Campo de Gibraltar: la realidad impuesta

Era el verano de 1989. Un grupo de mujeres, niños y pensionistas con pancartas y silbatos inundaron la Plaza de las Flores en la barriada de Taraguilla, en el municipio de San Roque (Cádiz). Éste fue el principio de la lucha contra el narcotráfico en toda la comarca.
El ex defendor del Pueblo andaluz José Chamizo, sacerdote e historiador.El ex defendor del Pueblo andaluz José Chamizo, sacerdote e historiador.

José Chamizo, sacerdote, historiador y ex Defensor del Pueblo Andaluz (1996-2013)

 

A la lucha se unieron las recién creadas Coordinadoras contra las drogas de todos los pueblos de la zona. Terminaba de esta forma un largo período en el que los traficantes de drogas imponían sus leyes en distintos barrios y localidades del Campo de Gibraltar.

Desde ese momento, los partidos políticos dejaron sus diferencias para reconocer el drama en el que estábamos inmersos. La verdad es que les costó, pero algunos tenían familiares enganchados y eso facilitó la tarea. Partidos, movimiento asociativo, instituciones, y la sociedad, hicimos un bloque frente a una problemática difícil de abordar.

En un año prácticamente, conseguimos que ser traficante de drogas no fuera un título a esgrimir sino más bien a ocultar. Las muertes de jóvenes consumidores de heroína contribuyeron al rechazo social de esos “negocios”. Bien es verdad que los propios narcotraficantes vieron morir a algunos de sus hijos… pero continuaron con el negocio. El éxito colectivo duró hasta 1996-1997.

El rechazo social hacia la heroína contribuyó a la aparición de la cocaína como droga mayoritariamente consumida. Todo fue cambiando: el perfil del consumidor, ahora más de clase media y sin apariencia de delincuente; los traficantes pasaron a llamarse “narcos” por influencia de sus homólogos en América Latina y era una nueva generación mucho más vinculada al sentido empresarial que al pequeño negocio; la clase política creyó y proclamó que el problema de la droga estaba resuelto; la sociedad también creyó que las drogas eran un tema residual.

Las Coordinadoras seguíamos denunciando, bien entrados los años dos mil, que teníamos varios problemas nuevos: consumidores con patologías duales, es decir toxicómanos y enfermos mentales; la vuelta de la heroína que todos pensaban que había desaparecido; el nuevo perfil del narco mucho más virulento que en la época anterior; la sociedad dormida y los consumos de drogas cada vez más extendidos; la falta de personal y medios para los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado; la ausencia de futuro para gente joven, etc…

En este año 2018, todas nuestras advertencias, lamentablemente, se han confirmado. Las reivindicaciones son las de siempre a las que hemos añadido la necesidad de un plan integral en el que además de dar cumplimiento a las denuncias antes citadas, seamos capaces de incluir los temas educativos, sanitarios y, como no, de empleo, junto a un apoyo mayor en medios y personas de las fuerzas policiales.

La unidad de acción es el único camino para ser capaces de reducir la fuerza del narco a la situación de los años noventa. Si no lo logramos, el poder de esta gente se extenderá por todo el país como un desafío al estado de derecho. Ojalá que sepamos reaccionar adecuadamente.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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