaciones con un temple de estadista que no se ve con frecuencia por estos pagos; y Sergio Fajardo, cuyo paso por la alcaldía de Medellín y la gobernación de Antioquia transformó su región de maneras que hoy se estudian en todo el mundo para ver cómo fue posible el milagro.

A Fajardo se le puede contar también entre los ganadores de las elecciones del domingo: el movimiento que lo respalda, Alianza Verde, pasó de cinco a diez congresistas. El partido Liberal de De la Calle, en cambio, perdió sillas; y sin embargo, más de cuatro millones de votos sólo pueden verse como una victoria.

Fajardo y De la Calle tienen un destino todavía incierto. Dirán algunos que han perdido visibilidad, pero yo no lo creo: creo que se han negado a entrar en el ruido insoportable de nuestra plaza pública; creo que han mantenido la cordura en un ambiente desquiciado.

Por ejemplo, no han usado las redes sociales para propagar infundios o traficar con teorías de la conspiración, como lo ha hecho Duque; por ejemplo, han sido claros a la hora de denunciar y condenar la deriva autoritaria del chavismo, cosa que no ha hecho Petro. Se han negado a explotar el miedo, a mentir y engañar (con lo fácil que eso se ha vuelto) y a espolear a sus bases para que conviertan al contradictor en enemigo.

No: han optado por una forma de la moderación y la tolerancia que no vende entre nosotros. Colombia sigue siendo un país de rabiosos, un país siempre al borde del estallido, un país en histeria permanente donde se respeta a los matones más que a los mesurados y se presta más atención a la diatriba que a la prudencia.

De aquí a mayo, no hay mayor razón para pensar que estos rasgos de carácter vayan a atenuarse; habrá que ver si somos capaces de arrinconarlos, cosa de que no sean los extremistas los que controlen el relato. Yo, por lo pronto, creo que es posible.

La guerra, decía sin cinismo Clausewitz, es la continuación de la política por otros medios. En Colombia, muchos parecen convencidos de que la política es la continuación de la guerra, y de que los medios no han cambiado. Y ahí está el problema.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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