Ciudadanos afronta las primeras desavenencias camino de su asamblea

Ciudadanos, protagonista de uno de los fenómenos más destacados de la política española reciente, se encamina a su asamblea de febrero con el incontestable liderazgo de Albert Rivera pero con las primeras discrepancias sobre el futuro rumbo de la organización.
 El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera, y la eurodiputada Carolina Punset, en un acto en mayo de 2015. EFE/Archivo/Manuel Bruque
El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera, y la eurodiputada Carolina Punset, en un acto en mayo de 2015. EFE/Archivo/Manuel Bruque

La definición de un espacio político propio, entre PSOE y PP, y el debate entre si son compatibles ciertos guiños locales o regionales con el espíritu radicalmente antinacionalista que alumbró el nacimiento de la formación, son algunas de las cuestiones que se plantean después de sufrir un cierto estancamiento electoral en los últimos meses tras dos años de rápido crecimiento.

Albert Rivera ha estado en el centro del escenario político desde los comicios de diciembre de 2015, negociando acuerdos de gobierno con PSOE y PP. El primero, para la investidura de Pedro Sánchez, no prosperó, pero el segundo ha permitido la reelección de Mariano Rajoy gracias a la abstención socialista.

Además, su partido contribuye a la gobernabilidad en numerosas comunidades autónomas: en Andalucía facilitó la presidencia de la socialista Susana Díaz y en Madrid, Castilla León, La Rioja y Murcia permitió la investidura de candidatos populares.

Sin embargo, ese protagonismo y la buena aceptación de su líder -el mejor valorado de los cuatro principales partidos según el CIS- no se ha traducido en las urnas: en las elecciones de junio Ciudadanos se dejó ocho escaños de los cuarenta logrados en diciembre de 2015 y en las autonómicas gallegas y vascas de septiembre pasado se quedó sin representación.

Muchos de esos votos perdidos parecen haber vuelto al PP, de donde procedían, un aviso de la necesidad de consolidar una propuesta bien diferenciada para seguir creciendo. Ciudadanos presume de acordar con unos y otros anteponiendo los intereses generales a los partidistas, pero esa flexibilidad entraña el riesgo de decepcionar a parte de sus electores.

Otro factor a tener en cuenta son los problemas organizativos derivados de una implantación nacional “exprés”. Los malos resultados en Galicia y País Vasco revelan que el partido no dispone aún de una estructura sólida en todos los territorios y confirman dificultades para captar apoyos fuera de las grandes ciudades.

En las últimas semanas y con la mirada puesta en el Consejo General de febrero, sectores minoritarios del partido pero con personalidades relevantes en sus filas, como la eurodiputada Carolina Punset o Albert Boadella -uno de sus fundadores- han señalado lo que consideran una deriva de la organización a diluir su discurso contra el nacionalismo y a buscar complicidades locales con el objetivo de atraer más votantes, algo que la dirección niega.

Como ejemplo de sus tesis los críticos apuntan a los movimientos de Inés Arrimadas, líder en Cataluña, que ha expresado su deseo de atraer al voto catalanista moderado.

Punset no descarta presentarse como alternativa a Rivera y ha retado al líder a ampliar las primarias no sólo a la elección del presidente de C’s -se celebrarán el 27 de enero-, sino del resto de órganos de la organización. Algunos consideran contradictorio que la elección de su dirección sea con listas cerradas mientras el partido defiende una reforma electoral que incluye listas abiertas.

La pasada semana se presentó el grupo opositor TranC’sparencia, que aspira a lograr puestos clave en la Comisión de Garantías y el Consejo General para modular el peso de la actual dirección, cuya victoria todos dan por segura.

El cónclave de febrero será la primera asamblea que Ciudadanos celebra desde que abandonó los límites de Cataluña -donde nació en 2006- y se convirtió en una fuerza de implantación nacional en 2014. En un par de años el partido se ha convertido en la segunda fuerza en Cataluña y en la cuarta a nivel nacional.

Su objetivo será consolidarse en ese espacio, en medio de los dos partidos que han dominado la política española en las últimas décadas, PP y PSOE, y evitar la suerte que corrió su referencia más preciada, el ex presidente del Gobierno Adolfo Suárez (1976 y 1981), quien no pudo evitar que el CDS, que fundó en 1982, no pasara de partido bisagra y cayera en la irrelevancia tras conseguir 19 escaños en 1986.

Publicado en: Análisis