Brasil: entre el horror y el espanto

Tras el resultado de la primera vuelta los brasileños esperan la segunda el próximo 28 de octubre sumidos en un dilema para muchos irresoluble. ¿A quién votar?
Carlos Malamud, catedrático de Historia de América de la UNED.Carlos Malamud, catedrático de Historia de América de la UNED.

Carlos Malamud, catedrático de Historia de América de la UNED

 

¿A Jair Messias Bolsonaro, el candidato de la extrema derecha partidario de la dictadura militar y de las torturas, homófobo, xenófobo, machista y dispuesto a aplicar la mano dura para resolver los problemas de inseguridad? ¿O a Fernando Haddad, el sucesor de Lula y candidato del Partido de los Trabajadores (PT), el partido responsable de la corrupción del Mensalão y del Lava Jato, del caos económico en que quedó sumido Brasil después del gobierno de Dilma Rousseff, y el defensor de Nicolás Maduro?

La respuesta a este interrogante no es sencilla. Si uno de los candidatos remite al horror el otro convoca al espanto. Y da igual el orden en que se los tome, son intercambiables. No en vano los dos políticos más votados son los que mayor rechazo generan. Esto se explica por el alto grado de polarización alcanzado en los últimos años por la política brasileña.

Los principales partidos acabaron implicados en la corrupción. Esto, junto al apoyo de casi todos al fracasado Michel Temer ahondaron aún más la desconfianza con las instituciones democráticas. De ahí que Sérgio Fausto, muy próximo al expresidente Fernando Henrique Cardoso, calificara de error el juicio político contra Rousseff. Este dio lugar a una política victimista y revanchista de Lula y sus principales seguidores, una de las causas que condujo a la situación actual.

Finalizado el escrutinio, Bolsonaro obtuvo el 46,03 % de los votos mientras Haddad conquistó el 29,28 %. Salvo Ciro Gomes, con el 12,5 %, los restantes candidatos no pasaron del 5 %, en el mejor de los casos.

El resultado electoral está provocando una reconfiguración total de la política brasileña, no solo a nivel federal sino también estadual, aunque para ver el cuadro completo habrá que esperar a la segunda vuelta, cuando se definirán algo más de la mitad de las 27 gobernaciones en juego, incluida Brasilia.

Debido a la onda expansiva de la elección numerosos representantes de la vieja política han sido barridos del mapa al no haber sido electos a los cargos que aspiraban. Esto ocurrió con Dilma Rousseff que no fue elegida senadora, aunque no es el único caso.

Los partidos tradicionales también han sufrido lo suyo y deberán hacer un serio esfuerzo de regeneración si quieren sobrevivir. En este contexto es interesante ver el movimiento de muchos políticos apoyando a Bolsonaro con el ánimo de subirse a la ola triunfante y preservar sus posiciones.

Pese al tsunami bolsonarista que barrió la política tradicional brasileña, impera la fragmentación. El Senado renovó las dos terceras partes de sus 81 parlamentarios. En su nueva configuración habrá 20 partidos representados. El que más tiene suma 12 senadores, menos del 15 % del total. En la Cámara de Diputados, con 513 parlamentarios, habrá 30 partidos presentes. Los dos mayores son los que pasaron a la segunda vuelta presidencial: el PT, con 56 diputados (10,9 %) y el PSL de Bolsonaro, con 52 diputados (10,1 %). Quince agrupaciones conquistaron menos de 10 representantes.

¿Qué pasará en el balotaje? Dice el saber popular que una segunda vuelta es una nueva elección y que todas las opciones están abiertas, aunque es verdad que Bolsonaro, con su 46 %, parte con una gran ventaja. Todo indica que su campaña se centrará en atacar duramente al PT y su significado, mientras sigue confiando su credibilidad en materia económica, que no es mucha, al economista ultraliberal Paulo Guedes, integrado en su equipo de campaña. Su presencia llevó a los mercados y a los sectores más ricos de la sociedad brasileña a perderle temor y terminar apoyándolo.

Sin embargo, hasta ahora Bolsonaro pudo esquivar debates comprometidos o entrevistas a cara de perro. Entre la convalecencia tras el atentado en su contra y el escaso tiempo de televisión asignado pasó de puntillas por la campaña, lo que evidentemente lo benefició. En las próximas tres semanas quedará mucho más expuesto y habrá que ver si esto lo afecta o no.

Haddad tendrá que hacer un esfuerzo mucho mayor. Si bien la mayoría de los votantes de Ciro Gomes lo apoyarán, con eso no basta. Deberá girar al centro de forma muy visible y poner los valores democráticos por encima de la plataforma más izquierdista e intervencionista del PT. No le será fácil convencer a los millones de votantes del centro de sus buenas intenciones.

Para ello precisa comenzar doblegando a los sectores más radicales de su propio partido, más favorables a una confrontación abierta con la oligarquía que del compromiso y el pacto con la burguesía. Todas las veces que el PT no se volcó al centro perdió las elecciones. Pudo ganarlas cuando contó con él. Como hizo Lula en 2002 y 2006 y Rousseff en 2010 y 2014.

Gane quien gane el futuro de Brasil es complicado. Como ya se apuntó la gobernabilidad será difícil por la fragmentación de ambas Cámaras. Es verdad que, dado el crecimiento de las agrupaciones evangélicas y con el apoyo de los llamados partidos del Centro, Bolsonaro lo tendría más fácil.

Sin embargo, será importante conocer el precio que quieran cobrar al nuevo gobierno unos partidos que no gobiernan pero prestan sus escaños para poder hacerlo. La transacción de apoyo político a cambio de contraprestaciones económicas y beneficios en las administraciones públicas es una constante en Brasil y es probable que no existen ni los consensos parlamentarios ni la voluntad política de los dirigentes para cambiar las cosas. Tampoco para afrontar otras reformas tanto o más necesarias, como la del sistema de pensiones.

Como consecuencia de estas elecciones Brasil es un país mucho más fraccionado, más dividido, que antes, tanto geográfica como social y económicamente. El nordeste sigue siendo un feudo del PT, mientras el apoyo a Bolsonaro fue más notable en el sur.

La división geográfica también refleja las formas de votar de ricos y pobres. Con este panorama resulta muy difícil que Brasil vuelva a los años de esplendor conocidos en la primera década del siglo XXI, cuando parecía que el futuro ya era hoy. Para recuperar el tiempo perdido es necesario cerrar las heridas y articular nuevos y amplios consensos.

Pero no está la coyuntura política y social brasileña para esas cosas. Habrá que estar, entonces, muy atentos a la evolución del país y a la forma en que irá resolviendo, si las resuelve, sus contradicciones.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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