Azorín, 1967-2017: cincuenta años de su muerte

'Azorín', José Martínez Ruíz, miembro y autor clave de la Generación del 98, quien acuñó precisamente el término para el grupo de escritores, nació en Monóvar (Alicante) en 1873 y falleció en Madrid, el 2 de marzo de 1967, a punto de cumplir los 94 años, hace ahora cincuenta años.
El escritor y periodista José Martínez Ruiz, 'Azorín', leyendo un libro en su casa (Foto sin fecha, años 60). Efe/ArchivoEl escritor y periodista José Martínez Ruiz, "Azorín", leyendo un libro en su casa (Foto sin fecha, años 60). Efe/Archivo

 

Amalia González Manjavacas.-

 

    – Azorín (Monóvar 1873 – Madrid 1967), figura imprescindible de las letras españolas y clave de la Generación del 98, fue precisamente quien acuñó el marchamo ‘generación del 98′, para el grupo de escritores que inicialmente conformaron Azorín, Baroja y Maeztu.

    – Su obra y su persona son fundamentales para comprender la mentalidad de la Generación del 98, ya que él mismo, fue la personificación de aquella sensibilidad, y uno de los escritores que más luchó a comienzos del siglo XX por el resurgimiento de la literatura española.

    – No se puede entender la historia del periodismo español sin Azorín quien desde sus artículos en el ABC puso con su laboriosa y aparente simplicidad el listón muy alto.

 

Escritor, articulista y ensayista prolífico, además de crítico, traductor, viajero y pionero en la crítica del cine, Azorín fue el hijo mayor, de nueve hermanos, de un abogado y político conservador de Monóvar (Alicante). Estudió Derecho siguiendo la tradición familiar, carrera que abandonó casi al final para instalarse en Madrid y dedicarse al periodismo y la literatura, su verdadera vocación.

El joven escritor hizo gala de un nihilismo existencial, cercano al anarquismo radical, ideología que defendió en exaltados artículos –Notas sociales (1895) o Pecuchet, demagogo (1898)-, para después al final, en su vejez, definirse, monárquico y conservador. Así de sus anhelos de revolución pasará a una valoración de las “esencias” hispánicas.

A aquella época de juventud pertenecen sus tres “novelas” autobiográficas ‘La Voluntad’, ‘Antonio Azorín’ y ‘Las confesiones de un pequeño filósofo’. A partir de 1904 tomó el seudónimo de “Azorín”, el personaje de aquellas primeras novelas.

La evolución hacia posturas más conservadoras que fue experimentando se reflejaron en sus artículos, así de aquel anarquismo pasó a llevar una vida tranquila y sencilla, como ese escritor sereno y metódico, y a introducirse en la política conservadora.

Instalado en el ‘maurismo‘, colabora en el diario ABC, fue cinco veces diputado entre 1907 y 1919, y dos veces subsecretario de Instrucción Pública, en 1917 y 1919. Durante la I Guerra Mundial fue corresponsal de guerra en París.

Tras haber proclamado primero su afinidad hacia la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), al llegar II República se definió republicano, al estallar la Guerra Civil (1936-1939) se refugió en París y al terminar ésta en 1939 regresó a España. Aquello fue posible gracias a la ayuda de Ramón Serrano Suñer, entonces ministro del Interior, a quien el escritor le dedicó su narración ‘El Pasado’ (1955). Desde entonces constituyó un punto de referencia para los intelectuales conservadores.

Si bien es cierto que Azorín no poseía ese espíritu apasionado y valiente de Unamuno, él fue un espíritu fino, sutil y pausado, un alma contemplativa, con gran sensibilidad para hacernos caer en lo poético de las pequeñas cosas. Tenía “ojos de pintor y alma de intelectual”, y como buen levantino en él predomina lo visual, todas sus descripciones-narraciones son puramente plásticas.

