Ciudades, en marcha

Hace pocos días se celebró en Barcelona el Smart City World Congress, un congreso en el que ciudades y empresas presentan los últimos avances y el estado del arte de la ciudad inteligente (smart city) en todo el mundo.
Manuel Mostaza Barrios, director de Asuntos Públicos de Atrevia.Manuel Mostaza Barrios, director de Asuntos Públicos de Atrevia.

Manuel Mostaza Barrios, politólogo y director de Asuntos Públicos de Atrevia

 

Se trata un evento de nivel global que refleja el peso que las ciudades han ido ganando en la agenda política mundial. Y esto es así porque la modernidad es, ante todo, un ámbito urbano. Para bien y para mal.

De hecho, es en las ciudades donde, desde hacer varias décadas, ocurren todas las cosas: cada vez más población vive en ciudades y las ciudades son cada vez más complejas en cuanto a su estructura interna, más heterogéneas en cuanto a su composición y se encuentran inmersas en más incertidumbres en cuanto a su gestión.

Las relaciones comunitarias, donde la gente se conoce cara a cara y que han sido propias de la humanidad durante milenios, han dado paso, primero en occidente y luego en el resto del mundo, a comunidades societarias, donde el conocimiento personal queda orillado por el trato frecuente con desconocidos: donde se sustituye el apodo familiar por el nombre y los dos apellidos.

El paso que, gracias a la transformación digital, están dando ahora las ciudades para convertirse en inteligentes, no se está dando al mismo ritmo en todas las ciudades del planeta porque las diferencias regionales entre ciudades son evidentes: las ciudades europeas (compactas, de tipo medio, con aspiraciones inclusivas) son, con todos los matices que se quiera, un modelo para las ciudades del resto del mundo y se han convertido en una metáfora del viejo sueño europeo de combinar bienestar social con respeto por las minorías.

Este cambio, que ha tomado la forma de una cuarta revolución, no va solo de tecnología, porque la tecnología por sí misma no garantiza la gestión inteligente de los espacios urbanos. Este es uno de los problemas a los que se enfrenta el desafío “smart”: cómo utilizar la tecnología para lograr un fin y no acabar atrapado en un bucle de la tecnología por la tecnología sin ningún objetivo claro.

Este riesgo se corre porque muchos de los fines “smart” (eficiencia energética, ahorro de costes) no están relacionados de manera directa con los problemas que una ciudad tiene día a día (problemas de acceso a la vivienda, de gestión del envejecimiento de la población, de atracción de inversiones).

Y se corre también porque existe el peligro de que las soluciones para la ciudad sean diseñadas por los responsables tecnológicos de las empresas o de los Ayuntamientos y no por una pluralidad de perfiles que construyan entre todos una visión holística de la realidad urbana.

La ciudad es un elemento vivo que se ha resistido siempre a las utopías de planificación, sean tecnológicas o no, y nada indica que esa situación vaya a cambiar. Al igual que ocurre en la inteligencia artificial, es la combinación de múltiples actores (ciudadanos, empresas, políticos) en forma de redes de millones de nodos lo que permite a la ciudad ser lo que es.

En España, y frente al mantra del atraso, vamos muy adelantados en la materia. De hecho, somos una de las referencias mundiales en la materia porque el Plan Nacional de impulso a las Ciudades Inteligentes se ha realizado desde el consenso con la industria y se ha basado en la participación de los actores.

Se trata de un modelo que ha optado por la generación de un mercado que no existía, y por normalizar, a través de AENOR, los elementos que forman parte de la ciudad inteligente, desde la plataforma que recoge y trata los datos, hasta cada una de las políticas verticales que se desarrollan (seguridad, limpieza, residuos) con la norma UNE 178401 “Sistemas integrales de la Ciudad Inteligente”.

En muchos casos, estas normas se han convertido en referencias a nivel mundial gracias al liderazgo español en la Unión Internacional de telecomunicaciones (ITU). El Plan presenta, además, algunas ideas que se están exportando al resto del mundo, entre las que destacan la integración de todos los elementos que forman parte de la ciudad (estación, aeropuerto) en la lógica “smart”, la apuesta por el trabajo en nube que permita ahorro de coste y la comparación de indicadores, o en la consideración del entorno que rodea a la ciudad (por ejemplo, el territorio rural) como elementos que también han de trabajar en la lógica “smart”.

La clave, por lo tanto, no está en sensorizar la ciudad por sensorizarla, la clave está en articular un modelo sobre la base de plataformas potentes que permitan generar conocimiento procedente de la información que se recoge y se puedan diseñar algoritmos que hagan que la ciudad aprenda de la información que gestiona.

Y, aunque esto no va de gastar dinero, el apoyo presupuestario es muy relevante: se calcula que el Estado va a invertir más de cien millones de euros en los próximos meses para poner en marcha proyectos “smart” en más de veinte ciudades españolas.

Pero la clave, por finalizar, es que en España seamos capaces de terminar de diseñar un modelo que luego pueda ser replicable en el resto del mundo, especialmente en Europa y en Iberoamérica, para que, a través de la tecnología, la ciudad permita a los ciudadanos el ejercicio de sus derechos. Nada nuevo bajo el sol.

 

NOTA: Este artículo forma parte del servicio de firmas de la Agencia EFE al que contribuyen diversas personalidades, cuyos trabajos reflejan exclusivamente las opiniones y puntos de vista de sus autores.

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