Entre la torpeza y el abuso

El 2017 será recordado entre otras cosas como el año en que las mujeres se levantaron contra el acoso sexual. Sin embargo y dada la efervescencia que provoca el asunto, era de esperar cierta controversia que ha llegado en el 2018, de la mano de artistas e intelectuales francesas como la actriz Catherine Deneuve, la escritora Catherine Millet, la cantante Indrid Carven, la editora Joëlle Losfeld, la cineasta Brillite Sy, y la ilustradora Stephane Blake.
Marta Robles.  Foto/ Carolina Roca. Marta Robles. Foto/ Carolina Roca.

 

Marta Robles, periodista y escritora

 

Estas mujeres y muchas más, hasta llegar al centenar, han decidido, ante el “puritanismo” y las “acusaciones y delaciones públicas” de hombres iniciadas tras el escándalo Wenstein con la campaña #MeToo en las redes sociales, defender y firmar que “la libertad de molestar ” es “indispensable a la libertad sexual”.

En el manifiesto que de inmediato ha recibido la respuesta de las activistas francesas, a través de la tribuna de la feminista Caroline de Haas, así como el rechazo de diversas personalidades públicas como la secretaria de Estado para la Igualdad Hombre-Mujer del gobierno de Macron, Marlene Schiappa o la antigua ministra socialista Segolene Royal, se subraya que “la violación es un crimen, pero la seducción insistente o torpe no es un delito, ni la galantería una agresión machista”.

Mientras nuevas voces femeninas como la de la ex ministra francesa para Derechos de las mujeres Laurence Rossignol se levantan para condenar lo escrito diciendo que es “una bofetada a las mujeres que denuncian la depredación sexual” no puedo evitar recordar el artículo que Javier Marías escribió hace pocas semanas en El País Semanal, titulado “Protocolo sexual”. En él, a raíz de la “cascada de denuncias de acoso a partir de la primera”, chirriante para el escritor, se preguntaba “¿por qué callaron tantas víctimas durante años?” y, al repasar las distintas acusaciones, incluida la del Ministro de Defensa británico Fallón, que dimitió tras revelarse que le tocó la rodilla varias veces a una periodista, pedía que se estableciera un protocolo sexual “para que la gente sepa a qué atenerse”.

Una columna a la que yo, ferviente admiradora, por cierto, de Marías, contesté con otra en la que le explicaba que “tocar la rodilla, decir procacidades o pedir un masaje en los pies no tiene ninguna importancia siempre que quien recibe el tocamiento, la procacidad o la demanda pueda mandar a la mierda sin reparos a quienes lo hacen cuando, sencillamente, no le apetece la proposición o no le gusta como se la exponen”.

Añadía, además, que el problema de los Harvey Wenstein, Kevin Spacey o Fallon del mundo es que, “en vez de hacerle la sugerencia al coproductor del filme, al actor con quien comparten protagonismo en la película o a la ministra que se sienta al lado en el Parlamento, se la ofrecen a personas que se encuentran en inferioridad de condiciones y no pueden reaccionar como quisieran, por puro miedo”.

Establecí justo ahí la barrera entre la seducción y el acoso y, de paso, le expuse al académico que me resultaba extraño tener que explicarle que no es lo mismo que un escritor de éxito trate de tocarle el muslo a una escritora tan premiada como él que, por ejemplo, a la asistenta que le plancha las camisas. La primera lo agradecerá, lo rechazará o hará lo que le dé la gana, mientras que la segunda, dependiendo de sus circunstancias personales y si considera que peligra el puesto de trabajo con el que paga el pan de sus hijos, es posible que, tras sortear el infierno sin éxito, hasta se plantee dejarse caer en las llamas.

La precariedad, ya se sabe, funciona igual de bien que las pistolas o a veces incluso mejor.
Efectuada esta guía de protocolo sexual dedicada a Javier Marías y en estos tiempos en los que la precisión es indispensable, diré que me siento muy feliz de que, por fin, las mujeres acosadas hayan vencido los pudores y los sentimientos de culpa, gracias a que una primera se atreviera a denunciar y abriera la puerta al efecto dominó -el retraso en las denuncias, sr. Marías, se debe precisamente a todo eso- ; pero también que entiendo a las atrevidas intelectuales francesas que intentan diferenciar la conquista del disparate machista.

El mundo debería estar regulado por el sentido común, pero ya que parece imposible, conviene que se advierta a todas las féminas en pie de guerra -entre las que me encuentro-, que un piropo por inoportuno que parezca no es necesariamente un navajazo y que solo si diferenciamos realmente entre la torpeza y el abuso podremos enarbolar con justicia la bandera contra el acoso sexual, tan imbricado en esta sociedad nuestra, desigual y falócrata.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.