 

 ESTILO: LA ELEGANCIA EN LA SENCILLEZ

Afirmaba Azorín que “el estilo de un artista está íntimamente ligado a su espíritu; son una misma cosa”. El suyo, en efecto, es consustancial con su manera de ver y de sentir: un estilo sereno que fluye lento, con emoción contenida, reflejo de la propia personalidad serena y metódica del autor.

Precisión y claridad son las cualidades principales de su estilo, un estilo limpio y transparente sin las vaguedades ni el exceso de retórica de los escritores anteriores. De ahí ese gusto por la palabra justa y la frase breve. Pero no cualquier palabra, sino la apropiada, la precisa, la exacta, utilizando una riqueza de vocabulario verdaderamente abrumadora. El resultado una impresión de pulcritud y fluidez.

Y es que para él, la elegancia está en la sencillez: “No seamos afectados. Los hechos narrados sencillamente llegan más a nuestra sensibilidad que los grandes superlativos. Colocad una cosa después de otra. Nada más y nada menos. Esto es todo”, nos revela Azorín.

Refieren sus biógrafos que comenzó a escribir castellano utilizando la sintaxis francesa por su faceta como traductor. Así descubrió la necesidad de utilizar frases cortas y una correcta puntuación, verdadero maestro para escritores y periodistas, a los que aconseja evitar frases largas mediante el uso de puntos, incluyendo -incluso-, en la frase siguiente la conjunción o el adverbio. Para él la sintaxis es simple, con predominio de oraciones yuxtapuestas que eviten la subordinación.

 

EL ETERNO RETORNO 

La obra y la persona de Azorín son fundamentales para comprender la mentalidad de los escritores del 98, ya que él mismo es la encarnación del ideario del 98. Todas las características de esta generación se ejemplifican en su persona y en su obra.

Fue el escritor que con más contundencia reaccionó contra la grandilocuencia y el exceso de retórica y artificio de la literatura que le precedió. Su desprecio por aquel estilo rebuscado, de frases eternas, le llevan a poner el foco de interés, en lo cotidiano, lo sencillo, lo autentico y lo propio, que tanto buscaban los autores del 98, en unos tiempos, tras el Desastre de 1898, poco apropiados para los triunfalismo decimonónicos.

El tema fundamental de su obra es el tiempo, la fugacidad de la vida, el fluir de todo hacia la muerte. Ante esa tristeza buscamos encontrar nuestra identidad, nuestra continuidad, reflejadas en las costumbres de los pueblos de España, en su alma, en la contemplación del paisaje de sus tierras, para concluir que todo vuelve, la idea del eterno retorno: “vivir es ver volver

Como fue propio en los autores del 98, Azorín dedicó sus mejores obras a evocar el paisaje y el alma de España. Pocos como él han sabido ver la profundidad y belleza de estas tierras, en especial de Castilla, ni describir con tanta emoción la vida en esos pueblos en los el tiempo parece haberse detenido. Sus descripciones casi miniaturistas, con un gusto por el detalle casi obsesivo, que Ortega definió como “primores de lo vulgar”, y que plasmaría en obras como “Los pueblos” (1905), “La ruta de Don quijote”(1905), “Castilla” (1912), “El paisaje de España visto por los españoles”(1917)

A través del paisaje de España y de sus gentes, encontramos el alma española, su esencia  y su historia, pero no la oficial (reyes y gestas) sino la “intrahistoria” de Unamuno, la de “las vidas calladas de millones de hombres sin historia” que con su trabajo diario construyen la realidad histórica y profunda. Volvemos pues a la exaltación de estos valores permanentes que están en lo cotidiano, en lo de siempre, en lo propio, donde encuentra Azorín lo que no cambia, lo que siempre vuelve, lo que permanece en el tiempo, lo verdaderamente nuestro. EFE/DOC

 

(*) El “Desastre de 1898” no sólo supuso las pérdidas de las últimas colonias españolas en ultramar, Cuba y Filipina, sino un profundo mazazo para España en pérdidas humanas y económicas. A raíz de ello se cobra conciencia de la debilidad del país y se buscan sus causas en los problemas internos que España arrastra desde antiguo.

Publicado en: Reportajes

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