“Año Murillo”: IV centenario del nacimiento del pintor sevillano

Sevilla se vuelca en la inauguración oficial del IV centenario del nacimiento de Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682) genio del barroco español, un artista que vivió y murió donde nació: Sevilla, ciudad a la que estuvo siempre ligada su obra. El "Año Murillo" que se presentó oficialmente el pasado mes de enero en Madrid, lo hace ahora en Sevilla.
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Amalia González Manjavacas/EFE

 

Sevilla se encuentra inmersa en el Año Murillo, el que conmemora el IV centenario del nacimiento del pintor Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682), como un símbolo del barroco nacional e internacional,  pero sobre todo un baluarte cultural para la capital hispalense, una efeméride que se celebrará hasta el 19 de marzo de 2019.

Durante 16 meses consecutivos, la ciudad acogerá un amplio abanico de actividades para poner en valor la obra del maestro hispalense, desde exposiciones a conciertos y ciclos musicales, pasando por congresos e itinerarios culturales y turísticos.

No se conoce la fecha exacta del nacimiento pintor, en 1617, pero debió de ser a finales de diciembre de aquel año, pues su partida de bautismo, en la Iglesia de María Magdalena de la capital hispalense, está fechada el 1 de enero de 1618.

El “Año Murillo”, presentado oficialmente el pasado mes de enero en Madrid, lo hace ahora en Sevilla, cuna del pintor.

La primera exposición, “Murillo y los Capuchinos de Sevilla“, de las ocho grandes que conforman esta celebración, tiene como sede el  Museo de Bellas Artes de Sevilla, y en su inauguración contó con la presencia de la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz.

Por primera vez en doscientos años, se podrá contemplar en su conjunto uno de los ciclos de «madurez y plenitud» que realizó el maestro para el convento de Capuchinos de Sevilla, una veintena de pinturas que se dispersaron tras la invasión napoleónica a principios del siglo XIX y que se conservan en su mayoría en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. La muestra, que estará abierta hasta el 1 de abril de 2018, incluye cuatro préstamos de otras instituciones,  capitales para contemplar el diseño original del retablo.

Otras obras, como las que pintó Murillo para el Hospital de la Caridad, expoliados por el mariscal Soult durante la invasión napoleónica, tuvieron menos suerte y se encuentran en museos europeos como la National Gallery, el Hermitage, o el Louvre.

Los actos de este IV centenario del nacimiento de pintor sevillano constituyen una extraordinaria oportunidad para visitar la capital hispalense, donde nació, vivió y murió Murillo, y para actualizar el conocimiento, a menudo parcial, que se tiene de su obra.

A Murillo hay que verlo más allá de ese gran maestro de vírgenes, inmaculadas, o santos, -que sin duda lo fue-, pero que abarca también otra faceta más humana, más mundana,  la de retratista excepcional que pintó la época que le tocó vivir, en especial, las clases humildes, pobres, chicos de la calle…, pero retratándolos con la misma sensibilidad y dignidad que pintó a los primeros.

Sirva como síntesis de esta dualidad, el acertado título de una de las obras del catedrático de historia del Arte de la universidad de Sevilla, Enrique Valdivieso, Murillo, sombras de la tierra, luces del cielo“,  para recordar que si bien Murillo pintó como ningún otro vírgenes, ángeles, o mártires, también retrató con especial  hondura y ternura  la injusta sociedad de su tiempo,  esos personajes anónimos,  niños que vagan por las calles, muchachos y muchachas que actúan y miran con naturalidad al espectador, hasta con descaro, como queriendo dejar constancia de esa otra realidad más cercana, y más dura: “mujeres riendo en la ventana”, “muchacho con un perro”, “el niño espulgándose” o “los niños comiendo uvas y melón”, son sólo algunos ejemplos.

Ésta es la faceta menos conocida en España de Murillo, la de pintor costumbrista, de lo cotidiano, una temática que no encajaba, ni gustaba, en la España profundamente católica de la Contrarreforma, pero si, sin embargo, fuera de nuestras fronteras, en el norte de Europa, en los países protestantes. Este Murillo mundano y popular fue el pintor de los ricos comerciantes flamencos y holandeses asentados en la  gran metrópoli que fue Sevilla en siglo XVII, quienes además de ser muy buenos clientes del maestro, algunos fueron además amigos.

Por esta misma razón, estas obras salieron del país, junto a sus legítimos propietarios, al morir el maestro en 1682, y coincidiendo además con el declive de Sevilla que se precipitó al perder el monopolio comercial con América, de ahí que la gran cantidad de retratos y pinturas costumbrista existentes en el extranjero, hayan sido desconocidas en España durante siglos.

 

 

Presentación en Madrid.-

La presentación del Año Murillo en Madrid , el pasado mes de enero, en la sede de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando estuvo presidida por su director honorario, el catedrático emérito de Historia del Arte, Anonio Bonet Correa,  quien a sus 92 años, situó a uno de los genios del barroco andaluz en el tiempo y en el espacio: la próspera Sevilla del siglo XVII.

Correa  enmarcó al pintor con estas palabras: “Sevilla y Murillo son una misma cosa. Murillo fue un pintor universal y, al mismo tiempo, muy sevillano. Pocas veces una ciudad y un artista han tenido una relación tan intensa”.

Sevilla en el siglo XVII, y ya antes desde la expansión americana, con Carlos V y Felipe II, no era una ciudad más, ya que ostentaba el monopolio del comercio con las Indias, contaba con Audiencia, diversos tribunales de justicia, el de la Inquisición, Arzobispado, Casa de la Moneda, Casa de Contratación, consulados y aduanas ….  En definitiva, Sevilla fue, durante todo el siglo XVII, símbolo de una gran metrópoli, a la altura de Roma o París, por ser puente al Nuevo Mundo y la ruta a América.

Murillo viajó varias veces a Madrid para ver las Colecciones Reales pero, a diferencia de su coetáneo, Velázquez, no triunfó en la capital, quizás ensombrecido al lado del autor de “Las meninas”. Después de aquella mala experiencia, el pintor volvió a su tierra natal, de donde nunca saldría, donde nunca dejó de trabajar debido al gran reconocimiento y prestigio del que gozó, hasta su muerte, ocurrida en abril de 1682, meses después de caerse de un andamio, el año anterior, cuando pintaba ‘Los desposorios de Santa Catalina’EFE/REPORTAJES

 

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