Innovación ciudadana: la nueva frontera de Iberoamérica

Para consolidar nuestros sistemas democráticos debemos acercar las instituciones a las personas. Las instituciones abiertas que dialogan y trabajan directamente con la ciudadanía no son una utopía, sino una realidad que estamos construyendo en los laboratorios iberoamericanos de innovación ciudadana que promueve la Secretaría General Iberoamericana.
Rebeca Grynspan, secretaria general iberoamericana.Rebeca Grynspan, secretaria general iberoamericana.

Rebeca Grynspan, secretaria general iberoamericana

Para consolidar nuestros sistemas democráticos debemos acercar las instituciones a las personas. Las instituciones abiertas que dialogan y trabajan directamente con la ciudadanía no son una utopía, sino una realidad que estamos construyendo en los laboratorios iberoamericanos de innovación ciudadana que promueve la Secretaría General Iberoamericana.

Menos de una tercera parte de los latinoamericanos confían en el gobierno, el congreso, el poder judicial, o los partidos políticos. Solo dos de cada diez personas considera que “se gobierna para el bien de todo el pueblo”. Este déficit de confianza socava la cohesión social y pone en tela de juicio el propio contrato que sustenta nuestros sistemas políticos. Los escándalos de corrupción explican parte del problema, pero también el hermetismo institucional. Las instituciones están más acostumbradas a emitir mandatos, que a conversar con la ciudadanía. Saben decir y hacer, pero no tienen una tradición de escuchar y colaborar.

La desafección ciudadana es uno de los principales desafíos que enfrentan nuestras democracias. Los jóvenes, especialmente, están convencidos de que las autoridades ni los entienden ni se preocupan por ellos. La economía y la sociedad avanzan más rápido que las instituciones: aspiramos a resolver las demandas del siglo XXI pero disponemos de herramientas del siglo XIX.

Para recuperar la confianza ciudadana es necesario, entonces, un reaprendizaje institucional. Esto no es sencillo, pero la experiencia demuestra que se puede lograr sin que las instituciones renuncien a sus responsabilidades. Es posible crear espacios en donde las personas trabajen directamente con las autoridades en la atención de los problemas de las comunidades. Es posible crear ecosistemas que permitan la cooperación y la generación de confianza entre los distintos grupos de la sociedad.

Lo que hemos aprendido es que las personas están mucho más dispuestas a trabajar con las instituciones y con los demás ciudadanos cuando juntos persiguen un objetivo común. Por ejemplo, un sistema de ciclovías diseñado conjuntamente entre un municipio y la comunidad de ciclistas será mucho mejor recibido (y más eficaz) que una propuesta elaborada unilateralmente por el ayuntamiento o municipalidad.

Esta convicción nos llevó a lanzar, en el año 2014, un proyecto de innovación ciudadana que se ha convertido en una de las plataformas más transformadoras y más vanguardistas que ha generado un organismo internacional. Como parte del proyecto, hemos mapeado más de 4.000 iniciativas de innovación ciudadana en 20 ciudades y 12 países de la región. Al final de este año, habremos mapeado diez ciudades más visibilizando y conectando estas iniciativas, que están mayormente impulsadas por nuestros jóvenes.

Como una de las principales actividades del proyecto, organizamos laboratorios en los que cientos de personas –de distintos países y las más diversas trayectorias– trabajan en el desarrollo de propuestas para atender las necesidades de su comunidad. Los laboratorios son un espacio abierto en el mejor sentido de la palabra: cada quien trae su propio conocimiento y talento a una zona de experimentación y aprendizaje mutuo. El producto final es fruto de la colaboración, no de la competencia. Es un máximo común denominador que optimiza las respuestas a los desafíos compartidos.

Por ejemplo, en la salud pública. Sabemos que las autoridades sanitarias necesitan localizar y eliminar los criaderos del mosquito aedes aegypti, transmisor del virus del dengue, el zika y la chikungunya. Uno de los laboratorios desarrolló una exitosa aplicación móvil en que los propios ciudadanos colaboran en el monitoreo de los criaderos enviando fotografías geolocalizadas a las autoridades públicas, lo que facilita la labor preventiva.

La inclusión social de los pueblos indígenas ofrece otro ejemplo. Uno de los riesgos que enfrentan nuestras comunidades indígenas es que muchas de sus lenguas no están digitalizadas. Hoy en día, la falta de digitalización condena a la invisibilidad y significa el riesgo de extinción cultural. Por eso el más reciente laboratorio desarrolló una fuente tipográfica digital y un teclado para la lengua de la comunidad indígena Wounaan, a la que pertenecen miles de personas en Colombia y Panamá. El proyecto servirá de guía para ser replicado con otras lenguas indígenas.

De esta manera, los laboratorios han desarrollado proyectos tan variados como zonas verdes para las favelas de Río de Janeiro, como un equipo de herramientas para organizar la participación ciudadana ante desastres o una red de dispositivos urbanos para asistir a las personas con discapacidad en sus desplazamientos, entre otras iniciativas.

Recientemente lanzamos la convocatoria para un laboratorio que organizaremos con la Alta Consejería para el Posconflicto de Colombia y la Gobernación de Nariño, una de las zonas más afectadas por el conflicto armado. Ciudadanos colombianos y personas de otras partes del mundo podrán participar en el desarrollo de proyectos para la consolidación de la paz, demostrando que la innovación ciudadana tiene un rol que jugar incluso en los escenarios más complejos.

Estos ejemplos demuestran que las instituciones y las personas tienen mucho que ganar cuando suman fuerzas, en lugar de intentar sustituirse. Pueden responder a las demandas ciudadanas, pero también recobrar la confianza y reparar el tejido democrático.

Podríamos estar ante un círculo virtuoso: iniciativas como los laboratorios de innovación ciudadana son en realidad nuevas instituciones que pueden, a su vez, ayudarnos a transformar y mejorar el sistema institucional actual. Un método novedoso de trabajo, un modelo versátil, que podría adaptarse a una amplia gama de temas y contextos. Un modelo intrínsecamente abierto y sostenible que articula a las personas y que las podría vincular con las instituciones si se generan los espacios para que se produzca esa colaboración.

Estamos convencidos de que es posible convertir la insatisfacción ciudadana en innovación ciudadana. Es posible traducir el enojo y la protesta en propuestas concretas para resolver nuestros problemas. La ciudadanía está dispuesta a colaborar. Ahora le toca a las instituciones abrirles la puerta.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.