Ciudades en peligro

Las ciudades son entes vivos en continua transformación. A lo largo de la historia han sobrevivido a guerras, plagas, revoluciones y épocas de depresión económica. En este principio del siglo XXI son dos fenómenos paralelos, el turismo masivo y la gentrificación, los que están cambiando el rostro de las urbes europeas a una velocidad vertiginosa. El problema es que también están cambiando su alma.
J. P. Velázquez-Gaztelu, periodista y escritor.J. P. Velázquez-Gaztelu, periodista y escritor.

J. P. Velázquez-Gaztelu, periodista y escritor

 

Quien viva en una ciudad se habrá cruzado más de una vez con familias, grupos de amigos o parejas arrastrando maletas de ruedas y buscando en sus teléfonos móviles la ubicación de un apartamento reservado a través de una plataforma de Internet. La revolución digital, sumada a la caída de los precios de los alojamientos y de los billetes de avión, ha hecho accesible viajar a sectores de la población que hasta hace unas décadas apenas salían de sus lugares de origen. Al mismo tiempo, determinadas zonas de las ciudades -con frecuencia las más antiguas y con mayor sabor propio-, están siendo ocupadas por personas de alto poder adquisitivo que expulsan a sus habitantes tradicionales, incapaces de hacer frente a la subida de los precios de los alquileres.

La masificación turística y la gentrificación traen consigo no sólo el deterioro de la convivencia y la pérdida de identidad de los barrios, sino también problemas de salud para sus habitantes. En su libro ‘Vanishing New York’, el escritor Jeremiah Moss explica que muchos residentes tradicionales de las ciudades sufren una especie de síndrome de estrés postraumático, con ansiedad y depresión, al ver desaparecer en un abrir y cerrar de ojos el mundo que siempre habían conocido.

Las cifras de Madrid, ciudad en la que vivo, son elocuentes. Aunque no es la primera -Venecia, Ámsterdam o Barcelona lo hicieron antes-, la capital española está viviendo ambos fenómenos con enorme intensidad. Según cifras del Ayuntamiento, en el barrio de Sol, el más céntrico de la ciudad, una de cada seis viviendas es turística, y en todo el distrito Centro hay de media un turista por cada dos residentes durante todo el año.

La gentrificación y el turismo masivo también ocasionan cambios irreversibles en el tejido comercial de las ciudades. Establecimientos destinados tradicionalmente a los clientes locales son reemplazados por tiendas de grandes marcas y negocios específicamente concebidos para turistas o consumidores adinerados. Las franquicias ocupan espacios que hasta hace poco albergaban pequeños comercios familiares, cuyos propietarios se han visto forzados a cerrar o a mudarse a calles aledañas.

La uniformización de las ciudades es otra de las consecuencias de ambos fenómenos. Paseando por las principales calles comerciales de Madrid o Barcelona uno se topa con las mismas tiendas y restaurantes que en Londres, Hong Kong o Nueva York. Arterias como la Gran Vía madrileña o el Paseo de Gràcia de Barcelona han cambiado por completo su fisonomía en apenas unos años al desaparecer los comercios que las distinguían.

En muchas zonas de Madrid es hoy más fácil comer una hamburguesa, un trozo de pizza o un kebab que unos callos, unos boquerones en vinagre o una morcilla de Burgos. Los bares tradicionales -antaño una de las señas de identidad de la ciudad- están desapareciendo para dar paso a cafeterías asépticas que venden productos precongelados. Los centros de las ciudades son cada vez más lugares destinados al ocio donde los ciudadanos se concentran los fines semana para asistir a algún espectáculo, cenar en un restaurante o bailar en un club antes de regresar a las afueras, a sus ciudades o a sus países de origen.

Quizás la consecuencia más dolorosa del turismo masivo y la gentrificación sea la subida de los precios de la vivienda. En el caso de Madrid, los alquileres superan ya los de la burbuja inmobiliaria de principios de siglo, principal causante de la devastadora crisis económica que estalló en 2008 y de la que el país apenas se ha recuperado. Buena parte de la población, especialmente los más jóvenes, se marchan al extrarradio o a pueblos de los alrededores en busca de pisos asequibles.

El turismo masivo tiene, por supuesto, su cara positiva. En España, sin ir más lejos, ha sido uno de los factores que ha permitido dejar atrás la crisis. Mucha gente que antes no podía permitírselo tiene ahora la oportunidad de conocer nuevos países y culturas. Pero sus efectos más perniciosos ponen en peligro señas de identidad que han tardado años en construirse, convirtiendo las ciudades en museos o parques temáticos. Son los vecinos quienes dan carácter y personalidad a sus barrios y ciudades. Si estas son todas iguales y sus habitantes tienen todos los mismos hábitos y gustos, ¿para qué molestarse en visitarlas?

La situación ha hecho sonar las alarmas en las urbes con mayor afluencia de turistas. Barcelona, Madrid, Palma de Mallorca o San Sebastián han comenzado a tomar medidas para frenar la especulación y el deterioro de la vida en sus cascos históricos, pero estas son aún insuficientes. Para muchos puede que lleguen demasiado tarde.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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