Recordando Srebrenica para que los crímenes de Mladic y Karadzic no se repitan

El general serbo-bosnio Ratko Mladic, llamado por muchos "El carnicero de los Balcanes", ha sido sentenciado recientemente a cadena perpetua, entre otros cargos, por genocidio dentro de una asociación ilícita para delinquir, a la cual también pertenece Radovan Karadzic, el otrora "presidente" de la República Serbia de Bosnia. Ambos lados de una misma moneda: cara, el político, y sello, el militar. El primero, elegante y delusivo; el segundo, hosco e irascible.
Pedro Pablo Baraybar.,  forense del Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia.Pedro Pablo Baraybar., forense del Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia.

José Pablo Baraybar, doctor en antropología física y forense. Ex arqueólogo forense de la Fiscalía del Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia

 

En el verano de 1996 se llevó a cabo la primera exhumación de cuerpos de las víctimas de Srebrenica, tan solo once meses después del genocidio del pueblo bosnio. Desde entonces participé, de una forma u otra, en la investigación forense de crímenes contra la humanidad que nadie estaba preparado para entender. Trabajé como forense para el Tribunal Penal Internacional (TPI) para la ex Yugoslavia y luego otros tantos años en Kosovo, para la ONU.

Trece años de testimonios (2000-2013), que culminaron justamente con el juicio de Mladic, constituyen una vivencia digna (o indigna) de compartir, no con el afán de circo o morbo, sino más bien como reflexión de lo que somos capaces de hacer. Después de todo, hay un dicho que reza “tú puedes salir de los Balcanes, pero los Balcanes no saldrán jamás de ti”.

En agosto del 2013 me senté en el banquillo como testigo experto de la Fiscalía para ser interrogado por la defensa de Mladic. Un total de 2.541 cuerpos, una “muestra estadísticamente representativa” de las más de 8.000 víctimas fue la base de mi testimonio. Mladic, el sello, no reaccionó, no vociferó, no lanzó agravios contra nadie. Se quedó sentado impávido y con el mismo rictus de desprecio que mostraba a todo aquél que desfilara ante él. Karadzic, la cara, fue distinto. A él lo vi en la prisión de Scheveningen en 2011 después de que pidiese entrevistarse conmigo antes de que yo diera mi testimonio en su contra.

Karadzic, encargado de su propia defensa, estaba interesado en encontrar contradicciones o elementos que apoyaran sus argumentos. Preguntaba cómo, desde el punto de vista forense, sabíamos si las víctimas de las fosas comunes habían muerto en 1995 y no tres años antes. Le expliqué acerca de los contextos, es decir, si por ejemplo, en el bolsillo de una de las prendas de un cuerpo había un documento de identidad, cuyo nombre aparecía en el libro de la Cruz Roja y había sido visto por última vez en Srebrenica antes del 13 de julio del 95′, se podía inferir que esta persona muy probablemente murió en esa fecha o después. Esas pruebas se presentaron en el juicio y en el de todos aquellos cuya autoría mediata o inmediata fue establecida por el TPI: Krstic, Popovic, Jokic, Karadzic, Mladic y otros tantos que participaron en esos crímenes que estremecieron a una Europa civilizada pero a la vez muy lejana que no creía tal vez que la historia pudiese repetirse de forma tan grotesca.

Cara y sello lograron el objetivo perverso que usó a miles de personas como arcilla para edificar su obra del mal: uno hablando y arengando, el otro planeando y ordenando; uno entre perfumes y licores, el otro entre pólvora y sangre. Cara y sello, siempre la misma moneda. Arcilla humana, despojos con nombre y apellido, la indignidad llevada a la cumbre de la infamia. 2.541, solo la muestra de un todo, siempre peor y más macabro.

La sentencia a Mladic como la de otros responsables de crímenes contra la humanidad supone una semblanza de justicia, no necesariamente tan buena, ni tan perfecta como la hubiesen querido los sobrevivientes, pero es una forma de justicia después de todo. Que las nuevas generaciones miren hacia delante y también hacia atrás, que elijan una “coexistencia contenciosa” porque todos sabemos que la “reconciliación” es una palabra demasiado buena (para ser cierta) y, sobre todo, que nunca intenten repetir el pasado, aunque la historia nos siga probando lo contrario.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.