Al año de las protestas en Turquía la polarización es aún más profunda

Nada ha cambiado, pero ya nada será lo mismo: este es el balance que hacen muchos ciudadanos turcos sobre la ola de protestas sociales que sacudió al país eurasiático y cuyo primer aniversario se cumple esta semana.
Foto de archivo del campamento de activistas en el parque Gezi, situado junto a la plaza de Taksim en Estambul, Turquía, el 10 de junio de 2013. EFE/Foto de archivo del campamento de activistas en el parque Gezi, situado junto a la plaza de Taksim en Estambul, Turquía, el 10 de junio de 2013. EFE/Sedat Suna

Dogan Tiliç 

La reflexión es obligatoria ante la manifestación de conmemoración convocada para hoy, que se intuye conflictiva, dada la prohibición de reunirse con fines políticos en la simbólica plaza de Taksim, aledaña al parque de Gezi, donde comenzó todo.

Aparentemente, las protestas han afianzado en el poder al primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, pero muchos creen que ese movimiento surgido contra los planes de destruir esa zona verde para erigir un centro comercial ha dejado una profunda huella. 

“Nada será igual que antes”, repite Gökhan Günaydin, diputado del Partido Republicano del Pueblo (CHP), el mayor de la oposición, en conversación con Efe: “Se han roto los muros del miedo”. 

“Los botes de gas lacrimógeno, los cañones de agua mezclada con químicos irritantes, las balas de plástico… ni siquiera las balas de verdad han podido frenar a los manifestantes, y ahora quien tiene miedo es el Gobierno“, resume Günaydin.

Todo empezó con las excavadoras que arrancaron unos árboles para construir un centro comercial en un parque, pero pronto fueron cientos de miles los que se levantaron contra Erdogan y contra su talante poco dialogante. El 28 de mayo de 2013, varias decenas de personas acamparon en el parque de Gezi para protestar contra su remodelación. 

En su desalojo se tomó la icónica fotografía de “la mujer de rojo”, una manifestante a la que un agente roció con gas pimienta y que se convirtió en símbolo de la brutalidad policial. Eso hizo afluir a más manifestantes y los choques con la policía en la madrugada del 31 de mayo acabaron con la retirada de las fuerzas de seguridad y la creación de un campamento autogestionado. 

Durante 15 noches, grupos de jóvenes y fuerzas antidisturbios se enfrentaron en las barricadas de las calles aledañas, hasta que la policía puso fin a la “comuna de Taksim”. Desde entonces, el Gobierno islamista de Erdogan ha impedido toda reunión política en la plaza y aborta todo intento de celebrarlas con agua a presión y gases lacrimógenos.

Un estudio académico muestra que entre los manifestantes, que Erdogan describió como “vándalos y saqueadores”, un 70 por ciento participaba por primera vez en una protesta, la mitad eran mujeres y la gran mayoría jóvenes con estudios. 

Más del 90 por ciento señalaba como motivo “la actitud autoritaria del primer ministro” y “el abuso de la fuerza por parte de la policía”, además de criticar las políticas cada vez más conservadoras y religiosas que amenazaban su libertad.

Aunque en las barricadas y entre quienes lanzaban adoquines contra la policía había una mayoría de varones, los iconos de la protesta fueron todas mujeres. Otra característica de la “Revolución de Taksim” fue el uso del humor como arma política, que se puso de manifiesto en las pintadas callejeras, caricaturas y chistes gráficos difundidos por las redes sociales.

Pero la iniciativa no conectó con las bases conservadoras de Erdogan, que en las elecciones locales de marzo volvieron a votar en masa al partido islamista Justicia y Desarrollo (AKP), en el poder desde 2002.

Parece incluso que la polarización de la sociedad ha acabado por beneficiar al primer ministro, que parece casi inmune a las acusaciones de corrupción y abuso de poder, y que insiste en que Gezi fue una “conspiración” para acabar con sus logros. 

Nada ha cambiado, pero los manifestantes lograron su propósito: el parque Gezi sigue siendo un espacio verde, en lugar de transformarse en centro comercial.

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