El “Dos de Mayo” contado por Galdós, el mejor homenaje

La rebelión de los madrileños contra los franceses marcó el inicio de la Guerra de la Independencia, que pese a lo que siempre se ha dicho acabó en tablas, lo cierto es que las tropas napoleónicas fueron expulsadas, muchas de los ideales franceses del Siglo de las Luces acabaron, también aquí, con el Antiguo Régimen absolutista.
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Benito Pérez Galdós cultivó todos los géneros, entre ellos la crónica, el periodismo o el ensayo histórico, cumple a la perfección el precepto clásico de enseñar deleitando, entablando a la perfección una trama folletinesca, al gusto de la época, para atrapar la atención del lector en sus 46 episodios nacionales.

 

 Por Amalia González ManjavacasEFE

 

El 2 de Mayo por Galdós, novelista, periodista y mejor cronista

 

No se puede seguir mejor el curso de la guerra de la Independencia se sigue con tanto rigor y amenidad, como los contenidos en los 9 primeros Episodios Nacionales de Galdós. En concreto el dedicado al “De abril al dos de mayo”, donde a través de las aventuras y desventuras de su protagonista, el joven Gabriel de Aracili, como hilo conductor, Galdós nos va trazando un cuadro histórico por donde recorre los principales escenarios de la Guerra de la Independencia.

En este episodio (n.3)  el escritor canario nos invita a recorrer las calles madrileñas en aquel día, auténtico detonante de la contienda posterior, pero previamente nos ha hecho asistir al Motín de Aranjuez, el 19 de marzo anterior, para que podamos comprender los antecedentes de la furia popular que estalló el dos de mayo.

Es magistral cómo Galdós engarza los acontecimientos históricos en la trama novelesca. En Aranjuez, su protagonista será testigo privilegiado de la concatenación de acontecimientos que llevaron a la insurrección que terminó con el poder del valido Godoy.
Escuchamos el griterío del pueblo que asalta el palacio de Godoy, a quien responsabiliza de todos los males, insulta al rey Carlos IV,  un pueblo que pide ingenuamente, a gritos, que el príncipe Fernando le releve en el trono.

El protagonista galdosiano no muere al ser protegido por un destacamento, pero sufre todo tipo de vejaciones y es un símbolo más de cómo las vueltas del destino pueden hundir al poderoso. Aún así, Gabriel desde ese día odiará que el pueblo se erija en juez.

Galdós califica lo que para él está claro:” se trata de un auténtico golpe de estado instigado por el príncipe para deponer a su padre”.  Con gran sagacidad, señala que en la historia de España hubo levantamientos protagonizados no solo por generales, sino incluso por sargentos (la Sargentada de La Granja, en 1836), pero que sólo una, el Motín de Aranjuez, fue llevada a cabo por “lacayos y cocheros”.

Mes y medio más tarde ese mismo pueblo, tenderos, chisperos, manolos y manolas, con tan solo por una pequeñísima representación de  aristócratas y militares, se sublevaron contra los franceses cuando se corrió la voz de que los últimos miembros de la familia real se apresuraba a escapar de España a Francia. Fue entonces cuando el pueblo esgrimió una brutalidad mucho mayor que la demostrada en Aranjuez, pero canalizó todas sus energías hacia una acción desesperada y heroica pues no recibieron apoyo militar, salvo un descatamento de oficiales.

El pueblo de Madrid se levanta contra los franceses

 

El levantamiento contra los franceses comenzó el Dos de Mayo en Madrid con el paso de paisanos armados, que con voz atronadora -escribe Mesonero Romanos-, gritaban: ¡Viva Fernando VII! ¡Mueran los franceses!, lo que manifiesta que el impulso inmediato del pueblo es el rey.

La identidad de algunos nombres de los héroes que se levantaron en Madrid aquel 2 de mayo de 1808, germen de la guerra a todo el territorio español contra los franceses, quedó para siempre grabada en varias calles de la capital, pero el verdadero héroe del Dos de Mayo fue el pueblo, que se lanzó a la calle cuando supo que eran traicionados hasta por la familia real que se apresuraba a abandonar España.

En el momento en que las masas contemplaban silenciosamente la marcha del último monarca absolutista, un grito de cambio que levantó primero a los madrileños en la capital, después a toda la región y, finalmente, a todo el país. El alcalde de la vecina localidad de Móstoles, Andrés Torrejón y García, aludió a la conciencia popular y nacional con un bando que todavía se recuerda.

Tras el Motín de Aranjuez del 17 de marzo, Madrid había sido ocupada por las tropas del general Murat. La chispa prendió, y aunque los franceses inicialmente se salieron con la suya en la capital, se inició una feroz guerra de cinco años.

Mientra algunos militares españoles, siguiendo órdenes, permanecieron acuartelados y pasivos, sólo los artilleros del Parque de Monteleón se atrevieron a desobedecer las órdenes y se unieron a la insurrección. Aquellos héroes fueron los capitanes Luis Daoíz que asumió el mando de los insurrectos por ser el de más graduación, el capitán Pedro Velarde y el teniente Ruiz, tres oficiales que repartieron armamento entre el pueblo.

Resistieron atrincherados en Monteleón junto a sus hombres y decenas de ciudadanos, repeliendo las oleadas del ejército de Murat, para finalmente caer ante la superioridad del francés.  Destacada fue la presencia en el combate de mujeres valerosas como Manuela Malasaña y Clara del Rey, que murieron en aquella jornada de fusilamientos en la montaña de Príncipe Pío, que inmortalizó Goya en 1814.

 

Carlos IV se rinde ante Napoleón

 

Su Majestad el rey Carlos […] ha resuelto ceder, como cede por el presente, todos sus derechos sobre el trono de España y de las Indias a Su Majestad el emperador”. Eran las palabras por las que Carlos IV (rey de España y todavía de una gran parte de América) otorgaba en 1808 a Napoleón el trono de España.

Decisión traidora a la que posteriormente se unió también su hijo Fernando, apodado el «lamebotas» de Bonaparte y quien también demostró su sumisión en varias ocasiones. Un bochornoso suceso más conocido como las «Abdicaciones de Bayona» y que supuso la venta de España con apenas condiciones.

 Y es que tanto Carlos como Fernando bailaron el agua a Napoleón;  el primero, apoyándolo cuando el pueblo de Madrid se levantó en su contra “ el dos de mayo” y, el segundo, solicitando bochornosamente ser hijo adoptivo suyo. Hoy nadie duda que estos dos monarcas constituyeron lo peor del cajón de las mayores infamias al país.

La traición colaboró más activamente en Fernando VII, entonces príncipe de Asturias, pero fue perpetrada principalmente por la pasividad de Carlos IV y el interés de Godoy.  Finalmente tras breve José Bonaparte I,  Napoleón, experto en lograr sus fines a través de la fuerza y la represión, tuvo que tragarse su orgullo y devolver el trono español a Fernando.    

Pero el proceso político abierto en 1808 como consecuencia del levantamiento era ya imparable, y solo cuatro años después, un carácter claramente revolucionario propinó todo un cambio en todos los órdenes, sobretodo el político, hasta en la consideración tanto de la figura del rey, como de la propia institución en sí.

Este nuevo espíritu reformista quedó plasmado en una nueva Constitución, la de 1812, fruto de unas Cortes aperturistas en los principios de la ilustración, con un pilar básico, la división de poderes ( ejecutivo,legislativo y judicial) quedando restringidas las facultades del monarca, a las de la misma norma, la Constitución, donde la máxima soberanía es la del pueblo, principios inviolables de la Revolución francesa. EFE/doc

 

 

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