El incendio de El Ventarrón y el peligro que acecha a los yacimientos en Perú

El pasado mes de noviembre un devastador incendio afectó gravemente la Huaca Ventarrón, el templo principal del centro ceremonial de Lambayeque, el yacimiento arqueológico más antiguo de Perú, construido y remodelado entre los años 4600 al 3500 antes de Cristo. El fuego causó daños irreparables al mural más antiguo de América.
Ignacio Alva, ex director del proyecto arqueológico El VentarrónIgnacio Alva, ex director del proyecto arqueológico El Ventarrón

 

Ignacio Alva, ex director del proyecto arqueológico El Ventarrón

 

Nuestra investigación en ese yacimiento, que comenzó en 2007, probó que el origen de la civilización en el Perú tuvo varios focos simultáneos, contemporáneos a grandes civilizaciones universales, y que Lambayeque fue la región que tuvo la mayor interacción cultural del área andina al ser la cuna de una civilización sumamente compleja, en virtud a su sofisticada arquitectura y porque allí se usó por primera vez el arte mural en América. La arqueología peruana alcanzó, con el hallazgo de Ventarrón y otros centros ceremoniales coetáneos como Caral y Sechin Bajo, una perspectiva que ubica a esta región del norte de Perú entre los centros de origen de la civilización y la domesticación de cultivos más antiguos de la humanidad.

Al evidenciarse el alto desarrollo alcanzado en ese periodo temprano, los especialistas reajustaron la secuencia de la cronología histórica y denominaron “Formativo Inicial” a la era del nacimiento de longevas tradiciones culturales, a la que pertenecen esos templos primigenios.

El entusiasmo inicial de la comunidad científica y de los medios de comunicación por esos hallazgos ha contrastado en los últimos años con la falta de capacidad del Estado para brindarles un adecuado mantenimiento que permita el avance de las investigaciones y la puesta en valor. Las cortas temporadas de excavación, limitadas por propuestas preliminares, se ven rebasadas por la envergadura de los descubrimientos, sin capacidad de respuesta para emprender programas de investigación sistemática de los templos. El centralismo y la miopía de las instituciones pauperizan lo que debería entenderse como procesos de construcción de cultura e identidad regional. Un patrimonio tan abundante y diverso sujeto a complejas problemáticas parece ser, en definitiva, una fatalidad que impide al Perú entenderse, a través de la arqueología, como un país heterogéneo.

El incendio de El Ventarrón fue causado por la quema de maleza por parte de personal de la empresa azucarera Pomalca. La falta de cuidado por parte de esa empresa privada, con escaso interés por una investigación que pone en relieve la importancia cultural e histórica de su área de influencia, contrasta con el modelo moderno de responsabilidad social enfocado en la cultura como eje de desarrollo, que otras compañías empiezan a entender y desarrollar.

El incendio se propagó de forma rápida e incontrolada por la naturaleza inflamable del material empleado en la cubierta, un comprimido bituminoso que deflagró levantando una densa humareda química y precipitando una lluvia de gotas negras y hollín resinoso que costará retirar sin afectar las estructuras. El fuego continuó hasta alcanzar el sector central techado con placas plásticas que al quemarse se derritieron sobre los murales más antiguos de las Américas e importantes componentes arquitectónicos, impregnándolos con plástico derretido y manchas grasosas.

En los almacenes se perdieron importantes colecciones de objetos arqueológicos, algunos relacionados con el templo primigenio, como tejidos que probaban la importancia de la tecnología textil en el desarrollo de las primeras civilizaciones, valiosos referentes para la investigación y museografía; se perdieron ofrendas de animales como nutria, guacamayo y mono: testimonios de reveladoras ceremonias y antiguos vínculos de interacción regional; se perdieron evidencias de los primeros cultivos: paltas, lúcumas, semillas de ají, algodón, zapallo, indicadores de la base del desarrollo de nuestra longeva civilización; también extensas colecciones ictiológicas que atestiguaban proezas de la pesca y restos de mamíferos como jaguarondi, venado, patos silvestres, que revelaban acceso a variados recursos e interacción de especialistas en un amplio territorio; también se perdieron decenas de osamentas humanas y animales que pertenecían a tumbas y ofrendas, una de las colecciones más completas pertenecientes a casi todos los periodos de la historia del antiguo Perú.

El estudio de las osamentas se había iniciado con la participación de universidades y especialistas internacionales prometiendo dar luces sobre las características de la población y la variación en el uso de recursos y dieta.

Enseñanzas crueles del siniestro que dejan de manifiesto una cadena de errores. De un lado, la empresa privada con malas prácticas y mínima identificación con la cultura. De otro lado, el abandono del Estado de un sitio que debió haberse convertido uno de los más cuidados referentes de la historia regional y nacional.

Este desastre pone en evidencia que aún se debe hacer mucho por salvar la gran riqueza arqueológica del Perú, pese a la deficiente capacidad del Estado para gestionar ese patrimonio y a la argolla que impone el mismo centralismo en materia cultural. Todavía hay tiempo para despertar la verdadera y longeva historia precolombina: múltiple, descentralizada, sostenible y competitiva.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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