Puerto Rico: ¿El fin del imperialismo americano?

Estados Unidos siempre se ha proyectado como el campeón de la democracia y los derechos civiles. Su política interna, y particularmente su política exterior, se ha dirigido siempre a influir y hasta presionar para que se respeten los principios de derechos humanos.
Pedro Rosselló, ex gobernador de Puerto Rico (1993-2001). EFE/Archivo
Pedro Rosselló, ex gobernador de Puerto Rico (1993-2001). EFE/Archivo

Pedro Rosselló, Doctor en Medicina y Educación. Ex gobernador de Puerto Rico (1993-2001) y actual presidente de la Delegación de Puerto Rico en el Congreso de EEUU

 

Ese ha sido el caso en sus relaciones con China, el Medio Oriente y varios países africanos. En otras ocasiones, su llamado ha estado enfocado en defensa de una apertura más democrática, dirigido a los gobiernos de países latinoamericanos como Cuba, y también Venezuela, donde ha llegado a amenazar con el uso de fuerza militar, además de declararse dispuesto a utilizar el poder económico y diplomático a su disposición.

Sin embargo, en su propia casa, Washington ha prestado oídos sordos a los reclamos de democracia y derechos civiles de ciudadanos americanos que residen en su territorio. Puerto Rico, el más poblado y grande de los territorios estadounidenses, es vivo ejemplo de cómo el Congreso está gobernado de manera colonial e imperial sobre sus territorios no incorporados.

Puerto Rico se incorporó como territorio estadounidense en el 1898 al concluir la Guerra Hispanoamericana. A los puertorriqueños se les concedió la ciudadanía americana en el 1917. Desde estos comienzos, el Congreso ha regido sobre la isla con poderes plenarios, y el gobierno territorial y sus leyes se han mantenido subordinados al capricho de Washington.

Esta subordinación imperial impide que los ciudadanos de este territorio americano voten en las elecciones nacionales, lo que los priva de tener una voz al momento de elegir al presidente, vice presidente y los miembros del Congreso. Estos son los funcionarios que legislan y hacen valer las leyes que rigen sobre la Isla.

Esta situación antidemocrática a ultranza aplica aún a los soldados americanos de Puerto Rico, que han luchado y servido honrosamente en cada conflicto bélico de Estados Unidos desde la Primera Guerra Mundial, y todavía hoy no se les permite votar por su Comandante en Jefe.

Cabe señalar que los puertorriqueños han intentado ponerle fin a esta marginación electoral. Han llevado a cabo dos plebiscitos en los pasados cinco años, en los cuales una mayoría indiscutible de sus ciudadanos votó a favor de terminar con la actual relación colonial. En el 2012, un 54% del electorado votó en contra del actual estatus colonial, y el 61% eligió la estadidad como la mejor opción para su futuro político. Pero estos resultados han sido ignorados por el gobierno federal.

Para colmo de males, el año pasado el Congreso impuso sobre Puerto Rico una Junta de Supervisión Fiscal, con el poder de anular los mandatos y las leyes del gobierno democráticamente electo por los puertorriqueños, con el único propósito de controlar desde la Capital Federal las finanzas de la Isla.

Sin darse por vencidos en su lucha por lograr una democracia americana completa, el pueblo puertorriqueño votó en otro referéndum el 11 de junio de 2017. El 97% de esos votantes favoreció la estadidad para Puerto Rico. Al mes siguiente, el gobernador de la Isla nombró una Delegación Congresional que habrá de enviar siete representantes a reclamar sus escaños legislativos en el Congreso para luchar por los derechos democráticos de sus ciudadanos americanos.

La democracia americana está fallando en sus propios territorios bajo la sombra de la bandera americana. Llegó el momento de que Estados Unidos deje de actuar como un poder imperial y se mire en el espejo para que vea la imagen real de su democracia. Estados Unidos no puede continuar proclamándose como el portaestandarte de la libertad y la democracia alrededor del mundo, presionando a otras naciones para que respeten los derechos humanos de sus ciudadanos, mientras sigue violentando los principios democráticos y los derechos básicos de sus propios ciudadanos en sus propios territorios.

Llegó la hora de que Estados Unidos renuncie a su imperialismo moderno y regrese a su naturaleza fundamental de república, con derechos igualitarios para todos sus ciudadanos. Solo así podrá reclamar su título como bastión de los derechos humanos y la verdadera democracia.

¿Podrá Estados Unidos continuar señalando la paja en ojos ajenos, mientras sigue negando la viga en sus propios ojos? Le toca ahora al Congreso aceptar este reto y retomar la ruta correcta de la historia.
NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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