Chile en el corazón

Recientemente participé en un homenaje que la UCM dedicó a Pablo Neruda, de cuya muerte todavía no se sabe quién o qué fue responsable, si la próstata o algún mercenario con o sin uniforme y la dosis de veneno pertinente. Sería de mal gusto decir, incluso pensar, que fue un colega celoso por lo del Nobel, pero como nada es descartable en el mundo quisquilloso de los poetas, no hay más remedio que recordar cómo el chiste afluyó por los corrillos santiagueños cuando Pablo de Roca se pegó un tiro pocos días después de ganar el Premio Nacional de Poesía y alguien largó la inventiva de que solo adelantó el suicidio porque hubiera hecho lo mismo inmediatamente después de que Pablo Neruda obtuviera el Nobel.
El poeta chileno Pablo Neruda de viaje por Hungría. El escritor chileno en Budapest con el puente de la libertad sobre el Danubio al fondo. EFE/IArchEl poeta chileno Pablo Neruda de viaje por Hungría. El escritor chileno en Budapest con el puente de la libertad sobre el Danubio al fondo. EFE/IArchivo/nterfoto MTI

Antonio Hernández Ramírez, poeta español y Premio Nacional de Poesía 2014

 

Los tres grandes poetas chilenos, en efecto, tenían muchas cosas en común: el trío en bloque y cada uno por su vereda eran del Partido Comunista. Así mismo usaban pseudónimo cuando los nombres de pila no eran tan feos como para esconderlos; todos ellos amigos de los pájaros, los de carne y plumas y los de revoluciones líricas. Y para acabar con el cuadro como dicen los flamencos si se produce el no va más, se tenían retirada la palabra entre sí.

Sin entrar nada más que en un detalle signifiquemos que uno de ellos, concretamente Vicente Huidobro, alucinada su sensibilidad por el canto de los ruiseñores españoles, y afligido porque en su país no los había, decidió comprar miles de ejemplares de ellos para que llenaran de música el aire de los Andes. No hubo piedad por parte de algún colega celoso por la grandeza de su poema “Alturas de Machu Pichu”. De lo que se trataba era de anular el timbre, el tono y el ritmo del poema celestial con el sin palabras de exportación en número de cinco mil.

Estas cosas vienen a poner de manifiesto que los grandes poetas son como niños con un diablo dentro, lo que no resulta tan raro si tenemos en cuenta que hay quien ha asegurado -un poeta, claro- que el ángel suele ser un diablo satisfecho. Pero, en fin, que la guerra no se libraba solo allí, y dada su eficaz semilla contoneó por España en donde Juan Ramón era dueño y señor desde las páginas de El Sol, trinchera de una poesía donde la belleza era el fin del poema, la condición “sine qua non” para que pudiera llamarse con garantía eso, poema. (Juan Ramón no había adjurado todavía de Tagore. Neruda, sí).

Como no estaba muy de acuerdo, me amurallé en los grandes españoles contemporáneos -Alberti, Lorca, Larrea…- y, al abrigo de Rosales aseveré que la belleza como principio y fin era una antigualla y recordé la anécdota fullera de Lorca al decirle, enfático, a su paisano granadino lo laberíntico de Darío: “Que púberes canéforas te ofrenden el acanto”. ¿La gallina? Pero Lorca lo tenía preparado; tenía preparado el chiste, y en él, lo que pensaba en realidad: “He entendido solamente que“. La emoción había ganado a la belleza.

Neruda ya disparaba desde su revista Caballo verde para la poesía y, a veces, desde el teléfono cantándole a coro con los más alborotadores del 27 “coplas soeces” al Dios Juan Ramón, quien se la devolvió con creces en su retrato para Españoles de tres mundos. “Neruda es un gran mal poeta”, lo que si se une a la opinión sobre Cernuda -“un poeta directamente traducido del inglés”- y a otras de las suyas vitriólicas no tenemos más remedio que hablar de un honroso empate, el que se produjo por la aceptación en ambas partes de que el poema/libro se impondría en la prórroga: El canto general, Sobre los ángeles, Poeta en Nueva York por un lado y Espacio, Razón de amor o La voz a ti debida, por otro, firmaron el tratado de la poesía con argumento lo que igualmente es un decir puesto que en magisterio vigente Juan Ramón no estaba dispuesto a ceder: “¿A ti debida?”, “A mí debida, más bien”, dijo reclamando lo suyo a Don Pedro Salinas.

Hablé de todo esto porque la afición a la poesía viene de ella y su embrujo, pero también de las extravagancias y salidas de tono de los poetas. O para ser más reverente, de esa ternura que es la vertiente oculta de la ironía. O viceversa. Y de la imaginación. Vicente Huidobro, enemigo íntimo de Neruda, creyó ser descendiente de Rodrigo Díaz de Vivar y terminó siendo amante de Ximena Amunategui. Con tanto éxito como la película de su novela Mío Cid Campeador, conste. Antes, a los catorce años de Ximena, la había raptado en busca de lo insólito verosímil. Ganó un Oscar como guionista, lo que lo equiparó a Gabriela Mistral y Pablo Neruda en la admiración de los chilenos. Ya se sabe que allí el valor y la delicadeza son dones naturales e iguales, como el pudor. Y tanto que incluso se cambian de nombre en el triunfo.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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