Algunas reflexiones sobre la posverdad desde la perspectiva de la seguridad

Vivimos en un mundo cambiante, donde las viejas soluciones, certezas y relatos han dejado de ser eficaces y la idea de progreso asociada al futuro ha perdido su sentido.
 Un manifestante se cubre la cara con una máscara durante una protesta contra la controvertida Ley de Protección de Cibercrimen, en la ciudad de Que Un manifestante se cubre la cara con una máscara durante una protesta contra la controvertida Ley de Protección de Cibercrimen, en la ciudad de Quezón, al noroeste de Manila (Filipinas). EFE/Archivo/Francis R. Malasig

Federico Aznar Fernández-Montesinos, analista del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE)

 

Un caldo de cultivo de líneas imprecisas que, mezclado con un alto desarrollo tecnológico y una acumulación de información sin precedentes en la historia, ha hecho que la banalización de la falsedad, recogida en conceptos como posverdad o “fake news”, pueda afectar a la cohesión social e implicar importantes riesgos para la Seguridad Nacional.

La comunicación como parte integrante del proceso político ha sufrido una radical transformación a partir del desarrollo digital, especialmente en la aceleración del ciclo informativo, lo que genera que se acorte el tiempo de respuesta y que se anteponga la emocionalidad de la opinión pública a la resolución del problema.

Al mismo tiempo las redes sociales se han convertido en el principal suministrador de noticias y en el eje del “ecosistema de la información”. Una expresión de la horizontalidad democrática que ha extendido la “isegoría” de la Atenas clásica, es decir, la igualdad de palabra para todos los ciudadanos, a ámbitos inapropiados hasta igualar hechos, ideas y creencias.

Esto ha provocado que los medios tradicionales pierdan el monopolio de la distribución de noticias y que se diluyan los límites entre receptor y emisor. El argumento académico, las referencias y los criterios de autoridad han perdido fuerza ante una opinión pública con poca capacidad de discriminación y sin tiempo para documentarse.

Las preferencias de la opinión pública por la emoción antes que la veracidad y la búsqueda de argumentos que refuercen los propios argumentos más que su cuestionamiento, tienen su mejor aliado en los algoritmos, conjuntos de reglas para realizar operaciones, que seleccionan la información según los deseos, creencias o expectativas de los usuarios de las redes sociales. Ello ha supuesto un agrupamiento de las personas que piensan igual.

De este modo, la combinación de globalización y democracia digital ha generado una especie de tribalismo emocional entre grupos identitarios que en ocasiones genera derivas peligrosas, se realimenta la polarización hacia los extremos y se crean lo que Eli Pariser llama “filtros burbuja” (filter bubble) que contribuyen a la fragmentación de la sociedad y a su atomización, con reductos ideológicos y culturales conocidos como “cámaras de eco”.

A la postre se trata de construir una identidad colectiva en la que los miembros del grupo se identifiquen, se sientan seguros y tengan un sentimiento de permanencia y estabilidad. En este contexto los datos reciben el mismo tratamiento que las opiniones, descartándose subjetivamente aquellos que no comparten o disgustan sobre la base de la simple razón.

Si como decía Nietzche “no existen hechos, solo interpretaciones”, la importancia no estaría en la verdad en sí, sino en el consenso del grupo. Se perdería el concepto de verdad aristotélica, que sitúa a ésta entre la realidad y el pensamiento.

Como consecuencia, la verdad se convierte en un término polisémico, una referencia en un mundo que no las tiene, y obliga a quien la encuentra a abandonar la zona de confort para tomarla en consideración.

¿Cuales serían entonces las implicaciones para la Seguridad Nacional de este fenómeno que llamamos “posverdad”? Si tenemos en cuenta que la guerra no es necesariamente una actividad sangrienta pero sí política y que como hecho social se extiende allí donde llega la sociedad, nos encontramos con la superación de las tradicionales amenazas de la disputa bélica.

Tenemos entonces un nuevo escenario de confrontación, con amenazas híbridas de naturaleza inconcreta. Esto no quiere decir que la guerra tradicional, con su vorágine de sangre y destrucción, desaparezca. La “guerra híbrida” implica la utilización simultánea y concertada de componentes, desde el punto de vista militar, convencionales y no convencionales.

La posverdad encaja muy bien con estas lógicas de guerra. El derrotar al enemigo desde dentro es tan antiguo como la guerra, como atestigua que el propio Sun Tsu, el estratega militar chino del siglo VI antes de Cristo, le diera un papel central en su estrategia bélica. La posverdad plantea entonces un grave riesgo al tensionar tanto a la sociedad como al aparato que la soporta, pues daña la cohesión de la sociedad.

Pero la necesaria lucha contra los contenidos falsos puede arrastrar a las sociedades democráticas a la censura, suprimir el pensamiento crítico, menguando libertades y derechos. Por ello en lugar de soluciones restrictivas sería más acertado promover actitudes deontológicas y colaborativas. La respuesta debe venir tanto de los estados como de la sociedad civil.

Se necesita educación, un periodismo fuerte y referencias críticas que impidan que perdamos las esencias. Estos son pilares insustituibles de nuestras sociedades cuyo reforzamiento es imperativo. Los valores son referencias para la crisis, no para cambiarlos cuando estas llegan.

 

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NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.