Nacionalismo, separación y regeneración

Con perdón de Ortega y de los escolásticos de la Universidad de Salamanca, España nunca ha destacado por el número de filósofos que ha habido en su historia. Demasiados siglos sin libertad de pensamiento pueden estar en la raíz de esa carencia.
Joaquín Villanueva, empresario y presidente del Círculo de Navarra.  Navarra CapitalJoaquín Villanueva, empresario y presidente del Círculo de Navarra. Navarra Capital

Joaquín Villanueva, empresario y presidente del Círculo de Navarra

Hoy la realidad es muy diferente. En España tenemos brillantes filósofos que han surgido en los últimos treinta años, a la vez que el país alcanzaba cotas de crecimiento económico que solo unos pocos países en el mundo (todos ellos asiáticos) consiguieron igualar.

Uno de ellos es Ramón Rodríguez, catedrático de la Universidad Complutense, con quien tuve la fortuna de compartir reflexiones sobre los nacionalismos.

El nacionalismo es la búsqueda de una identidad. Surge de inmediato esa expresión que ya forma parte de nuestra vida cotidiana: el hecho diferencial. Parece ser que la diferencia nos pudiera otorgar unos derechos adicionales que se añadirían a los propios de nuestra condición de ciudadanos en un Estado de derecho.

Pues bien, un ciudadano es diferente siempre respecto de otro. Si al primero, en base a esa diferencia, se le otorgan derechos, el otro reclamará legítimamente para sí esos mismos derechos en base precisamente a esa supuesta diferencia. A es diferente de B porque B es diferente de A. En base a la diferencia, A y B terminarán por tener los mismos derechos. Es precisamente la diferencia la que los iguala. En suma, el hecho diferencial debería igualar derechos entre ciudadanos, no privilegiarlos.

¿Siendo esto tan evidente, por qué insistir tanto en el hecho diferencial? ¿O es que el nacionalismo, al decir “diferente” realmente quiere decir superior? Esta cuestión nos trae nefastos recuerdos de la Europa del siglo XX.

La búsqueda de esa ansiada identidad nos lleva a otra reflexión que, como la anterior, nos debería hacer pensar. La identidad en la Edad Media se circunscribía al estamento social. El artesano trabajaba como artesano, vivía con los artesanos, pensaba como los artesanos y se comportaba como tal. Era artesano y eso definía su identidad. Lo mismo podríamos decir del resto de estamentos sociales como los hombres de armas, aristócratas o comerciantes. El estamento otorgaba la identidad al sujeto.

A partir de la Edad Moderna, con las luces de la Ilustración se van creando las bases de la democracia representativa. Es cuando nace la figura del ciudadano como depositante de todos los derechos. Este es el origen del Estado de Derecho. La sociedad empieza a ser mucho más compleja y la identidad del ciudadano supera cada vez más a la mera profesión.

En la actualidad es sencillamente ridículo pensar que un notario sólo por el hecho de serlo actúe como tal, viva con notarios y sobre todo piense como ellos. A nadie le extrañaría que después de la notaría cualquiera de ellos trabajase unas horas en una ONG, defendiera los derechos de los homosexuales y vestido para la ocasión fuera a un concierto de rock.

Hoy la sociedad es mucho más desarrollada que en los tétricos tiempos de la Edad Media y la identidad de sus ciudadanos bebe ya de muchas fuentes que la van conformando en torno a un proyecto vital.

Y aquí llegamos al punto esencial: ¿qué decir sobre la identidad del ser humano conformada en base al territorio donde nace o vive? ¿Qué decir del catalán que por haber nacido en Cataluña debe ser, actuar y sobre todo pensar como un catalán o peor, como un buen catalán? Pues decimos, siguiendo con el inevitable ejemplo de Cataluña por su actualidad, que la identidad conformada alrededor del territorio es pre-moderna. Es decir, que el nacionalismo nos plantea un salto intelectual no ya al vacío, sino peor, a la Edad Media. Un salto reaccionario a los tiempos anteriores a la Ilustración que la inmensa mayoría de la humanidad no quiere revivir.

Ni el hecho diferencial que realmente esconde un sentimiento de superioridad ni la búsqueda de la identidad en torno al territorio puede llevar al ser humano a conformar una identidad que resulte en una sociedad mejor. De ahí que todas las experiencias nacionalistas que la historia ha vivido hayan sido nefastas e incluso trágicas. De un concepto discriminatorio, supremacista y medieval no puede salir nada positivo para el bien común.

Nacionalismo no sólo es identidad, también es separación. Lo seres humanos de manera natural tendemos a unirnos y de ahí que siempre hayamos vivido en comunidad. Con el trascurrir de la historia esta tendencia va gradualmente en ascenso. En el mundo de hoy viven más personas en las ciudades que en el campo. En Europa el 75 % de la población vive en las ciudades. En Estados Unidos más del 80 %. Es en la ciudad donde se produce el progreso. La domesticación de la naturaleza, especialmente de las plantas y los animales, y el consiguiente establecimiento de las comunidades fue una condición necesaria para el desarrollo de nuestra especie.

Siendo esta tendencia humana a la agrupación una realidad natural, creciente e imparable, somos a la vez testigos de movimientos nacionalistas que nos dejan perplejos como Trump, el “brexit” o el “procés” en Cataluña.

El muro que Trump pretende ampliar y perfeccionar es vergonzante pero también inútil. Emilio Lamo de Espinosa, español brillante al mando del prestigioso Instituto Elcano, dice que lo que une a México y a Estados Unidos es, entre otras cosas, un diferencial de renta de 1 a 4. Eso les une, no les separa. Siempre habrá un incesante flujo de población mexicana que de una manera u otra se desplace hacia un mundo cuatro veces más rico que el propio.

La discusión actual con el “brexit” es si va ser duro o blando. Pues bien, hay una tercera posibilidad: va a ser imposible. No se puede separar aquello que de manera natural está unido. ¿Cuántas nacionalidades había entre las víctimas de los atentados de Londres y Barcelona? Estamos juntos y seguiremos juntos. Se encontrará alguna solución para que, salvando la cara de las dos partes, sigamos más o menos igual.

Y llegamos a Cataluña. ¿Si el “brexit” es imposible, qué podemos decir de separar Cataluña del resto de España? Me siento incapaz de razonar lo evidente. Más de 500 años juntos, en caso de separación una pérdida de renta en Cataluña estimada en un 30 %, imposibilidad de financiación de Cataluña en los mercados, Cataluña vende a Aragón más que a Francia y a Valencia casi tanto como a Alemania. Me niego a seguir. La separación es metafísicamente imposible.

¿Y España? España reacciona. Todos los días vemos con una razonable esperanza numerosas iniciativas que surgen espontáneamente de la sociedad civil como fundaciones, movimientos sociales (aquí quiero hacer una mención especial a Sociedad Civil Catalana y a Sociedad Civil Navarra), foros, “think tanks” y otras que ponen su grano de arena para la regeneración y transformación de España. Una España con un relato ilusionante, sin complejos y sobre todo real ya que no faltan argumentos para construirlo.

La España que mira al mundo global y que se está construyendo desde abajo, desde la sociedad civil, superará al nacionalismo por ser éste conceptualmente reaccionario, en búsqueda de una identidad pobre y medieval y que pretende separar lo que de manera natural está unido.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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